Donovan y el desarrollo futbolístico sustentable
En los últimos
quince años se ha hablado infinidad sobre cómo las distancias en el fútbol se
han acortado. Con el proceso de globalización que sufren las naciones en todos
los ámbitos, la competitividad en términos de economía, cultura e incluso en
política se han hecho notar, y el deporte no es una excepción, por lo que tanto
a nivel clubes como a nivel selecciones, los equipos que juegan hoy en día a la
pelota no pueden darse el lujo de salir al campo de juego pensando de antemano
que la victoria está asegurada por el peso de la camiseta.
Esta
semana se ha retirado de la selección nacional de los Estados Unidos
Landon Donovan, jugador de Los Angeles Galaxy
quien más que un referente deportivo para el combinado de su país, se
convirtió a lo largo de su carrera en un cohesionador social que
amalgamó a
una nación futbolísticamente dispersa en torno a un deporte que hace
quince
años era considerado por los yanquis más como una curiosidad de los
aburridos
europeos antes que un espectáculo deportivo digno de observarse.
Estados Unidos, una
nación con un nivel de patriot(er)ismo cuasi-enajenado, jamás vio en el fútbol
varonil a un deporte lo suficientemente atractivo al cual prestar atención por
sus aburridos empates y marcadores de 0-0, y las manifestaciones en sus
estadios cuando jugaba su propia selección podrían resumirse en visitas
domingueras de estudiantes borrachos que tenían más ganas de ir a gritar que de
presenciar un espectáculo deportivo, ni siquiera por ver una victoria a su
equipo, sino simplemente por el puro hecho de tener un pretexto para seguir la
fiesta con cerveza y hotdog en mano.
A raíz de la copa
del mundo de 1994, Estados Unidos vio el potencial que tenía el fútbol para
atraer masas en su propio territorio, por lo que se creó un proyecto a largo
plazo que proponía la generación de una liga competitiva junto con un proceso
de desarrollo de talentos futbolísticos basado en el apoyo a programas
deportivos de fuerzas básicas de los
cuales formarían parte tanto escuelas públicas como instituciones privadas y
que tendrían seguimiento en las preparatorias y universidades para que la
captación de talento pudiera cristalizarse en los propios equipos de fútbol de la liga, y
más allá, en la selección de las barras y las estrellas, para que sus jugadores
pudieran proyectarse y volverse figuras a nivel internacional.
Landon Donovan no
fue solo parte de este proceso, sino que muy temprano se convirtió en la
exitosa cara de dicho proyecto. Con 15 años de edad, Donovan fue reclutado en
1997 como parte de un programa de desarrollo de jugadores de fútbol para los
juegos olímpicos en los Estados Unidos, convirtiéndose en un participante
regular en los partidos de su selección desde los 18 años cuando debutó con el
equipo mayor en el año 2000, fecha a partir de la cual Donovan empezó a
revolucionar en el terreno de juego la idea del fútbol que se tenía en los
Estados Unidos, ayudando a transformar un fútbol de fortaleza basado en centros
a jugadores con potencia física tal cual en los inicios del fútbol inglés, a un
tipo de juego rápido y dinámico, que más que fortaleza requería destreza,
talento e inteligencia para distribuir la pelota a lo largo de la cancha,
recorriendo el terreno en grupos y a altas velocidades para fulminar a los
oponentes en contragolpes certeros y contundentes.
Donovan, junto con
la sapiencia de Bruce Arena y Bob Bradley en la dirección técnica, llevaron a
los Estados Unidos a convertirse en campeón de la Copa Oro, el torneo más
importante a nivel selecciones en el área de Concacaf, en cuatro ocasiones
(2002, 2005, 2007 y 2013), accediendo a los cuartos de final en la Copa Mundial
de 2002 y terminando como Subcampeones de la Copa Confederaciones 2009,
eliminando a la entonces imbatible selección española en semifinales.
En un país donde
hablar de fútbol (soccer) invariablemente obligaba a voltear las miradas a una
tal Mia Hamm que llevaba al equipo estadounidense a la victoria en cuanto
torneo internacional se presentaba, Donovan comenzó a atraer la atención hacia
el fútbol varonil de la mano de una buena calidad de juego, pero sobre todo de
un buen espectáculo hacia la tribuna rodeado de éxitos deportivos
indiscutibles. Sin embargo, el legado que dejó Donovan fuera del terreno de
juego trascendió más allá de Estados Unidos.
Es
cierto, el
introducir el fútbol a una audiencia estadounidense acostumbrada a sus
deportes
autóctonos como el fútbol americano, el béisbol, el básquetbol y el
hockey
podría causar una saturación. Sin embargo, es de señalar la segmentación
poblacional que cada deporte tiene, es decir, no podemos perder de vista
las audiencias específicas a las que cada
deporte va dirigido, las cuales están completamente estudiadas y
definidas, de las cuales vale la pena hablar un poco para entender lo
que ha generado Donovan y la MLS.
Comencemos
hablando un poco del fútbol
americano, el cual, en los Estados Unidos, es un deporte elitista,
destinado para personas con un poder adquisitivo elevado
y que permea en los estratos bajos de la sociedad estadounidense en un
modelo
aspiracional en todos sentidos: desde un punto de vista comercial, el
aficionado común aspira a tener los recursos económicos suficientes para
poder adquirir un boleto o alguno de los costosos productos oficiales
de su equipo de la NFL. Tener un Jersey original o un boleto de la yarda
50 es, por sí mismo, símbolo de estatus. Por otra parte, la NFL influye
en un nivel profundamente cultural en muchos aspectos que no serán
discutidos con detenimiento aquí, pero basta mencionar la bien conocida
realidad de que los jóvenes afro-americanos
humildes buscan en el desarrollo físico un escape a sus condiciones de
pobreza
y a un mejor futuro en pro de alcanzar el sueño del reclutamiento
colegial y
profesional a través del fútbol americano. Los programas de captación de
talento de los equipos colegiales y de la NFL se han convertido en
fábricas de ateltas cuyas prácticas son moralmente cuestionables en
todos sentidos, pero que cuentan con el aval de las propias personas,
quienes ven en este modelo una posibilidad de lograr el éxito personal.
Por otra parte, el
béisbol, el deporte más arraigado en los Estados Unidos se ha vuelto
indiscutiblemente un deporte ecléctico con el paso de los años.
Tradicionalmente un entretenimiento para "blancos", la influencia de la masiva migración
cubana y de diversos países del caribe transformó al deporte con oncenas que
poco a poco fueron incluyendo figuras latinoamericanas que, más allá de su
talento, atraen a una creciente audiencia latina que los estrategas de mercado
han sabido entender. Japón y Corea del Sur son países donde el béisbol ha evolucionado
de una forma brutal, pero a pesar de algunas excepciones, son pocos los
jugadores contratados por franquicias de las Ligas Mayores. La lógica es
simple. No hay mercado para vender camisetas de jugadores orientales en los
Estados Unidos, mientras que, por otra parte, hay latinos con calidad regular
que siguen formando parte de los equipos de la MLB por cuestiones
mercadológicas. En breve, el béisbol se ha tornado en un deporte de blancos y
latinos. Sin embargo, el público latinoamericano ha incrementado de la mano de los
flujos migratorios de México y Centroamérica y con ello, el ofrecimiento
deportivo ha tenido que evolucionar.
Es aquí donde entra La MLS, un espectáculo que se creó primordialmente para satisfacer la creciente
demanda de un público que abarrotaba no sólo los partidos de la selección
mexicana de fútbol cada vez que se presentaba en territorio estadounidense, sino que,
cada vez más, cualquier selección centroamericana tenía ya un nicho importante de
seguidores que se manifestaban en los estadios cada vez que la selección tica,
la catracha, la canalera o la guatemalteca (por nombrar algunas) hacía acto de
presencia tanto en partidos oficiales como amistosos. En datos duros, la temporada 2014
de la MLS arrancó con 21
jugadores centroamericanos distribuidos en 13 de los 19 equipos de la liga,
siendo los únicos equipos que no tienen representantes centroamericanos las dos
franquicias canadienses (Toronto y Montreal), así como el DC United, Chivas USA
(el cual cortó a dos jugadores salvadoreños al inicio de la temporada), Kansas
City y Filadelfia.
Más
aún, Centroamérica
ya no sólo exporta jugadores a los Estados Unidos o a México, sino que
el
mercado se ha abierto a un grado tal que cada día más futbolistas
hondureños y costarricenses emigran al fútbol europeo. Y no es
coincidencia.
Al final de cuentas, el desarrollo del fútbol de la región mucho le
debió al
crecimiento de los Estados Unidos como potencia futbolística y a la
visión de
mercado que tuvieron en el norte para desarrollar y dar oportunidad a
jugadores
de Centroamérica para que participaran a un alto nivel de competencia,
ya sea
por calidad deportiva o por estrategia comercial, pero al final se
generó una espiral
ascendente que ha desencadenado un incremento real en el nivel
futbolístico de
la Concacaf que se cristalizó con la clasificación de tres de sus cuatro
representantes a la segunda ronda de Brasil 2014 dejando fuera a
selecciones de
la talla de Italia, Inglaterra o Portugal, así como la (no tan)
sorpresiva llegada
a cuartos de final de la selección tica y su brillante desempeño ante
Holanda con
un cuadro que, si bien limitado, funcionó y cumplió más allá de las
expectativas.
Landon Donovan
nunca ocultó su enemistad contra la selección mexicana de fútbol. Su ferviente
deseo de ganarle a México es comprensible una vez que durante su infancia vio a
su nación ser derrotada una y otra vez en el deporte que le apasionaba de
manera humillante ante el combinado azteca. No es un odio xenofóbico como
muchos lo han querido hacer ver. Donovan siempre buscó derrotar al máximo rival
que se le presentaba en el área y arropado con un proyecto serio, entrenadores
talentosos y compañeros comprometidos, vio su sueño hacerse realidad. Donovan derrumbó
a México de la cima de Concacaf durante toda su carrera, pero no de manera
individual. Su ambición de triunfo basada en trabajo logró permear en los demás
equipos del área, demostrando que a México se le podía derrotar en fútbol en
torneos continentales y mundiales, no con un grito desesperado de “sí se puede”
hacia el futuro y cómo última esperanza, sino mirando a sus espaldas, viendo a
México humillado sobre el terreno de juego de Jeonju y diciéndole a los demás
centroamericanos: ¿Ya ven que sí se puede?
Landon Donovan
enseñó a los centroamericanos a perder el miedo ante el gigante. Más que David venciendo
a Goliat, la sabia tortuga le ganó la carrera a la pretenciosa liebre, quien
desde entonces no ha sabido retomar ni el paso, ni el camino y navega sin rumbo
en un mar de confusión en que la plata se ha sobrepuesto a la calidad
deportiva, mientras que los rivales del área han trabajado en lograr que ese “sí
se puede” tan odioso se convierta en un acto consumado con dedicación y
esfuerzo antes que quedarse en un verbo anhelante hacia el vacío. Así pues,
Donovan y el programa de desarrollo futbolístico de los Estados Unidos el cual
encabezó a nivel cancha durante catorce años ha demostrado que un círculo
virtuoso puede crearse en donde los intereses deportivos y económicos sean
capaces de convivir y generar no sólo ridículas ganancias empresariales, sino
desarrollo social para ciertos sectores poblacionales que, otrora desatendidos,
hoy en día gozan de mejoras económicas, culturales y hasta de esparcimiento.
Migrantes
centroamericanos y mexicanos que sienten y viven el fútbol, están contentos con
sus equipos locales conformados por rubios de ojos azules, afroamericanos poderosos,
latinos habilidosos y una legión de espectaculares europeos que a últimas
fechas han venido a amenizar aún más el espectáculo futbolístico que les brinda
la MLS. Que México siga ganado la Concachamipons para enviar equipos medianos
a hacer el ridículo al mundial de clubes. Lo que se está generando en Estados
Unidos y Centroamérica va más allá, con raíces más profundas que a la larga
están demostrando más beneficios sociales de los que ofrecen clubes “Grandes”
en México como América, Cruz Azul o Pumas. Chivas, se cuece aparte y de ello
tratará la próxima entrada de este blog.
Por lo mientras,
finalizar diciendo que hoy México pierde a un digno rival, uno que llevó a la
selección nacional a jugar al extremo en la más reciente final de la Copa Oro,
generando un partido espectacular en donde el Tri obtuvo un triunfo que se
recuerda tanto por la calidad de las anotaciones como por lo sufrido que fue el
encuentro y la dignidad que presentó el rival. En la era Donovan, vencer a los
Estados Unidos a nivel selección y clubes recobró un sentido más profundo que
el meterle de cuatro para arriba a Alexi Lalas, Toni Meola y compañía. Hoy ya
no se ve a Estados Unidos en fútbol pensando en troncos rockeros y barbudos,
sino que hoy en día, al ver la bandera de las barras y las estrellas enfrente, deben
plantearse los partidos contra un fútbol dinámico, que trabaja en bloques, con
velocidad por las bandas, bien organizado en defensa y listo para el
contragolpe. Cuatro goles de diferencia serían una proeza. Ganar por una
anotación basta.
Donovan y el legado
futbolístico que deja son la antítesis de la selección de Lalas. Estados Unidos
en fútbol ha evolucionado de la mano de una revolución deportiva, económica y cultural
que se ha dado como consecuencia de la diversificación social en múltiples sectores
del país, a la cual se ha sabido atender con una pronta y eficiente respuesta generada
por motivos económicos, pero que ha llegado a permear en niveles más profundos
de la sociedad. A pesar de las carencias y el maltrato a los migrantes en la
Unión Americana, a nivel espectáculo, la MLS les ha otorgado la posibilidad de
conservar parte de su identidad mediante la glocalización de algo tan primario
como el fútbol. Aún mucho hay que trabajar en pro de la integración social en
los Estados Unidos. Sin embargo, con sus bemoles, la MLS se ha convertido en parte
del reconocimiento que da el país a sus minorías. ¿Maquiavélico por buscar cubrir
intereses neoliberales? Quizá. La realidad es que la MLS con sus jugadores
centroamericanos y mexicanos está ahí. Gol del Cubo Torres ante Panamá. Con
certeza, el gol se festejó más en California que en Querétaro. Think about it.






