Pumas y el Fascismo comercial
Momentos antes de
abordar el avión que lo trasladaría a Tuxtla Gutiérrez para jugar un partido de
copa ante los Jaguares de Chiapas, Tomás Boy, actual técnico del Cruz Azul,
realizó una severa crítica a la costumbre que tiene el equipo de los Pumas de
la UNAM de entonar el himno DEPORTIVO universitario antes del inicio de cada
partido durante una ceremonia protocolaria la cual, de acuerdo con el club
Pumas, “intenta crear una atmósfera de unión antes de los eventos deportivos”.
De acuerdo con Tomás
Boy, “Es incorrecto que el equipo tenga que esperar 10 minutos para que ellos (los
Pumas) hagan un himno que, desde mi punto de vista, es fascista”. Era de
esperarse que los aficionados del equipo (que no así la comunidad
universitaria) incendiaran las redes sociales tachando el comentario de
iletrado, fuera de contexto, grosero, inculto y hasta fascista per se.
Sin embargo, hay que
tomar el concepto utilizado por Tomás Boy con cautela y analizar las implicaciones
reales que tiene de forma más profunda. Si bien es cierto que el fascismo fue
un sistema fallido por el curso de la segunda guerra mundial y posteriormente
aislado y criticado desde fuera durante el régimen franquista en España, bien
vale la pena hurgar y tratar de entender las connotaciones posmodernas que
presenta el fascismo en nuestro sistema económico y social dentro de la
realidad mexicana de hoy en día.
Para quienes interese
el tema, empecemos por definir el Fascismo utilizando conceptos muy básicos. Leamos
con cuidado y atención:
De acuerdo con
Wikipedia, “el proyecto político del fascismo es instaurar un corporativismo
estatal totalitario y una economía dirigista, mientras su base intelectual
plantea la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un
nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o
revanchistas, lo que conduce a la violencia (ya sea por parte de las masas
adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen) contra aquellos
que el Estado defina como enemigos mediante un eficaz aparato de propaganda;
todo esto aunado a un componente social interclasista y una negación a ubicarse
en el espectro político (izquierdas o derechas)”.
Desglosemos el párrafo
anterior aplicando directamente cada segmento al club Pumas UNAM, utilizando un
enfoque reduccionista con miras hacia la construcción del fenómeno en su
amplitud, empezando el tema recordando la idea de que el equipo de fútbol de
los Pumas de la UNAM no responde a los intereses de la Máxima Casa de Estudios
del país, sino que es una asociación privada que por medio de un convenio de
licencia tiene autorizado utilizar el nombre, el logo, los colores, el estadio
y la base de seguidores de la UNAM para explotarlos comercialmente, generando
contratos con patrocinadores (Banamex, Coca Cola, Nike, etc.) para obtener
beneficios económicos que llegan a las arcas de la asociación privada, más no
así para la propia universidad, quien recibe una cantidad mínima por el uso de
los símbolos y las instalaciones universitarias.
Una vez que entendemos
que el equipo de Pumas NO REPRESENTA A LOS VALORES UNIVERSITARIOS, sino que es
una EMPRESA PRIVADA que busca obtener beneficios económicos al explotar
comercialmente una imagen, el camino hacia entender el uso de prácticas
fascistas mercantiles por parte de los Pumas (así como lo hacen la mayoría de los
equipos del fútbol mexicano) se va abriendo. En una economía de mercado donde
la “competencia democrática” por la amplia oferta aparenta ser la vía, la
búsqueda por la imposición de condiciones de una marca para ganar el mercado suele
tomar tintes fascistas en diversas formas.
La definición antes
propuesta sobre el Fascismo inicia con la idea de que “El proyecto político del
fascismo es instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economía
dirigista”. Pensemos por un momento en Coca Cola, una bebida la cual siendo un
producto comestible, se ha convertido no sólo en un ícono de la cultura
popular, sino que ha generado tal identificación que divide ideologías. Uno
puede ser bebedor de Pepsi o de Coca Cola. Más aún, no sólo de Coca Cola, sino
de toda su gama de productos. Hablando de su gama de productos, Coca Cola, como
empresa, se ha ido adueñando de sectores de la industria y hecho alianzas comerciales
que al identificar el capital amasado, la empresa bien podría colocarse en
términos económicos por encima de la captación y distribución de recursos de
muchas naciones. No está lejos el día en que Coca Cola adquiera un pedazo de
tierra, promulgue una constitución e instaure el país Coca Cola.
La marca se
materializa en algo más que un producto, se convierte en un emporio económico
que por su esencia, es parasitario. No se conforma con una parte del mercado,
busca adquirir más y más y cada decisión que se toma es para un solo fin, para
servir a un solo jefe, es una estructura piramidal por completo en donde quien
paga tiene el control y cada decisión que se toma en los altos niveles es para
generar más riqueza, sacar más ventaja económica sobre los competidores y
posicionarse por encima de todos los demás, incluso fuera de su ámbito de
competencia directa.
Bajo esta lógica de
mercado, en donde las prácticas competitivas de una empresa se basan en
principio en un corporativismo totalitario que tiene como fin la imposición
(posicionamiento) de un producto, de una ideología, y siendo que estas
prácticas competitivas se manejan bajo la lógica de una economía dirigista con
fines específicos, el llamar a una empresa que compite en el mercado neoliberal
como Fascista no parece tan alejado de la realidad. Y si transferimos estos
conceptos al caso de los Pumas de la UNAM, una asociación a la que ya hemos
establecido como una empresa comercial privada y no como un equipo
representativo estudiantil, las ideas aquí expuestas no sólo aplican al mismo,
sino que son parte coyuntural de su esencia y que se vuelven incluso más
perversas que en el caso de Coca Cola por lo que ante el público “representa”
la UNAM.
Coca Cola es una
empresa privada a la cual llamarla fascista no parecería mayor pecado. Pensemos
en el caso del Club América, el cual, perteneciendo a una empresa como
Televisa, si alguien le acusara de realizar prácticas fascistas, no se
generaría mayor revuelo debido a que comercialmente, su forma de actuar, de
vender y de manejarse responde a las necesidades comerciales de su matriz, por
lo que competir con herramientas fascistas en el régimen actual, no sólo es una
opción, sino un elemento vital para su supervivencia. Sin embargo, al tratarse
de LOS Pumas, se genera escozor en la sociedad porque todavía en el ilusorio
imaginario colectivo, los Pumas representan a LA Universidad y asocian a sus
símbolos con los valores universitarios: el conocimiento, la sabiduría, el
progreso, la juventud, el futuro… Y en ese sentido, llamar fascista a uno de
los símbolos (el himno deportivo) de una institución educativa en pro de los
valores más puros del espíritu humano, es una aberración y es entendible el
descontento social generado entre el vulgo inculto por el “insulto” que
profirió Tomás Boy al tachar el himno de fascista.
Sin embargo, lo que tanto
los medios como los doctos en el tema intentan obviar en respuesta a los
intereses de los grupos de poder que están detrás de Pumas y del fútbol
mexicano, es el hecho de que Pumas NO ES la Universidad, no representa a la
universidad en términos reales, es decir, no fomenta los valores de la máxima
casa de estudios, sino que responde puramente a una cadena mercadológica creada
por la FEMEXFUT en donde la lógica de tener a un equipo que use la bandera de
“Estudiantil” es bastante redituable debido a que abarca a un amplio nicho de
mercado (jóvenes indecisos y desubicados o chavorrucos en búsqueda de una
identidad rebelde y contestataria) que otros equipos no ofrecen por sus
características y que se ha vuelto con el paso de los años en una cantera, ya no
de talentos, sino de recursos económicos para todos los actores involucrados en
el sistema organizativo del fútbol mexicano e internacional.
Siguiendo con la
disección del fascismo, se dice que “su base intelectual plantea la sumisión de
la razón a la voluntad y la acción”. En el ámbito del fútbol, las estrategias
comerciales ya no apelan a si un equipo juega bien o mal (el espectáculo es lo
que menos importa) sino al apego hacia los colores y la bandera. No se busca
que el aficionado compre un boleto o una camisa con base en lo bien o mal que
juegue el equipo, sino en la identificación arraigada que se tenga con él. “Los
verdaderos aficionados están en las buenas y en las malas”. “Cómo no te voy a
querer, si mi corazón azul es, y mi piel dorada, siempre te amaré”. Como ya he
comentado en un ensayo previo, la estrategia es lograr que los aficionados
actúen, que vayan al estadio voluntariosos a cantar, a gritar, a comprar
cervezas, tortas, camisas, gorritos, cornetas, etc. No importa que el equipo
pierda, toma la coca cola que patrocina al equipo, rehidrátate con Gatorade,
compra los boletos en Ticket Master con tu tarjeta exclusiva Pumas Banamex…
Actúa, consume, sé parte de nosotros adquiriendo lo que te damos, pero no
cuestiones si el equipo va bien o va mal, porque los mejores aficionados “se
mueren con la camiseta puesta”.
Siguiendo en este
orden de ideas, se dice que el fascismo “(aplica) un nacionalismo fuertemente
identitario”. Las marcas (como Pumas o cualquier otro equipo del fútbol
mexicano, para no abarcar más allá del presente caso) ya no sólo aspiran en
este sistema neoliberal a vender productos, sino a lograr identificación y una
vinculación más profunda con sus compradores. Que el aficionado “se la crea”. Hacerlos
que se comprometan con la marca, ya sea por identificación (me gusta la marca),
por miedo a la exclusión (si no me gusta la marca, me rechazan/me sacan del
grupo) o incluso por ciertos niveles de coerción (los químicos de la Coca Cola
generan tal adicción que físicamente me hacen regresar a comprar el producto
por una necesidad física, de la misma forma que “El que no brinque es Güila” y
si me ven con una camisa del Ame en la Rebel me rompen la madre).
En este sentido,
siguiendo con nuestra definición inicial, la generación de identidad en el
fascismo implica “componentes victimistas o revanchistas, lo que conduce a la
violencia contra aquellos que el Estado defina como enemigos mediante un eficaz
aparato de propaganda”. No sólo verbalmente la gente de Pumas es adoctrinada
para insultar a los rivales (Chivas = Birrias/Perras con cuernos; Águilas = Güilas,
zopilotas; Celestes = Albañiles/chemos), sino que las mismas porras/barras
tradicionales utilizan la violencia física contra los que no pertenecen a su
grupo, y de ahí los conflictos que se generan en mayor o menor escala en cada
partido entre Pumas y América, por nombrar un ejemplo. Si bien las broncas en
las tribunas y afuera del estadio se generan de la nada, habría que esperar a
ver lo que pasa si Darío Verón arenga a la tribuna para ir a golpear a los
americanistas. No se utiliza, pero el poder de coerción y violencia está
latente en todo momento entre la masa. “Defiende a los tuyos”.
Lo curioso es que a
niveles directivos, maquiavélicamente, a pesar de que la violencia es “reprobada”
por las autoridades y aún cuando se busca promover “estadios seguros” en el
fútbol mexicano, el componente violento siempre trae un “atractivo especial” a
la ecuación. Se exaltan rivalidades creadas de la nada, se promueven los
Clásicos para que haya más revuelo y que en la semana previa crezca la derrama
económica (¿Desde cuándo un Pumas vs. Cruz Azul se volvió un Clásico?) y en
general, aunque no se diga, el conflicto y la animadversión creada entre
rivales forma parte de la ecuación en un negocio que se vuelve redondo. En
otras palabras, se crean poderosos “enemigos comunes” mediante un aparato
propagandístico para justificar el victimismo y hasta la violencia. Algunos
utilizaron a los judíos, otros a los gitanos, otros a los negros, otros a los
homosexuales… Pumas utiliza a los “Ames”. El fin práctico del posicionamiento
de una ideología sobre otra es el mismo.
Tristemente, y ya para
ir cerrando el círculo de las prácticas fascistas en la mercadotecnia de los
Pumas, la identificación del aficionado con el equipo juega un papel crucial
para el posicionamiento de marca y ésta se ha logrado a través de la
prostitución de los símbolos universitarios con fines comerciales, desde los
valores de la UNAM como institución educativa que se utilizan como
representativos inherentes al equipo de fútbol (aberración total), hasta el uso
de símbolos y cantos como el Goya o el Himno Deportivo Universitario. Y aquí
llegamos al tema del himno fascista.
Por si no ha quedado
aún claro, el himno como tal no es fascista y quizá la semántica no le ayudó en
la declaración a Tomás Boy. Sin embargo, el uso del himno deportivo
universitario en partidos de fútbol de un equipo que no representa a la UNAM y
que prostituye a sus símbolos con fines de posicionamiento comerciales para
ganar mercado y situarse como una empresa con preponderancia ante sus
competidores, sí puede considerarse como una práctica inherentemente fascista
en términos comerciales, ya que se utiliza un símbolo para adherir identidad a
un producto, para que el aficionado, sin uso de razón y sólo apelando a la
emoción y a la acción, se vuelva parte de algo que lo defina, rechazando a los
demás, formando parte de la “Nación Puma” y dándole así beneficios económicos a
una corporación cuyo objetivo es el posicionamiento totalitario en su expansivo
nicho de mercado.
La UNAM no es
fascista. Las prácticas comerciales del equipo de fútbol que comercializa los
símbolos de la UNAM tienden a serlo. Y el que se prostituyan mojigatamente los
valores universitarios por unos pesos, como egresado de la UNAM, me molesta aún
más que el comentario de Tomás Boy, a quien le agradezco poner en la palestra
un tema del que no se comenta porque daña a los intereses comerciales de
muchos, pero que al menos hoy, puede salir a la luz de este análisis.





