lunes, 14 de julio de 2014

Un guerrero sin patria

Messi, la empatía perdida por un guerrero sin patria

Los seres humanos somos seres empáticos. Tenemos la capacidad de percibir cognitivamente lo que le ocurre a los otros, sentir sus emociones e incluso compartirlas en muchas instancias. Creamos una conexión simbiótica mediante la cual el dolor del otro nos afecta en lo personal debido a que ese “otro”, a su vez, es parte de mi sistema de pensamiento. Desde un familiar, un amigo y una pareja, este tipo de sentimientos se pueden trasladar a muchas otras instancias. Mi relación con “el otro” puede canalizarse a entes lejanos, idílicos, incluso platónicos en donde el yo se proyecta en alguien completamente ajeno, en una relación unilateral generada a través de esa empatía por otros seres humanos, la cual se crea a partir de un conocimiento del otro, aún a la distancia.


Los medios de comunicación y las redes sociales en la actualidad nos acercan más a ese tipo de relaciones, generando ya no ídolos inalcanzables, sino tratando de vender empatías creadas para que sea esa identificación con el otro (el sentimiento primario) lo que al final del día venda el producto y, más aún, que el cliente regrese por su cuenta una y otra vez para consumir cualquier bien o servicio que se nos ofrezca, pero siempre utilizando como base esa empatía generada por una persona fundamentada en sus atributos emocionales, pasionales, humanos a final de cuentas.



Este tipo de interacciones se están forjando cada día más y más en el ambiente del fútbol. Las empresas patrocinadoras de los clubes de fútbol se acercan en todo momento a los futbolistas que comienzan a destacar para comercializar su imagen con la finalidad de tener total control sobre la percepción masiva que en los medios de comunicación se tiene sobre los jugadores, no sólo decidiendo qué tipo de comerciales, a qué tipo de conferencias asisten, qué tipo de contactos tienen con el público y la prensa, sino incluso administrando cuentas de redes sociales “personales” en las que el jugador “habla” en primera persona con una clara línea mercadológica en la que a través de su “voz” se promueve lo que la industria quiere que se promueva. Esto genera empatía con el público en tanto es el jugador quien da la cara, a quien los aficionados buscan, aunque subrepticiamente son los intereses comerciales los cuales permean y se manifiestan de manera obvia en los mensajes enviados por los jugadores.



Cerrando por el momento la clase teórica de comunicación, este contexto está diseñado para explicar lo que ha sucedido antes, durante y después de la final del campeonato mundial de fútbol, en particular con el mejor jugador del torneo (según la FIFA), el “flamante” Balón de Oro del mundial, quien a regañadientes y con gran frustración recibió el más triste y nefasto premio al mejor futbolista jamás entregado en competencia internacional de fútbol alguna. Es momento de echar un vistazo al bagaje de Lionel Messi.




Durante las cuatro semanas que duró el torneo que vio coronarse a la escuadra alemana como campeona del mundo por cuarta ocasión en su historia, el futbolista argentino Lionel Messi fue el blanco de críticas de propios y extraños debido a su baja de rendimiento futbolístico en cada partido disputado por la selección de Argentina. Messi llegó a este torneo con la etiqueta de ser el mejor jugador del mundo, con una infinidad de trofeos, récords y reconocimientos futbolísticos a cuestas, por lo que alrededor del mundo se esperaba que fuera Messi quien liderara al equipo albiceleste a conseguir el campeonato a tan sólo unas cuantas millas de distancia de casa. Con un Brasil desfondado y sin grandes competidores en su camino hacia la final del torneo, Argentina se posicionó como un serio candidato al título a pesar de que nunca demostró una gran solidez como equipo, ya que sus individualidades, incluyendo al mismo Messi, siempre lograron sacarle adelante.



En los medios, se llegó a un punto de saturación en que no se hablaba de Argentina como equipo ni de sus posibilidades estratégicas/técnicas/tácticas como tal, sino de la dependencia que el equipo tenía en relación con su número 10, con el virtuoso futbolista del Barcelona quien, para colmo, respondió a las expectativas durante la primera fase, anotando en los tres partidos del grupo los goles con los que el equipo se clasificó de manera invicta a la segunda ronda del campeonato. Con este inicio tan eficiente por parte de “La Pulga”, se esperaba que Messi se convirtiera finalmente en su madurez en ese líder que en los inicios de su carrera llevó a la albiceleste a coronarse como campeona del torneo de los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008. Las condiciones estaban dadas y Argentina parecía navegar en aguas tranquilas hacia el éxito deportivo de la mano de su mejor futbolista desde la era de Maradona.




Sin embargo, durante el torneo se pudo notar que Messi nunca se encontró a gusto dentro del terreno de juego. Lio, en Barcelona, es un jugador eléctrico, que busca todas las pelotas, que se desgasta en el campo intentando mostrar sus condiciones y que en muchas ocasiones no sólo se crea sus propias opciones, sino que genera fútbol y hace jugar a los demás. Más aún, Messi es un jugador que transmite su alegría dentro del campo, un futbolista que se atreve a hacer no una, sino muchas “de más” con base en su talento, en su depurada técnica y en su imaginación para driblar a los defensores, quedar de frente a la portería y anotar magistralmente ante los porteros. Es un jugador que más allá de su buen juego, transmite una emoción particular, quien genera empatía con él como persona por su sonrisa, por su porte, por su mirada. Messi, generalmente, se ve feliz al jugar a la pelota. Es como un pequeñín de barrio con ropas y aditamentos para gente grande. Mientras más desarreglado se ve, mejor parece jugar. Cuán lejos quedó esa imagen del Lio que vimos en Brasil durante las últimas 4 semanas.




En el ambiente del fútbol, no sólo se genera empatía con individuos, sino también con equipos o con causas. A nivel mundial, la fiebre por lo que pudieran generar equipos como Colombia o Costa Rica durante el presente campeonato se hizo patente. Se apoya al débil, al que parece desprotegido, pero que con buenos argumentos se enfrenta y logra salir victorioso ante esquemas tradicionalmente mejor desarrollados. Con un sentido paternalista, el aficionado adopta a selecciones como éstas o a jugadores no tan renombrados como James Rodríguez o Bryan Ruiz y los convierten en símbolos personales. Se genera una empatía ante el menos favorecido, e incluso si dicho equipo o dicho futbolista no consiguen salir victoriosos, la derrota se interioriza en la audiencia. Se sufre con esos entes externos y lejanos, pero que a través del buen desempeño mostrado en el campo y apreciados por medio de la pantalla, se hacen propios. La simbiosis, generada con el talento y la esperanza, se maximiza con el factor humano, con el sufrimiento ante la derrota.



Messi es un jugador que, por sí mismo, genera empatía. Sin embargo, hoy, tras la frustrante derrota ante Alemania en la final del torneo, Messi, más que la selección albiceleste en su totalidad, es el objeto de críticas, de burlas, de enojo y de descarga emocional tanto de los aficionados como de la prensa en Argentina, e incluso alrededor del mundo, no hay quien no se refiera a Messi (que no al equipo argentino) como la mayor decepción del campeonato, al nivel o incluso por encima de la trágica caída de Brasil. En estas circunstancias, la lógica nos indicaría que un jugador que ha logrado conectar, crear ese vínculo con el público, sería arropado por los suyos, y que la empatía generada a través de varios años de éxito en el fútbol español e internacional le darían un poco más de margen de error ante un posible fallo sin que la audiencia se volcara con tal furia a destrozar su nombre y su amplio legado personal.




Gran parte esto se debe sin lugar a dudas al cambio de actitud que el futbolista mostró durante el campeonato. Frío, sin expresiones de alegría, sin correr a plenitud por cada balón dentro del campo de juego, negándose a saludar a los niños previo a la ceremonia protocolaria, mostrándose de cierta forma indiferente ante las críticas, con cierta arrogancia denotada en el rostro durante las entrevistas y las conferencias de prensa, Messi parecía más incómodo, frustrado, hastiado y desgastado que realmente contento de verse en medio de un mundial de fútbol. Como ya hemos mencionado previamente, Messi festejaba sus goles con una descarga de furia, más no con una sonrisa. El mundial es para que los jugadores lo disfruten. Messi, por el contrario, parecía odiar el tener que jugar un partido más cada día. Aquí vale la pena preguntarnos, ¿Qué es lo que en realidad le pasó a Messi? ¿A qué se debió el cambio tan drástico entre el artista que disfruta trazar su magia en el lienzo verde y esa figura parca y sin ambición que recogió el premio al mejor futbolista del torneo?



Messi ha tenido uno de los peores años de su vida. No futbolísticamente, ya que su equipo, si bien no fue campeón de torneo alguno, llegó al subcampeonato de la liga española, además de situarse como finalista en la Copa del Rey de España, siendo igualmente finalista del presente campeonato mundial de fútbol. Sin embargo, durante el año en curso, Messi se ha visto envuelto en diversos problemas más allá de la cancha que sin duda han afectado su ánimo más que sus condiciones futbolísticas, de los cuales poco o nada se ha hablado como factores de su desempeño actual.



De entrada, apenas en noviembre pasado, Lio sufrió una rotura muscular el en bíceps femoral de la pierna izquierda, lo que lo mantuvo fuera de actividad durante varias semanas hasta febrero de 2014. Si bien se recuperó, Lio jugó todo el resto de la temporada con los rezagos de las cirugías a las que fue sometido, ya que su reaparición, planeada para principios enero, se tuvo que extender hasta el mes de febrero debido a complicaciones en la lesión. Mal empezó el año para Messi, quien desde este momento no tuvo descanso con detalles que ciertamente fueron minando su ánimo. En principio, se le imputó al futbolista el delito de evasión fiscal en España por 4.1 millones de Euros, caso que no se solucionó sino hasta mediados del mes de junio, recién empezada la copa del mundo, cuando la fiscalía decidió archivar el caso debido a que en apariencia Messi desconocía de buena fe los manejos que se hacían con los recursos generados por su manejo imagen. A pesar de esto, Messi tuvo que pagar una compensación de 33 millones de Euros al fisco español para evitar mayores problemas relacionados con su nombre.




Molesto por lo extra-cancha y tras perder la final de la Copa del Rey ante el Real Madrid, Messi se vio envuelto en un escándalo mediático luego de que, a su llegada a Barcelona, un aficionado le increpara por su bajo rendimiento futbolístico, a lo que Messi le contestó respondió “Andá a trabajar, boludo”, situación que fue captada en video por un celular y que se diseminó a través de medios establecidos y redes sociales, afectando la imagen y la credibilidad del jugador. La explosión de Messi, sin duda no fue espontánea, sino producto de los muchos reclamos que el público y la prensa de Barcelona le hicieran por el mal rendimiento de un equipo que si bien venía trabajando junto y ganando infinidad de campeonatos desde años atrás, durante la actual temporada se vieron afectados por los cambios en la dirección técnica, lesiones y la baja de ánimo causada por la enfermedad sufrida por el líder moral del equipo y sucesor de Pep Guardiola, Tito Vilanova, quien tuviera que dejar la dirección técnica del equipo días antes del inicio de la temporada debido al agravamiento del cáncer de garganta que finalmente acabó con su vida a finales de abril del presente año.



Con estos problemas a cuestas, se cuenta que seis días antes del fallecimiento de Vilanova, Messi acudió a su domicilio para anunciarle su decisión de partir al final de la temporada del club blaugrana. En la charla, Tito convenció a Messi de quedarse en Cataluña haciéndole entender que no encontraría un lugar mejor para desarrollarse como futbolista: “A dónde vas a ir? ¿Al PSG?” Al siguiente día de la plática, Messi anotó en la visita del Barcelona ante el Athletic de Bilbao, y con el consejo de su otrora técnico, Messi decidió firmar una actualización de su contrato que lo une al club hasta 2018 por alrededor de 22.5 millones de euros anuales más primas y que le permite tener injerencia sobre ciertas decisiones relacionadas con patrocinios. Si bien la partida de Messi no se dio, su inconformidad con el club, con la ciudad, con su entorno cotidiano aunado al deceso de su mentor, al retiro del capitán Puyol, la inminente salida de Xavi y la baja de juego de sus coequiperos españoles, han hecho que Messi, como ser humano, no se sienta a gusto, que esté distraído, frustrado, agobiado y, por ende, al no estar claras las cosas en su mente, que su desempeño en el terreno de juego no sea el más apropiado. Bajo estas circunstancias, ¿se podría esperar un buen desempeño del astro Argentino? Curiosamente, los aficionados creen que sí, que Messi, a final de cuentas, es un profesional, que al ser el mejor jugador del mundo, debería estar concentrado única y exclusivamente en sus labores en el terreno de juego, total “para eso le pagan”, “ya gana bastante bien como para que no juegue bien”, “es su obligación”. ¿Y la empatía?




Como sociedad, muchas veces perdemos de vista los factores realmente humanos que rodean a esos personajes míticos que se nos quieren vender. La comercialización a gran escala nos vende los factores empáticos que resultan efectivos en las estrategias comerciales. Se humaniza a Messi como embajador de la UNICEF, abrazando a niños africanos en pobreza extrema; se nos presenta siempre anunciando productos con estilo, con clase y con una sonrisa en los anuncios de Pepsi, Sabritas, Herbalife, Adidas, Gillette, el videojuego oficial de la FIFA, Dolce & Gabbana y Turkish Airlines. El carácter de Messi se refleja como el jugador alegre, como el pequeñín de barrio, inocente, al que todos quieren abrazar y felicitar por sus logros. Sin embargo, cuando futbolísticamente este deportista falla, se le ataca, se le señala, se le exige y (simbólicamente) se le crucifica por sus fallos, por no mostrar el carácter cuando hay que mostrarlo, dejando de lado cualquier empatía con él mediante la cual pudiéramos tratar de entender las circunstancias de Messi como lo haríamos con cualquier otra persona, desde un punto de vista humano y no hacia un ser que se nos presenta como alguien “superior”





Y entramos al segundo punto de análisis. Hoy nadie siente tristeza ni se solidariza con Messi porque se le considera un jugador falto de compromiso, alguien que no “siente los colores”, quien ha pasado tanto tiempo viviendo como rey en España que el jugar con el representativo argentino no le interesa, que se preocupa más por sus contratos con el club y con los patrocinadores que por traer una alegría a la tan maltratada nación argentina, cuyos compromisos son puramente comerciales, más no emocionales. La paradoja es: ¿Y dónde queda el apoyo de los aficionados? Los argentinos apoyan a muerte a su equipo en tanto este vaya bien. En temas futbolísticos, esto es aceptable debido a que el aficionado actual tiene que ser exigente, tiene que pedir, al menos, la mayor entrega y garra por parte de sus jugadores. Si el buen desempeño futbolístico y los resultados se logran o no, se analizará después, pero lo mínimo que se pide es que los jugadores muestren corazón y que suden la playera.



En términos humanos, si no entendemos que Messi fue forzado a jugar el mundial por temas de comercialización bajo una circunstancia en la que él no estaba en su mejor forma ni quizá tenía la cabeza para jugar a la pelota en estos momentos, caemos en un error. Y si se le exige tal nivel de compromiso como a cualquier otro futbolista, aún bajo las condiciones expuestas en el presente texto, las consecuencias humanas terminan por reventar al ser humano que intenta hacer algo que quizá ni siquiera él entendía, porque sus circunstancias psicosociales le rebasaron. Ningún trabajador puede rendir lo mismo si el ambiente que le rodea no es el óptimo. Un contador que se está divorciando y que tiene problemas para llegar a la quincena, con toda seguridad tendrá muchos problemas para entregar los reportes ante un exigente jefe que le pide el trabajo de hoy para ayer, no por falta de capacidad, sino porque su cabeza está en otro lado. Es difícil concentrarse con las problemáticas laborales si alrededor no hay sino un panorama negro y complejo. Messi, siendo insultado por miles de personas día a día, frente a frente, en medios y en redes sociales, teniendo que pagar 35 millones de Euros para que su padre (quien maneja su situación fiscal) no vaya a dar a la cárcel, a disgusto con la ciudad y la afición que él consideraba su hogar, lideró a Argentina a pasar hasta los cuartos de final, donde después, desapareció. Al final del día, no podría haber hecho un mejor mundial bajo la sombra que estaba jugando. Argentina llegó a la final. Messi los puso ahí. 4 goles en tres partidos y una asistencia ante Suiza. Cumplió de más en relación con lo que, como ser humano, se podría esperar de él.




Messi, hoy, tiene que dejar de lado al fútbol, y por un largo tiempo. Alejarse de Argentina y de Barcelona. Sus dos hogares han dejado de serlo. No son seguros para él. Debe tomar un retiro en alguna isla, con alguien con quien pueda charlar, alguien de su entera confianza; más que una pareja, Messi necesita un mentor, un terapeuta que le ayude a rehabilitar su alma, su esencia como persona antes que sus condiciones como futbolista. Messi tiene mucho que dar y su revancha va a llegar. Pero no hoy, y quizá no el próximo año. La Pulga hoy necesita más que nunca un tiempo fuera de todo lo que implica la pelota para estabilizarse emocionalmente, reencontrar el amor por el juego, por el fútbol arte del que tan buen exponente es y comenzar desde cero a desarrollarse como ser humano, como persona, a disfrutar de la vida lejos de los intereses creados. Messi es un extraordinario artista del balón, un guerrero de élite en el campo de juego, pero tiene la desgracia de haber sido instruido desde pequeño a luchar como un mercenario: sin patria, sin sangre, sólo por su satisfacción propia y por ganar beneficios para él y los suyos. Sin embargo, a diferencia de representantes consolidados del fútbol mercenario que cambian de equipo cada semestre y al mejor postor, tales como Balotelli o Zlatan, con Messi, más que cambiar de bandera, él se ha dedicado a defender el ideal barcelonista desde el inicio de su carrera. Sin embargo, cuando ese ideal se alejó de las filas del barcelonismo, con la partida de Pep y el deceso de Tito, Messi se ha quedado sin guía, sin un líder que guíe sus capacidades y que las lleve a buen puerto.




Messi es un guerrero de élite, más no un capitán. Esto se vio claramente en la charla motivacional para los tiempos extra de la final. Fue Mascherano quien habló fuerte, quien infundió coraje en sus compatriotas, quien trató de liderarlos a la victoria en las circunstancias más adversas. Pero que no se malentienda. Messi aporta el talento. El no ser el líder del equipo no es necesariamente malo. En España, el capitán no es un virtuoso, sino Casillas y por saber dar ese rol de líder a alguien apropiado es que salieron campeones del mundo y dos veces de Europa. En contraparte, Portugal falló por darle la responsabilidad de líder a un egocéntrico como Cristiano Ronaldo. Messi explota si está rodeado de líderes talentosos y con carácter que sepan liderar, motivar, conjuntarse y jugar en equipo. Argentina no los tiene y los pocos que tenía, o los perdió (Di María y Agüero por gran parte del torneo) o se quedaron fuera por la necedad del técnico (Zanetti y Tévez, por nombrar un par). ¿Cómo se acoplaría Messi en España bajo la dirección de Del Bosque y arropado en el campo con Xabi Alonso, Casillas, Sergio Ramos e incluso los barcelonistas que le han ayudado a ganar todo? Pongamos a Messi por un momento bajo las órdenes de Löw haciendo equipo con Müller, Schweinsteiger, Kroos, Neuer y Howdes, ya sea con una camisa blanca o con la roja de Munich bajo las órdenes de Pep. Existen jugadores que ante tales escenarios vendrían a menos y se verían opacados. Messi, por sus características, se convertiría en el mejor jugador del mundo, tal y como lo logró durante varios años con el Barcelona. Hoy, ante el envejecimiento y la circunstancial decadencia blaugrana, Messi no tiene más cabida ahí, a menos que el club sepa reinventarse y encontrar en Luis Enrique al mentor que amalgame al equipo y haga volver a brillar a un virtuoso mercenario que, de batallas, sabe un rato largo.




Como corolario, una analogía: En la adaptación que se hizo hace algunos años de ciertos pasajes de la Ilíada en la película Troya, Aquiles, personificado por Brad Pitt, mantiene un diálogo breve con su primo Patroclo, quien le reclama por su decisión de no marchar junto a los Mirmidones para unirse al ejército de Agamenón y atacar la ciudad de Troya. Aquiles, molesto por el ferviente deseo de Patroclo de involucrarse en la batalla, le reconviene diciendo: “Te enseñé a pelear, más nunca te enseñé por qué pelear (...) ¿Por quién pelearás cuando yo muera? Los soldados pelean por reyes que ni siquiera conocen. Pelean cuando se les ordena pelar. Mueren cuando se les ordena morir. No desperdicies tu vida siguiendo las órdenes de un tonto”. Esperemos que Messi sepa a futuro deslindarse del gran tonto que le otorgó el Balón de Oro en Brasil 2014, que se recupere física y mentalmente de las lesiones del cuerpo y del espíritu que le aquejan y que se olvide por un instante del fútbol para recordar lo que en verdad es el fútbol. Diviértete Lio. La vida es corta y tu talento es grande. El fútbol arte está en tus pies.








martes, 8 de julio de 2014

La caída de Brasil: el comercio mató al arte


La caída de Brasil: el comercio mató al arte

El fútbol, tal como muchas de las actividades en las que se invocan las pasiones más profundas del espíritu humano, tiene definitivamente muchos tintes de arte, o al menos en diversas instancias pude llegar a serlo; por su parte, el campeonato mundial de fútbol, más allá de ser disputado por potenciales artistas del balón, no deja de ser, en principio, un espectáculo masivo. Al introducir esta diferenciación, podemos empezar a trazar el hecho de que la dicotomía entre lo artístico y lo comercial puede observarse bajo muchas aristas del evento que hoy en día está a punto de llegar a su conclusión. Y no se trata de decir que ser comercial y rentable es malo en sí; por el contrario, la generación de recursos y la activación de un sector económico que llega a su nivel pico cada cuatro años debe tomarse como un serio caso de estudio debido al impacto socioeconómico y cultural que genera en determinados núcleos sociales, tanto a nivel micro como macroeconómico. Sin embargo, lo que cabe analizar, y lo que debemos entender es que el arte y los espectáculos comerciales responden a diferentes lógicas a las que bien valdría echar un vistazo.

Empezaremos este texto hablando puramente de fútbol: la primera ronda y los octavos de final del presente campeonato mundial de fútbol trajeron consigo portentosas exhibiciones deportivas, en las que la entrega, el desgaste, la lucha, la competitividad y el deseo de ganar se vieron adornados por el virtuosismo de jugadores que llegaron a las canchas de Brasil para divertirse, para relajarse y demostrar las habilidades que poseen para manejar una pelota con los pies sobre un campo de juego. Desde el vuelo de Van Persie para comenzar la catástrofe española, pasando por las pinceladas del colombiano James Rodríguez en cada partido que disputó, los detalles técnicos del marfileño Gervinho, el fútbol asociación del equipo ghanés que nos regaló una de las mejores anotaciones de la copa ante los Estados Unidos, el magistral toque de bola de Messi, las atajadas de Ochoa, Howard, Navas y Neuer, el poderío de Müller en fase de grupos junto con el estético gol de taquito de Schürrle ante Argelia, sin olvidar las brillantes demostraciones de franceses, belgas, nigerianos, griegos, chilenos y costarricenses quienes con más corazón que técnica dieron pelea hasta el último suspiro con disparos a los postes, obligando a los equipos “grandes” a emplearse a fondo para acceder a las instancias definitivas en que se encuentran ahora.

Hoy se dice que Brasil 2014 será recordado como una de los mejores copas del mundo de la historia, en gran parte debido a que, por algunos momentos, el fútbol arte, ese que genera sentimientos, pasiones y que evoca nuestros instintos más primarios, se hizo presente a diario durante al menos un par de semanas a lo largo y ancho de los estadios amazónicos. Igual que un sueño, las primeras dos semanas de Brasil 2014 quedarán en un sublime campo etéreo, en el imaginario colectivo como el ejemplo de lo que debe ser un torneo de fútbol, llámese torneo local, liga de campeones, La Liga de España, la Premier de Inglaterra o el torneo de los barrios. Donde sea, el fútbol se juega, en principio, para que sean los mismos jugadores quienes se diviertan. Es una fiesta para ellos. El hecho de que la gente los siga, de que se genere una afición y de que sucesivamente se creen intereses comerciales alrededor del espectáculo, queda todo en segundo plano. Lo que nos debe quedar como enseñanza es que no importa tu nacionalidad, tu nivel socioeconómico, tu historia, tu raza, tu color de piel, tu filiación política, mucho menos tu religión. Lo que vale, lo que cuenta al entrar a un terreno de juego es simplemente salir a hacer lo que te gusta, a tratar de ganar partiendo de un deseo personal de demostrar que tus habilidades son las mejores y que puedes guiar con tu energía a un conjunto de voluntades para lograr un bien común en una actividad tan noble como lo es (en su forma pura) el fútbol. En ese sentido, lo acontecido en Brasil 2014 es un ejemplo para el futuro sobre cómo debe ser apreciado y entendido este deporte. Un catalizador de emociones, de esteticismo, de virtuosismo y de amor por lo que se hace: el arte del fútbol.

Sí, el campeonato jugado en Brasil ha sido una de las mejores exhibiciones deportivas en la historia del fútbol mundial. Sn embargo, hay que tener cuidado con la lectura que se hace de los sentimientos que el espectáculo genera (o que pretende generar) hacia las masas, ya que es en los detalles de la organización que se pueden manipular las tendencias y la percepción que se tiene, no sólo del espectáculo en sí, sino de la sociedad misma a raíz de los intereses creados alrededor de un evento de esta magnitud.

Para empezar, hoy, tras la catastrófica derrota de Brasil ante la escuadra alemana, las cadenas televisivas y las redes sociales nos han mostrado el llanto desconsolado de niños, mujeres, y hombres por igual; sin importar credo o estatus social, se nos muestra a un Brasil herido, desencajado, vulnerable. Muchos dirán que el llanto y la zozobra han aparecido con justificada razón; por mi parte, yo no veo justificación alguna para tan exageradas expresiones de desazón, y la razón es muy simple: Brasil nunca jugó bien al fútbol. Su máxima demostración de poderío se dio ante una escuadra camerunesa que perdió cada partido del torneo que disputó y que incluso ha sido acusada (curiosamente) por el diario alemán Der Spiegel de haber arreglado sus partidos del torneo para beneficiarse en temas de apuestas. 

Tanto futbolística como comercialmente, Brasil dio total protagonismo a Neymar, dejando fuera, no del campo, sino del torneo, a figuras de la talla de Kaká, Robinho y el mismo Ronaldinho Gaucho, quienes a pesar de haber sufrido bajas de juego durante los últimos cuatro años, en la actualidad se encontraban nuevamente a punto para defender a la canarinha en este torneo, situación que no se dio a final de cuentas debido a que el entrenador brasileño, Luis Felipe Scolari, decidió dejarlos fuera de la convocatoria sin mayores explicaciones. Durante el partido inaugural, las cámaras enfocaron en las tribunas a Kaká, el gran ausente del campeonato para Brasil. ¿Podría Kaká haber nivelado el barco brasileño para que Brasil jugara como el Brasil al que estamos acostumbrados? Bajo las órdenes de Scolari, quizá no, pero la contribución de su talento seguramente pudiera haberse hecho notar. Sea como sea, la controversia se genera debido a que, en primera instancia, su presencia hubiera puesto mucha presión sobre Neymar, quien, de no desempeñarse bien dentro del terreno de juego, hubiera tenido a un claro sustituto en el banquillo de suplentes. ¿No sería ésta una buena opción para Scolari en el caso de que Neymar fallara en el terreno o que, como al final sucedió, se lesionara teniendo que abandonar no sólo un partido sino el torneo en general? Muy posiblemente sí. Sin embargo, rascando un poco en las entrañas comerciales del caso, Brasil, patrocinado ampliamente por Nike, con Neymar como la estrella de los anuncios de la marca de la palomita, no podía permitir que un Kaká con afiliaciones Adidistas robara siquiera un poco de la atención hacia la plétora de jugadores financiados por Nike que representaron a Brasil durante el presente torneo. ¿Acaso pudieron los intereses comerciales afectar el esquema táctico futbolístico para que no se presentara la mejor versión de Brasil que pudiera haberse puesto sobre el terreno de juego? Este tema nos da mucho a qué pensar.

Las líneas arriba expuestas sobre el caso de Brasil nos abren la puerta para profundizar en un par de aspectos relacionados con el desarrollo del campeonato: en primera instancia, las lágrimas agónicas y desencajadas de la afición de Brasil atraen nuestra atención el elemento trágico que ha permeado en las rondas definitorias, tanto en el público como en el mismo campo de juego, especialmente  a partir de los cuartos de final. Brasil sufrió de más en cuartos debido a su arrogante carencia de talento futbolístico y la dependencia de chispazos de sus defensores centrales ante una alegre Colombia que desde el minuto 1 de juego salió a matar o morir en el partido, como debe ser un partido de fútbol en estas instancias. A pesar de que el resultado no les favoreció, la entrega de Cuadrado y James Rodríguez tiene más mérito que el marcador que hizo avanzar a Brasil a semifinales. En particular, los dribles de James y la lucha física de un intempestivo Cuadrado están más frescos en la memoria que el primer gol de Brasil. En otros escenarios, Argentina tuvo un gol y un partido para dormir, con un Bélgica que nunca entendió que estaba jugando el quinto partido de un mundial; Alemania se vio neutralizada por un equipo francés ordenado que mató por sí solo el partido, sin dejar atacar a los alemanes, pero sin crear peligro ante Neuer ellos mismos salvo en la portentosa atajada del germano quien destruyó el disparo final de Benzemá junto con las ilusiones del pueblo francés. Finalmente, Holanda no jugó a nada frente a Costa Rica, bien pudo perder en tiempos extra y nadie los extrañaría.

Los partidos de cuartos de final se tornaron en las típicas tragedias griegas en donde el fútbol espectáculo y el arte quedaron de lado para dejar paso al fútbol mercenario, al resultadismo, al ganar como sea del que ya hemos hablado en otras ocasiones. Neymar mismo, antes del partido que lo dejase fuera del mundial ante Colombia, llegó a mencionar que a él no importaba dar espectáculo, sino ganar al menos medio gol a cero. Con esa mentalidad tan mediocre y viciada por parte de la estrella del equipo brasileño, poco se podía esperar de ellos en el torneo. Sin embargo, hay elementos curiosos dentro de estas tragedias: 1) como mencionamos al inicio, una pieza de arte y un espectáculo masivo responden a distintos sistemas de valores. Mientras que el arte es subjetivo y carece de valuación económica, los espectáculos creados en pro de intereses comerciales están destinados a buscar puntos de encuentro para su público. En este sentido, una de las fórmulas más probadas para amalgamar voluntades es sin duda alguna generar, no un bien, sino un mal común. Si pensamos por un segundo en las películas y en las series de televisión con mayor éxito, incluyendo en el caso mexicano las telenovelas, son aquellos productos con mayor conflicto, con mayor drama, los que unen más a la audiencia, los que generan mayor expectación y mayor rating.

En el caso del mundial, al llegar las instancias definitivas, es cierto que la “paridad” (salvo por Brasil) en el nivel futbolístico y el deseo de ganar obligan a los equipos a cerrar filas y ocuparse más de tareas defensivas que del ataque en un intento por asegurar la posible victoria. Por esta razón, los partidos se van al extremo, al final del partido con diferencias mínimas o incluso con empates que obligan a las definiciones por tiros de penal. Pero cabe preguntarnos si es esto un resultado plenamente futbolístico o si es un esquema preparado para captar y asegurar la atención de la audiencia ante una sabida carencia de espectáculo, de fútbol arte. Cuando juegan 32 equipos, la audiencia multinacional está asegurada debido a que cada país está al pendiente de su equipo, razón por la cual los jugadores son libres de salir a matarse dentro del terreno de juego con entusiasmo y jugando bien a la pelota. Sin embargo, cuando quedan 4 equipos que pueden resultar hasta cierto punto extraños para la audiencia a nivel mundial, el espectáculo ha de ofrecer un plus, y el dramatismo y la tragedia ofrecen ese valor agregado para evitar la dispersión del público en las rondas finales. Sea por motivos puramente futbolísticos o respondiendo a un plan comercial, el elemento dramático está ahí. Y funciona.

Tal y como lo experimentamos año con año en el fútbol mexicano, lo importante no son las 17 fechas del torneo local en el que todos juegan contra todos, sino que lo “emocionante” es que tu equipo llegue a la liguilla para que puedas apoyar a los que llegan, incluso si no es tu equipo, y estar pendiente de los resultados por el morbo de ver quién sale campeón, pero más aún de quién es derrotado, ya que de ellos te podrás burlar por los siguientes seis meses (o 16 años, como en el caso del Cruz Azul). Incluso los partidos en la lucha por no descender generan una expectativa igual o mayor a los juegos de la liguilla por el título. Es el drama, el morbo de la potencial tragedia lo que nos atrae. Vemos las carreras de autos, no esperando a ver quién obtiene la victoria o por un buen rebase, sino con el deseo de que alguien choque para que podamos jalar el aire como si estuviéramos degustando algún tipo de comida picante. Quienes van a los toros, no lo hacen por el “arte”, ni siquiera por el morbo de ver morir al toro, sino que internamente el morbo se genera con el deseo de que el torero sea cornado para ver la sangre de otro ser humano brotar y verdaderamente debatirse entre la vida y la muerte. Y no sólo como mexicanos, sino que en muchos lugares del orbe, los seres humanos responden de forma similar a ese tipo de estímulos. Y es para ellos que se dirigen este tipo de espectáculos, con sus correspondientes provisiones y sin apelar a la brutalidad del circo romano, pero con sus debidas reservas, en principio de cuentas, el esquema de las fases finales de los torneos de fútbol tienen el elemento del drama como principal activo para atraer la atención de gente que no entiende por qué se acerca, sino que, como moscas a la lámpara, simplemente se ven atraídas. Lo que importa menos para este tipo de torneos de rondas definitorias, irónicamente, es el fútbol.

Es aquí donde caemos en el siguiente nivel de análisis: 2) en un detalle muy curioso, durante el transcurso de la copa se han presentado infinidad de casos en que las cámaras toman a los aficionados de algún equipo que vaya perdiendo o que esté empatando agónicamente sobre el terreno de juego. En la mayoría de los casos, las tomas se centran en aficionados que muestran caras de preocupación o sufrimiento ante lo que pasa en el campo, más cuando las cámaras les enfocan y se dan cuenta de que aparecen en la pantalla del estadio, una explosión de júbilo se apodera de ellos, motivándolos a sonreír, saltar y gritar con la mayor alegría posible por salir en la televisión. ¿Y el sufrimiento? Psicológicamente, si existe un nivel profundo de preocupación ante una situación o un hecho con el cual me identifico, con el cual estoy comprometido, es imposible que realice una catarsis inmediata que haga cambiar mi estado de ánimo tan violentamente como ocurre con estos aficionados y mucho menos mi estado de ánimo lo cambiaría el simple hecho de aparecer en una pantalla de televisión. Los aficionados que vemos en los estadios de Brasil no se identifican con los equipos; sean hombres o mujeres, es claro que ese sufrimiento que demuestran se genera a raíz de la interacción momentánea y de formar parte del grupo de aficionados que hay en el estadio. La identificación es demasiado banal y superficial, no generada por una emoción personal, sino por una necesidad de pertenecer a un grupo, de identificación forzada, de ser parte de un “algo”, aún cuando ese “algo” no tenga sustancia. Es en este nivel que los asistentes al estadio (que no los aficionados) se vuelven manipulables y mediante la presentación de sus imágenes y el discurso de los medios a través de la prensa, la pantalla y las redes, es que se intenta “sensibilizar” a sus semejantes, a otros aficionados que con la misma sinrazón desean identificarse con esas causas huecas, sin propósito, las cuales se convierten en banderas cohesionadoras tan efectivas como los estandartes del cura Hidalgo.

Para clarificar esto, tenemos el caso de los aficionados brasileños cuyo llanto nos fue presentado tras la derrota de la verde-amarela ante Alemania y que fueron convenientemente captados por las cámaras de la transmisión internacional: se nos muestra a un Brasil desencajado, devastado, desesperanzado, agónico, con un lamento interminable... Brasil, como equipo, venía jugando basura durante toda la copa. Los verdaderos aficionados y la gente que sabe de fútbol, que en Brasil hay en cantidades, entienden que esta selección no los representa, que el fútbol alegre, el jogo bonito, no existe con Scolari. Durante el desarrollo del partido, los aficionados en el estadio abuchearon en ocasiones incontables al equipo brasileño. No fueron gritos de tristeza, sino de enojo, porque la gente sabía que el equipo brasileño era una caricatura parca de lo que suele ser Brasil en fútbol. Los niños que salen de las humildes favelas a comerse al mundo no son estos aburguesados futbolistas que ni disfrutan el juego ni lo saben jugar. Y la afición lo sabe, y por ello nunca hubo química con éste equipo, nunca se dio una verdadera unión nacional. Neymar catalizó un poco el ambiente, pero ante su ausencia en el terreno, la debacle y la catástrofe era inevitable. ¿Quienes fueron esos aficionados que lloraron en Belo Horizonte? Se nos ha vendido por años la leyenda de la desazón que causó en Brasil el famoso Maracanazo de 1950. Hoy, frente a la violenta derrota sufrida ante Alemania, se nos tenía que vender algo similar. Por ello las imágenes a presentar se seleccionaron entre aquellas que denotan sufrimiento y dolor, más no las del enojo y la furia que causa la derrota en los verdaderos aficionados. Si se mostraran esas imágenes, Brasil ardería en llamas hoy por la noche. Mejor dejar las aguas tranquilas por cuestiones de orden social. Pero que no se nos quiera engañar.

En un evento como este, los representativos nacionales en muchas ocasiones muestran la mentalidad de sus pueblos. Ya hemos tratado el caso mexicano con amplitud, por lo que procederemos con otros equipos. En Colombia y Costa Rica, se reflejó el espíritu festivo y alegre que los caracteriza con buenos equipos que conjuntaron calidad, coordinación y buen trabajo de equipo. En Uruguay, se reflejó la existencia de una sólida unidad nacional concentrada en el presidente Mujica quien ante el mundo salió a defender a su coterráneo. Por otra parte, la multiculturalidad y el trabajo de equipo de suizos, belgas e incluso franceses quedó patente con sus respectivos combinados. Nigeria, Costa de Marfil, Ghana, Argelia e incluso Irán mostraron que aún dentro de sus limitantes, el esfuerzo y la entrega estuvieron a la orden del día. Razas luchonas y determinadas a salir a darlo todo por un ideal. Argentina es fiel al individualismo característico de sus futbolistas, mientras que Holanda ha dejado al momento una pésima imagen al no ser un equipo compacto que ataque con orden, además de tener a uno de los mayores farsantes en la historia del balompié, quien desperdicia su virtuosismo (que lo tiene) en trucos poco éticos y de baja categoría.

Y llegamos a Alemania y Brasil. Por una parte, Alemania demostró con esta victoria la templanza y el liderazgo de la principal potencia europea de la actualidad, líder de la Unión Europea y uno de los más influyentes miembros de cualquier organismo internacional. Así es y así siempre será el pueblo bávaro. No es casualidad que en las últimas cuatro ediciones de la copa mundial de fútbol los teutones hayan llegado a posicionarse entre los cuatro mejores equipos del torneo, siendo finalistas en dos y con la posibilidad de al menos llevarse a casa el presente campeonato. Sea como sea, Alemania siempre está ahí, porque estructuralmente, socialmente, económica e incluso culturalmente, los germanos tienen ese valor agregado que les otorgan las experiencias del pasado. Alemania no es sólo un equipo de fútbol. Alemania es una sociedad integral que, nos guste o no, es líder en muchos aspectos. Podrá o no tener Angela Merkel razón en muchos temas de política exterior y los alemanes tendrán muchos defectos como sociedad al mirar las políticas internas del país. Sin embargo, es un país de líderes en todos los ámbitos posibles. Desde la ciencia, la poesía, la literatura, la arquitectura, la ingeniería, y hasta Klose y Neuer, Alemania es un país generador de líderes con talento y categoría para cumplir objetivos. No cataloguemos el 7-1 como un “sin piedad”, sino como un “con respeto” a lo que es Brasil. Al final del partido, Neuer hizo un coraje terrible porque sus defensas le dejaron solo ante Oscar, quien definió para marcar el gol de la honra para los amazónicos. Eso es concentración; eso es temple; eso es jugar con todo el corazón hasta el final.

Muchos dirán que Alemania debió ser más consciente, menos cruel para no manchar la historia de Brasil. Pero Alemania es así. Los que piensan que Alemania debió bajar las revoluciones sólo demuestran su mediocridad. A un rival que se considera como digno, en estas circunstancias, hay que jugarle a máxima capacidad, y Alemania lo entendió así y por ello, ante la oportunidad, destruyó a Brasil, para evitar cualquier sombra de duda sobre quién fue el mejor equipo sobre el terreno, así como sobre el amañamiento de partidos que su propio diario nacional criticó, respaldando la teoría de que Brasil nunca fue el equipo poderoso e invencible que durante muchos lapsos del mundial se quiso vender. Alemania, fiel a su filosofía, mostró ambición y determinación sin piedad, sin remordimientos y por ese espíritu combativo, de lucha, de respeto hacia el poderío brasileño al jugar al 100% en cada segundo del partido es que Alemania sigue pasando a la historia cada vez que se planta sobre un terreno de juego.

De Brasil, ya no queda mucho que decir. La escuadra de Scolari traicionó desde el primer día su filosofía, por lo que nadie en Brasil vio a este equipo como un representante digno de lo que es el fútbol del país. Como ya hemos mencionado, no fueron los hinchas, no fue la torcida brasileira la que acudió a los estadios, sino una clase aburguesada a la que se le puede creer que hayan llorado por este equipo debido a que ellos mismos no son parte de la realidad del Brasil del día a día, sino un grupo clasemediero que se vio envuelto en la vorágine mediática que presentó a esta versión del Scratch du Oro como la más poderosa de Brasil, la que acabaría con los fantasmas del pasado y retendría la copa en su propia casa. Nada más alejado de la realidad. La copa nunca fue de Brasil. El carnaval, aunque existió, nunca fue protagonizado por ellos. Los brasileños seguirán molestos desde hoy hasta el 2016 cuando terminen los Juegos Olímpicos, e incluso más allá, ya que son ellos, los ciudadanos del día a día, quienes cargarán con el ostentoso costo de un par de eventos que ningún beneficio les dejará como sociedad y más aún, los dividirá aún más en clases sociales, habiendo ya generado conflictos que se harán mayúsculos con el tiempo y que a final de cuentas, dejarán al país sin la menor alegría de haber organizado algo de lo que pudieran sentirse orgullosos, ni logística ni deportivamente. La fiesta ha sido y seguirá siendo de otros. Para Brasil, el sueño del Orden y el Progreso seguirá como un fantasma esperando renacer y cobrar sentido en su bandera. A los brasileños les deseamos que puedan conservar en el futuro un par de dedos de dignidad. Sin muchas manifestaciones artísticas, el fútbol es lo más cercano a convertirse en la principal fuente artística de Brasil. Este mundial, y sobre todo este equipo, les han quitado eso. El poder del mercado le ganó la partida al arte de las amazonias en esta ocasión. Ansiamos que regresen. El fútbol no es fútbol sin el Scratch.
Muito obrigado.