Los seres humanos somos seres empáticos. Tenemos la capacidad de percibir cognitivamente lo que le ocurre a los otros, sentir sus emociones e incluso compartirlas en muchas instancias. Creamos una conexión simbiótica mediante la cual el dolor del otro nos afecta en lo personal debido a que ese “otro”, a su vez, es parte de mi sistema de pensamiento. Desde un familiar, un amigo y una pareja, este tipo de sentimientos se pueden trasladar a muchas otras instancias. Mi relación con “el otro” puede canalizarse a entes lejanos, idílicos, incluso platónicos en donde el yo se proyecta en alguien completamente ajeno, en una relación unilateral generada a través de esa empatía por otros seres humanos, la cual se crea a partir de un conocimiento del otro, aún a la distancia.
Los medios de comunicación y las redes sociales en la
actualidad nos acercan más a ese tipo de relaciones, generando ya no ídolos
inalcanzables, sino tratando de vender empatías creadas para que sea esa identificación
con el otro (el sentimiento primario) lo que al final del día venda el producto
y, más aún, que el cliente regrese por su cuenta una y otra vez para consumir cualquier
bien o servicio que se nos ofrezca, pero siempre utilizando como base esa
empatía generada por una persona fundamentada en sus atributos emocionales,
pasionales, humanos a final de cuentas.
Este tipo de interacciones se están forjando cada día más y
más en el ambiente del fútbol. Las empresas patrocinadoras de los clubes de
fútbol se acercan en todo momento a los futbolistas que comienzan a destacar para
comercializar su imagen con la finalidad de tener total control sobre la
percepción masiva que en los medios de comunicación se tiene sobre los
jugadores, no sólo decidiendo qué tipo de comerciales, a qué tipo de
conferencias asisten, qué tipo de contactos tienen con el público y la prensa, sino
incluso administrando cuentas de redes sociales “personales” en las que el
jugador “habla” en primera persona con una clara línea mercadológica en la que a
través de su “voz” se promueve lo que la industria quiere que se promueva. Esto
genera empatía con el público en tanto es el jugador quien da la cara, a quien
los aficionados buscan, aunque subrepticiamente son los intereses comerciales los
cuales permean y se manifiestan de manera obvia en los mensajes enviados por los
jugadores.
Cerrando por el momento la clase teórica de comunicación,
este contexto está diseñado para explicar lo que ha sucedido antes, durante y
después de la final del campeonato mundial de fútbol, en particular con el
mejor jugador del torneo (según la FIFA), el “flamante” Balón de Oro del mundial, quien a regañadientes y con gran frustración recibió el más triste y nefasto premio
al mejor futbolista jamás entregado en competencia internacional de fútbol alguna. Es momento
de echar un vistazo al bagaje de Lionel Messi.
Durante las cuatro semanas que duró el torneo que vio
coronarse a la escuadra alemana como campeona del mundo por cuarta ocasión en
su historia, el futbolista argentino Lionel Messi fue el blanco de críticas de
propios y extraños debido a su baja de rendimiento futbolístico en cada partido
disputado por la selección de Argentina. Messi llegó a este torneo con la
etiqueta de ser el mejor jugador del mundo, con una infinidad de trofeos,
récords y reconocimientos futbolísticos a cuestas, por lo que alrededor del
mundo se esperaba que fuera Messi quien liderara al equipo albiceleste a
conseguir el campeonato a tan sólo unas cuantas millas de distancia de casa.
Con un Brasil desfondado y sin grandes competidores en su camino hacia la final
del torneo, Argentina se posicionó como un serio candidato al título a pesar de
que nunca demostró una gran solidez como equipo, ya que sus individualidades,
incluyendo al mismo Messi, siempre lograron sacarle adelante.
En los medios, se llegó a un punto de saturación en que no
se hablaba de Argentina como equipo ni de sus posibilidades
estratégicas/técnicas/tácticas como tal, sino de la dependencia que el equipo
tenía en relación con su número 10, con el virtuoso futbolista del Barcelona
quien, para colmo, respondió a las expectativas durante la primera fase,
anotando en los tres partidos del grupo los goles con los que el equipo se
clasificó de manera invicta a la segunda ronda del campeonato. Con este inicio
tan eficiente por parte de “La Pulga”,
se esperaba que Messi se convirtiera finalmente en su madurez en ese líder que
en los inicios de su carrera llevó a la albiceleste a coronarse como campeona
del torneo de los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008. Las condiciones estaban
dadas y Argentina parecía navegar en aguas tranquilas hacia el éxito deportivo
de la mano de su mejor futbolista desde la era de Maradona.
Sin embargo, durante el torneo se pudo notar que Messi nunca
se encontró a gusto dentro del terreno de juego. Lio, en Barcelona, es un
jugador eléctrico, que busca todas las pelotas, que se desgasta en el campo
intentando mostrar sus condiciones y que en muchas ocasiones no sólo se crea
sus propias opciones, sino que genera fútbol y hace jugar a los demás. Más aún,
Messi es un jugador que transmite su alegría dentro del campo, un futbolista
que se atreve a hacer no una, sino muchas “de más” con base en su talento, en
su depurada técnica y en su imaginación para driblar a los defensores, quedar
de frente a la portería y anotar magistralmente ante los porteros. Es un
jugador que más allá de su buen juego, transmite una emoción particular, quien
genera empatía con él como persona por su sonrisa, por su porte, por su mirada.
Messi, generalmente, se ve feliz al jugar a la pelota. Es como un pequeñín de
barrio con ropas y aditamentos para gente grande. Mientras más desarreglado se
ve, mejor parece jugar. Cuán lejos quedó esa imagen del Lio que vimos en Brasil
durante las últimas 4 semanas.
En el ambiente del fútbol, no sólo se genera empatía con
individuos, sino también con equipos o con causas. A nivel mundial, la fiebre
por lo que pudieran generar equipos como Colombia o Costa Rica durante el
presente campeonato se hizo patente. Se apoya al débil, al que parece
desprotegido, pero que con buenos argumentos se enfrenta y logra salir
victorioso ante esquemas tradicionalmente mejor desarrollados. Con un sentido
paternalista, el aficionado adopta a selecciones como éstas o a jugadores no
tan renombrados como James Rodríguez o Bryan Ruiz y los convierten en símbolos personales.
Se genera una empatía ante el menos favorecido, e incluso si dicho equipo o
dicho futbolista no consiguen salir victoriosos, la derrota se interioriza en
la audiencia. Se sufre con esos entes externos y lejanos, pero que a través del
buen desempeño mostrado en el campo y apreciados por medio de la pantalla, se
hacen propios. La simbiosis, generada con el talento y la esperanza, se
maximiza con el factor humano, con el sufrimiento ante la derrota.
Messi es un jugador que, por sí mismo, genera empatía. Sin
embargo, hoy, tras la frustrante derrota ante Alemania en la final del torneo, Messi,
más que la selección albiceleste en su totalidad, es el objeto de críticas, de
burlas, de enojo y de descarga emocional tanto de los aficionados como de la
prensa en Argentina, e incluso alrededor del mundo, no hay quien no se refiera
a Messi (que no al equipo argentino) como la mayor decepción del campeonato, al
nivel o incluso por encima de la trágica caída de Brasil. En estas circunstancias,
la lógica nos indicaría que un jugador que ha logrado conectar, crear ese
vínculo con el público, sería arropado por los suyos, y que la empatía generada
a través de varios años de éxito en el fútbol español e internacional le darían
un poco más de margen de error ante un posible fallo sin que la audiencia se
volcara con tal furia a destrozar su nombre y su amplio legado personal.
Gran parte esto se debe sin lugar a dudas al cambio de
actitud que el futbolista mostró durante el campeonato. Frío, sin expresiones
de alegría, sin correr a plenitud por cada balón dentro del campo de juego,
negándose a saludar a los niños previo a la ceremonia protocolaria, mostrándose
de cierta forma indiferente ante las críticas, con cierta arrogancia denotada
en el rostro durante las entrevistas y las conferencias de prensa, Messi
parecía más incómodo, frustrado, hastiado y desgastado que realmente contento
de verse en medio de un mundial de fútbol. Como ya hemos mencionado previamente,
Messi festejaba sus goles con una descarga de furia, más no con una sonrisa. El
mundial es para que los jugadores lo disfruten. Messi, por el contrario,
parecía odiar el tener que jugar un partido más cada día. Aquí vale la pena
preguntarnos, ¿Qué es lo que en realidad le pasó a Messi? ¿A qué se debió el
cambio tan drástico entre el artista que disfruta trazar su magia en el lienzo
verde y esa figura parca y sin ambición que recogió el premio al mejor
futbolista del torneo?
Messi ha tenido uno de los peores años de su vida. No futbolísticamente,
ya que su equipo, si bien no fue campeón de torneo alguno, llegó al
subcampeonato de la liga española, además de situarse como finalista en la Copa
del Rey de España, siendo igualmente finalista del presente campeonato mundial
de fútbol. Sin embargo, durante el año en curso, Messi se ha visto envuelto en diversos
problemas más allá de la cancha que sin duda han afectado su ánimo más que sus
condiciones futbolísticas, de los cuales poco o nada se ha hablado como
factores de su desempeño actual.
De entrada, apenas en noviembre pasado, Lio sufrió una
rotura muscular el en bíceps femoral de la pierna izquierda, lo que lo mantuvo
fuera de actividad durante varias semanas hasta febrero de 2014. Si bien se
recuperó, Lio jugó todo el resto de la temporada con los rezagos de las
cirugías a las que fue sometido, ya que su reaparición, planeada para principios
enero, se tuvo que extender hasta el mes de febrero debido a complicaciones en
la lesión. Mal empezó el año para Messi, quien desde este momento no tuvo
descanso con detalles que ciertamente fueron minando su ánimo. En principio, se
le imputó al futbolista el delito de evasión fiscal en España por 4.1
millones de Euros, caso que no se solucionó sino hasta mediados del mes de
junio, recién empezada la copa del mundo, cuando la fiscalía decidió archivar
el caso debido a que en apariencia Messi desconocía de buena fe los manejos que
se hacían con los recursos generados por su manejo imagen. A pesar de esto,
Messi tuvo que pagar una compensación de 33 millones de Euros al fisco español
para evitar mayores problemas relacionados con su nombre.
Molesto por lo extra-cancha y tras perder la final de la Copa
del Rey ante el Real Madrid, Messi se vio envuelto en un escándalo mediático luego
de que, a su llegada a Barcelona, un aficionado le increpara por su bajo
rendimiento futbolístico, a lo que Messi le contestó respondió “Andá
a trabajar, boludo”, situación que fue captada en video por un celular y
que se diseminó a través de medios establecidos y redes sociales, afectando la
imagen y la credibilidad del jugador. La explosión de Messi, sin duda no fue
espontánea, sino producto de los muchos reclamos que el público y la prensa de
Barcelona le hicieran por el mal rendimiento de un equipo que si bien venía
trabajando junto y ganando infinidad de campeonatos desde años atrás, durante
la actual temporada se vieron afectados por los cambios en la dirección técnica,
lesiones y la baja de ánimo causada por la enfermedad sufrida por el líder
moral del equipo y sucesor de Pep Guardiola, Tito Vilanova, quien tuviera que
dejar la dirección técnica del equipo días antes del inicio de la temporada
debido al agravamiento del cáncer de garganta que finalmente acabó con su vida
a finales de abril del presente año.
Con estos problemas a cuestas, se cuenta que seis días antes
del fallecimiento de Vilanova, Messi acudió a su domicilio para anunciarle su decisión
de partir al final de la temporada del club blaugrana. En la charla, Tito convenció
a Messi de quedarse en Cataluña haciéndole entender que no encontraría un lugar
mejor para desarrollarse como futbolista: “A
dónde vas a ir? ¿Al PSG?” Al siguiente día de la plática, Messi anotó en la
visita del Barcelona ante el Athletic de Bilbao, y con el consejo de su otrora
técnico, Messi decidió firmar una actualización de su contrato que lo une al
club hasta 2018 por alrededor de 22.5
millones de euros anuales más primas y que le permite tener injerencia
sobre ciertas decisiones relacionadas con patrocinios. Si bien la partida de
Messi no se dio, su inconformidad con el club, con la ciudad, con su entorno
cotidiano aunado al deceso de su mentor, al retiro del capitán Puyol, la
inminente salida de Xavi y la baja de juego de sus coequiperos españoles, han
hecho que Messi, como ser humano, no se sienta a gusto, que esté distraído, frustrado,
agobiado y, por ende, al no estar claras las cosas en su mente, que su
desempeño en el terreno de juego no sea el más apropiado. Bajo estas
circunstancias, ¿se podría esperar un buen desempeño del astro Argentino? Curiosamente,
los aficionados creen que sí, que Messi, a final de cuentas, es un profesional,
que al ser el mejor jugador del mundo, debería estar concentrado única y
exclusivamente en sus labores en el terreno de juego, total “para eso le pagan”,
“ya gana bastante bien como para que no juegue bien”, “es su obligación”. ¿Y la
empatía?
Como sociedad, muchas veces perdemos de vista los factores realmente
humanos que rodean a esos personajes míticos que se nos quieren vender. La
comercialización a gran escala nos vende los factores empáticos que resultan
efectivos en las estrategias comerciales. Se humaniza a Messi como embajador de
la UNICEF, abrazando a niños africanos en pobreza extrema; se nos presenta
siempre anunciando productos con estilo, con clase y con una sonrisa en los
anuncios de Pepsi, Sabritas, Herbalife, Adidas, Gillette, el videojuego oficial
de la FIFA, Dolce & Gabbana y Turkish Airlines. El carácter de Messi se
refleja como el jugador alegre, como el pequeñín de barrio, inocente, al que
todos quieren abrazar y felicitar por sus logros. Sin embargo, cuando
futbolísticamente este deportista falla, se le ataca, se le señala, se le exige
y (simbólicamente) se le crucifica por sus fallos, por no mostrar el carácter
cuando hay que mostrarlo, dejando de lado cualquier empatía con él mediante la
cual pudiéramos tratar de entender las circunstancias de Messi como lo haríamos
con cualquier otra persona, desde un punto de vista humano y no hacia un ser
que se nos presenta como alguien “superior”
Y entramos al segundo punto de análisis. Hoy nadie siente tristeza
ni se solidariza con Messi porque se le considera un jugador falto de
compromiso, alguien que no “siente los colores”, quien ha pasado tanto tiempo
viviendo como rey en España que el jugar con el representativo argentino no le
interesa, que se preocupa más por sus contratos con el club y con los
patrocinadores que por traer una alegría a la tan maltratada nación argentina,
cuyos compromisos son puramente comerciales, más no emocionales. La paradoja
es: ¿Y dónde queda el apoyo de los aficionados? Los argentinos apoyan a muerte
a su equipo en tanto este vaya bien. En temas futbolísticos, esto es aceptable
debido a que el aficionado actual tiene que ser exigente, tiene que pedir, al
menos, la mayor entrega y garra por parte de sus jugadores. Si el buen desempeño
futbolístico y los resultados se logran o no, se analizará después, pero lo
mínimo que se pide es que los jugadores muestren corazón y que suden la
playera.
En términos humanos, si no entendemos que Messi fue forzado
a jugar el mundial por temas de comercialización bajo una circunstancia en la
que él no estaba en su mejor forma ni quizá tenía la cabeza para jugar a la
pelota en estos momentos, caemos en un error. Y si se le exige tal nivel de
compromiso como a cualquier otro futbolista, aún bajo las condiciones expuestas
en el presente texto, las consecuencias humanas terminan por reventar al ser
humano que intenta hacer algo que quizá ni siquiera él entendía, porque sus
circunstancias psicosociales le rebasaron. Ningún trabajador puede rendir lo
mismo si el ambiente que le rodea no es el óptimo. Un contador que se está
divorciando y que tiene problemas para llegar a la quincena, con toda seguridad
tendrá muchos problemas para entregar los reportes ante un exigente jefe que le
pide el trabajo de hoy para ayer, no por falta de capacidad, sino porque su
cabeza está en otro lado. Es difícil concentrarse con las problemáticas
laborales si alrededor no hay sino un panorama negro y complejo. Messi, siendo
insultado por miles de personas día a día, frente a frente, en medios y en
redes sociales, teniendo que pagar 35 millones de Euros para que su padre
(quien maneja su situación fiscal) no vaya a dar a la cárcel, a disgusto con la
ciudad y la afición que él consideraba su hogar, lideró a Argentina a pasar hasta
los cuartos de final, donde después, desapareció. Al final del día, no podría
haber hecho un mejor mundial bajo la sombra que estaba jugando. Argentina llegó
a la final. Messi los puso ahí. 4 goles en tres partidos y una asistencia ante
Suiza. Cumplió de más en relación con lo que, como ser humano, se podría
esperar de él.
Messi, hoy, tiene que dejar de lado al fútbol, y por un
largo tiempo. Alejarse de Argentina y de Barcelona. Sus dos hogares han dejado
de serlo. No son seguros para él. Debe tomar un retiro en alguna isla, con
alguien con quien pueda charlar, alguien de su entera confianza; más que una
pareja, Messi necesita un mentor, un terapeuta que le ayude a rehabilitar su
alma, su esencia como persona antes que sus condiciones como futbolista. Messi
tiene mucho que dar y su revancha va a llegar. Pero no hoy, y quizá no el
próximo año. La Pulga hoy necesita
más que nunca un tiempo fuera de todo lo que implica la pelota para
estabilizarse emocionalmente, reencontrar el amor por el juego, por el fútbol
arte del que tan buen exponente es y comenzar desde cero a desarrollarse como
ser humano, como persona, a disfrutar de la vida lejos de los intereses
creados. Messi es un extraordinario artista del balón, un guerrero de élite en
el campo de juego, pero tiene la desgracia de haber sido instruido desde pequeño
a luchar como un mercenario: sin patria, sin sangre, sólo por su satisfacción
propia y por ganar beneficios para él y los suyos. Sin embargo, a diferencia de
representantes consolidados del fútbol mercenario que cambian de equipo cada
semestre y al mejor postor, tales como Balotelli o Zlatan, con Messi, más que
cambiar de bandera, él se ha dedicado a defender el ideal barcelonista desde el
inicio de su carrera. Sin embargo, cuando ese ideal se alejó de las filas del
barcelonismo, con la partida de Pep y el deceso de Tito, Messi se ha quedado
sin guía, sin un líder que guíe sus capacidades y que las lleve a buen puerto.
Messi
es un guerrero de élite, más no un capitán. Esto se vio
claramente en la charla motivacional para los tiempos extra de la final.
Fue Mascherano
quien habló fuerte, quien infundió coraje en sus compatriotas, quien
trató de
liderarlos a la victoria en las circunstancias más adversas. Pero que no
se malentienda. Messi aporta el talento. El no ser el líder del equipo
no es necesariamente malo. En España, el capitán no es un virtuoso, sino
Casillas y por saber dar ese rol de líder a alguien apropiado es que
salieron campeones del mundo y dos veces de Europa. En contraparte,
Portugal falló por darle la responsabilidad de líder a un egocéntrico
como Cristiano Ronaldo. Messi explota si
está rodeado de líderes talentosos y con carácter que sepan liderar,
motivar, conjuntarse y jugar
en equipo. Argentina no los tiene y los pocos que tenía, o los perdió
(Di María
y Agüero por gran parte del torneo) o se quedaron fuera por la necedad
del
técnico (Zanetti y Tévez, por nombrar un par). ¿Cómo se acoplaría Messi
en España
bajo la dirección de Del Bosque y arropado en el campo con Xabi Alonso,
Casillas, Sergio Ramos e incluso los barcelonistas que le han ayudado a
ganar
todo? Pongamos a Messi por un momento bajo las órdenes de Löw haciendo
equipo
con Müller, Schweinsteiger, Kroos, Neuer y Howdes, ya sea con una camisa
blanca
o con la roja de Munich bajo las órdenes de Pep. Existen jugadores que
ante
tales escenarios vendrían a menos y se verían opacados. Messi, por sus
características, se convertiría en el mejor jugador del mundo, tal y
como lo
logró durante varios años con el Barcelona. Hoy, ante el envejecimiento y
la circunstancial
decadencia blaugrana, Messi no tiene más cabida ahí, a menos que el club
sepa
reinventarse y encontrar en Luis Enrique al mentor que amalgame al
equipo y
haga volver a brillar a un virtuoso mercenario que, de batallas, sabe un
rato
largo.
Como corolario, una analogía: En la adaptación que se hizo
hace algunos años de ciertos pasajes de la Ilíada en la película Troya, Aquiles,
personificado por Brad Pitt, mantiene un diálogo breve con su primo Patroclo,
quien le reclama por su decisión de no marchar junto a los Mirmidones para
unirse al ejército de Agamenón y atacar la ciudad de Troya. Aquiles, molesto
por el ferviente deseo de Patroclo de involucrarse en la batalla, le reconviene
diciendo: “Te enseñé a pelear, más nunca te enseñé por qué pelear (...) ¿Por
quién pelearás cuando yo muera? Los soldados pelean por reyes que ni siquiera
conocen. Pelean cuando se les ordena pelar. Mueren cuando se les ordena morir.
No desperdicies tu vida siguiendo las órdenes de un tonto”. Esperemos que Messi
sepa a futuro deslindarse del gran tonto que
le otorgó el Balón de Oro en Brasil 2014, que se recupere física y mentalmente
de las lesiones del cuerpo y del espíritu que le aquejan y que se olvide por un
instante del fútbol para recordar lo que en verdad es el fútbol. Diviértete
Lio. La vida es corta y tu talento es grande. El fútbol arte está en tus pies.
















