lunes, 26 de octubre de 2015

La tumba de Clifford Jones


Clifford Jones… Sólo un nombre en una tumba que me atrajo sin motivo ni razón… Padre de nadie, hijo de nadie, amigo de nadie… Una lápida corroída sin epitafio, sin fechas, sin flores… Se parecía a mí en cierta forma.

Había adquirido la costumbre de visitar cada año el cementerio de St. Winston en la fecha en la que se cumplía un aniversario más de la formalización del término legal de mi matrimonio con mi antiguo esposo, Mike Hollins…

“Mike Hollins”… Qué nombre tan detestable… Pensar en ese nombre ya no me hacía recordar los momentos románticos de nuestros años en la Universidad de Oxford, ni la rosa color violeta en cuyos pétalos se encontraba el anillo de compromiso que me dio, ni nuestra luna de miel en Innsbruck, ni la forma tan apasionada con que en muchas ocasiones hicimos el amor…

No. Ahora ese nombre me recordaba únicamente su mirada colérica y sus manos ensangrentadas, arremetiendo una y otra vez en contra de mi cuello… mis gritos cada vez más elevados y la sombra de la lucha en que un par de vecinos sometían a Mike, misma imagen que apenas me fue imperceptible antes de perder el conocimiento en aquella fatídica tarde de diciembre.

Nadie en mi familia supo nunca sobre los abusos que Mike cometió conmigo durante los últimos dos años de nuestro matrimonio. Los golpes, los ultrajes, la tortura sicológica a la que me sometió ante mi imposibilidad de darle un hijo… Y de igual forma, nadie sabía de este ritual en que se habían convertido mis visitas anuales al cementerio en el aniversario de nuestra separación en busca de su tumba.

Sabía que los tres años de prisión a los que fue castigado y una orden de restricción bastante estricta nunca serían suficientes para calmar su odio ni para mantenerlo lejos de mi vida y obtener la tranquilidad de encontrarme finalmente libre de tan cruento demonio…De cierta forma, sentía la necesidad de asegurarme de su desaparición total antes de poder seguir con mi vida…

Era el sexto año después de haberme divorciado de Mike y luego de realizar mi recorrido tradicional de dos horas por todas las lápidas de un cementerio vacío, en una fecha en la que nadie visitaba a sus difuntos, finalmente acepté que sería un año más en que no tendría el placer de llorarle en su sepulcro, de golpear la tierra en que yacía y de dar vuelta a esa gris página de mi vida a la que invariablemente tenía que regresar de vez en vez para asegurarme de no cometer los mismos errores.


El reloj marcaba las once de la mañana, pero como en la mayoría de los días invernales en el condado de Queensland, las nubes cubrían el cielo sin dejar un sólo resquicio al asomo de un rayo de luz. Un cielo frío y gris previo a la fecha del Primer Adviento, a una celebración religiosa de mejores augurios, de un cambio positivo para el futuro… la analogía perfecta de mi vida.

La tumba de Clifford Jones era la última parada de mi visita antes de regresar a mi cotidianeidad; me incliné un poco a limpiar las hierbas secas que cubrían la lápida y alcancé a observar una leyenda casi imperceptible que estaba grabada en la base: “No llores por mí, regocíjate por mi muerte…”
-Vaya actitud ante la vida…- Pensé… –O ante la muerte…-

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en que algún día sería la compañera, no sólo de cementerio, sino de la suerte de Clifford Jones… Lejos de mi familia, de mis amigos, del futuro que nunca fue y que nunca sería… Sin hijos, sin esposo, sin un trabajo que me llenara, sin una vida plena…

Todo se suscitó muy rápido… Al sentir el estrépito con que golpeaban mi alma esas palabras tan poderosas escritas en la tumba de un completo desconocido con el cual sentía más empatía que con cualquier otro ser vivo en el mundo, no pude evitar derramar una lágrima al mismo tiempo que el cielo retumbó ante la caída de un rayo, el cual anunciaba que la lluvia no tardaría en caer.

La primera lágrima que derramé cayó directamente en la manga de mi suéter, el cual se empezó a derretir, como si se tratase de algún tipo de ácido corrosivo y penetró mi ropa hasta llegar a mi piel, quemándola y perforándola hasta dejar expuesta mi carne viva.

Sentí como si un fierro ardiente hubiera penetrado cada tejido de mi piel, ante lo cual yo grité e involuntariamente las lágrimas siguieron brotando de mis ojos. Para mi desgracia, las lágrimas no cayeron directamente hacia el suelo, sino que resbalaban por mis mejillas, produciendo el mismo efecto corrosivo directamente sobre la piel.

Dolor, desesperación, no entendía lo que sucedía, pero para ese momento la razón se había nublado casi por completo ante la abundancia de dolor. Gritaba frenéticamente al sentir cómo mi cara se derretía en el camino que dibujaban las lágrimas… Caí de rodillas frente a la lápida de Clifford Jones…

Otro rayó volvió a cimbrar el cementerio.

Repentinamente comenzó a caer una leve brisa que, al tocarme, hizo el mismo efecto que mis lágrimas, carcomiendo mi cabello, mi ropa y posteriormente mi piel; no era una lluvia pesada que pudiera acabar de estrépito con mi sufrimiento, sino una simple brisa con gotas casi imperceptibles que actuaban como un fino polvo de cristal que penetraba en mi ser, causando el mismo efecto que cientos de cuchillas introduciéndose por cada poro de mi piel. 

La brisa terminó de corroer mi ropa, dejándome semidesnuda, apenas con jirones de lo que alguna vez fueran ropajes estilizados, con mi instinto de preservación dictándome que intentara cubrirme pero sin tener ya forma de hacerlo. Enconchaba mi cuerpo, mis brazos parecían flotar rígidos en un intento por detener el martirio, aunque este intento fuera estéril… La muerte estaba cerca, pero no tanto como para poder abrazarla y entregarme a ella… Aún no…

Sabía que no podía escapar, sería inútil correr o seguir gritando… Me comenzaba a hacer a la idea de que debía soportar en ese lugar hasta que todo acabara… A pesar del dolor, sentí un poco de paz al saber que mi sufrimiento acabaría… Hasta que oí su voz…

Giré mi cabeza un poco y al voltear, vi la silueta de un hombre se encontraba de pié, detrás de mí, asiendo un taladro entre sus manos; la lluvia corrosiva que me estaba matando poco a poco parecía no causar el menor impacto en él. Ante la sorpresa, grité profundamente a la vez que caía de espaldas sobre la tumba de Clifford Jones. Miré hacia arriba y pude ver brevemente el rostro de mi acompañante. Mike estaba ahí.

Lo curioso fue que al verme, no le causé repulsión, sino que él sonrió.

-Siempre odié tus gritos… odiaba tus gritos durante el sexo, odiaba tus gritos al verte enojada, pero sobre todo he odiado los gritos que no pude acallar hace siete años, porque al escucharlos, entendí que lo nuestro había terminado.-

Mi mente estaba nublada, mis sentimientos eran una tempestad incontenible y de alguna parte de mi ser surgieron las únicas palabras que en ese momento podían tener algún sentido… –Mike… Por favor…-

Él me hizo mucho daño en vida, pero sabía que me amaba, siempre lo supe y por ello no puedo juzgar su último como algo negativo; tampoco como piedad o misericordia; sólo puedo entenderlo como amor de verdad.

Con gran prontitud, Mike puso la punta de su taladro en mi garganta y lo accionó diciendo las dos palabras que en algún momento me hicieron sentir la mujer más feliz del mundo… Yo sólo pude corresponderle de una forma… No grité… Sentí cómo el taladro ingresaba en mi piel. Fue un poco desesperante al principio porque percibía mucho dolor por el rompimiento de mis tejidos e incluso cuando el fierro comenzó a hacer contacto con los huesos de mi garganta, la vibración de mi cabeza me provocó mucho estrés, pero la mirada de Mike y sus brazos sujetándome actuaron como un catalizador entre la agonía y la paz. Pronto mi alma escapó, dejando el cuerpo mortal de Joanne Summers para volver a formar parte del todo estelar.

Hoy entiendo las palabras escritas en la tumba de Clifford Jones y me siento feliz al verlas cada vez que regreso a ese cementerio y veo mi lápida junto a la de él, lugar donde encontraron mi cuerpo inerte, tendido, intacto, completamente ataviado, con el cabello brillante y la piel pálida que siempre me caracterizó, sin señal alguna de violencia física ni de causa alguna de muerte que no fuera el agujero de un taladro en mi garganta.

Mis padres honraron mi memoria con la misma escritura del lugar de mi última morada. Quizá significara algo para mí…

“Joanne Summers… 1973-2011… Amada Hija, Inmejorable Amiga…”
 “No llores por mí, regocíjate por mi muerte…”

Escrito por César Adair Tinoco López