jueves, 10 de marzo de 2016

Pumas y el Fascismo comercial



Pumas y el Fascismo comercial

Momentos antes de abordar el avión que lo trasladaría a Tuxtla Gutiérrez para jugar un partido de copa ante los Jaguares de Chiapas, Tomás Boy, actual técnico del Cruz Azul, realizó una severa crítica a la costumbre que tiene el equipo de los Pumas de la UNAM de entonar el himno DEPORTIVO universitario antes del inicio de cada partido durante una ceremonia protocolaria la cual, de acuerdo con el club Pumas, “intenta crear una atmósfera de unión antes de los eventos deportivos”. 
 
De acuerdo con Tomás Boy, “Es incorrecto que el equipo tenga que esperar 10 minutos para que ellos (los Pumas) hagan un himno que, desde mi punto de vista, es fascista”. Era de esperarse que los aficionados del equipo (que no así la comunidad universitaria) incendiaran las redes sociales tachando el comentario de iletrado, fuera de contexto, grosero, inculto y hasta fascista per se. 



Sin embargo, hay que tomar el concepto utilizado por Tomás Boy con cautela y analizar las implicaciones reales que tiene de forma más profunda. Si bien es cierto que el fascismo fue un sistema fallido por el curso de la segunda guerra mundial y posteriormente aislado y criticado desde fuera durante el régimen franquista en España, bien vale la pena hurgar y tratar de entender las connotaciones posmodernas que presenta el fascismo en nuestro sistema económico y social dentro de la realidad mexicana de hoy en día. 

Para quienes interese el tema, empecemos por definir el Fascismo utilizando conceptos muy básicos. Leamos con cuidado y atención: 

De acuerdo con Wikipedia, “el proyecto político del fascismo es instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economía dirigista, mientras su base intelectual plantea la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o revanchistas, lo que conduce a la violencia (ya sea por parte de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen) contra aquellos que el Estado defina como enemigos mediante un eficaz aparato de propaganda; todo esto aunado a un componente social interclasista y una negación a ubicarse en el espectro político (izquierdas o derechas)”.

Desglosemos el párrafo anterior aplicando directamente cada segmento al club Pumas UNAM, utilizando un enfoque reduccionista con miras hacia la construcción del fenómeno en su amplitud, empezando el tema recordando la idea de que el equipo de fútbol de los Pumas de la UNAM no responde a los intereses de la Máxima Casa de Estudios del país, sino que es una asociación privada que por medio de un convenio de licencia tiene autorizado utilizar el nombre, el logo, los colores, el estadio y la base de seguidores de la UNAM para explotarlos comercialmente, generando contratos con patrocinadores (Banamex, Coca Cola, Nike, etc.) para obtener beneficios económicos que llegan a las arcas de la asociación privada, más no así para la propia universidad, quien recibe una cantidad mínima por el uso de los símbolos y las instalaciones universitarias. 



Una vez que entendemos que el equipo de Pumas NO REPRESENTA A LOS VALORES UNIVERSITARIOS, sino que es una EMPRESA PRIVADA que busca obtener beneficios económicos al explotar comercialmente una imagen, el camino hacia entender el uso de prácticas fascistas mercantiles por parte de los Pumas (así como lo hacen la mayoría de los equipos del fútbol mexicano) se va abriendo. En una economía de mercado donde la “competencia democrática” por la amplia oferta aparenta ser la vía, la búsqueda por la imposición de condiciones de una marca para ganar el mercado suele tomar tintes fascistas en diversas formas.

La definición antes propuesta sobre el Fascismo inicia con la idea de que “El proyecto político del fascismo es instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economía dirigista”. Pensemos por un momento en Coca Cola, una bebida la cual siendo un producto comestible, se ha convertido no sólo en un ícono de la cultura popular, sino que ha generado tal identificación que divide ideologías. Uno puede ser bebedor de Pepsi o de Coca Cola. Más aún, no sólo de Coca Cola, sino de toda su gama de productos. Hablando de su gama de productos, Coca Cola, como empresa, se ha ido adueñando de sectores de la industria y hecho alianzas comerciales que al identificar el capital amasado, la empresa bien podría colocarse en términos económicos por encima de la captación y distribución de recursos de muchas naciones. No está lejos el día en que Coca Cola adquiera un pedazo de tierra, promulgue una constitución e instaure el país Coca Cola.  

La marca se materializa en algo más que un producto, se convierte en un emporio económico que por su esencia, es parasitario. No se conforma con una parte del mercado, busca adquirir más y más y cada decisión que se toma es para un solo fin, para servir a un solo jefe, es una estructura piramidal por completo en donde quien paga tiene el control y cada decisión que se toma en los altos niveles es para generar más riqueza, sacar más ventaja económica sobre los competidores y posicionarse por encima de todos los demás, incluso fuera de su ámbito de competencia directa. 

Bajo esta lógica de mercado, en donde las prácticas competitivas de una empresa se basan en principio en un corporativismo totalitario que tiene como fin la imposición (posicionamiento) de un producto, de una ideología, y siendo que estas prácticas competitivas se manejan bajo la lógica de una economía dirigista con fines específicos, el llamar a una empresa que compite en el mercado neoliberal como Fascista no parece tan alejado de la realidad. Y si transferimos estos conceptos al caso de los Pumas de la UNAM, una asociación a la que ya hemos establecido como una empresa comercial privada y no como un equipo representativo estudiantil, las ideas aquí expuestas no sólo aplican al mismo, sino que son parte coyuntural de su esencia y que se vuelven incluso más perversas que en el caso de Coca Cola por lo que ante el público “representa” la UNAM. 

Coca Cola es una empresa privada a la cual llamarla fascista no parecería mayor pecado. Pensemos en el caso del Club América, el cual, perteneciendo a una empresa como Televisa, si alguien le acusara de realizar prácticas fascistas, no se generaría mayor revuelo debido a que comercialmente, su forma de actuar, de vender y de manejarse responde a las necesidades comerciales de su matriz, por lo que competir con herramientas fascistas en el régimen actual, no sólo es una opción, sino un elemento vital para su supervivencia. Sin embargo, al tratarse de LOS Pumas, se genera escozor en la sociedad porque todavía en el ilusorio imaginario colectivo, los Pumas representan a LA Universidad y asocian a sus símbolos con los valores universitarios: el conocimiento, la sabiduría, el progreso, la juventud, el futuro… Y en ese sentido, llamar fascista a uno de los símbolos (el himno deportivo) de una institución educativa en pro de los valores más puros del espíritu humano, es una aberración y es entendible el descontento social generado entre el vulgo inculto por el “insulto” que profirió Tomás Boy al tachar el himno de fascista. 



Sin embargo, lo que tanto los medios como los doctos en el tema intentan obviar en respuesta a los intereses de los grupos de poder que están detrás de Pumas y del fútbol mexicano, es el hecho de que Pumas NO ES la Universidad, no representa a la universidad en términos reales, es decir, no fomenta los valores de la máxima casa de estudios, sino que responde puramente a una cadena mercadológica creada por la FEMEXFUT en donde la lógica de tener a un equipo que use la bandera de “Estudiantil” es bastante redituable debido a que abarca a un amplio nicho de mercado (jóvenes indecisos y desubicados o chavorrucos en búsqueda de una identidad rebelde y contestataria) que otros equipos no ofrecen por sus características y que se ha vuelto con el paso de los años en una cantera, ya no de talentos, sino de recursos económicos para todos los actores involucrados en el sistema organizativo del fútbol mexicano e internacional. 

Siguiendo con la disección del fascismo, se dice que “su base intelectual plantea la sumisión de la razón a la voluntad y la acción”. En el ámbito del fútbol, las estrategias comerciales ya no apelan a si un equipo juega bien o mal (el espectáculo es lo que menos importa) sino al apego hacia los colores y la bandera. No se busca que el aficionado compre un boleto o una camisa con base en lo bien o mal que juegue el equipo, sino en la identificación arraigada que se tenga con él. “Los verdaderos aficionados están en las buenas y en las malas”. “Cómo no te voy a querer, si mi corazón azul es, y mi piel dorada, siempre te amaré”. Como ya he comentado en un ensayo previo, la estrategia es lograr que los aficionados actúen, que vayan al estadio voluntariosos a cantar, a gritar, a comprar cervezas, tortas, camisas, gorritos, cornetas, etc. No importa que el equipo pierda, toma la coca cola que patrocina al equipo, rehidrátate con Gatorade, compra los boletos en Ticket Master con tu tarjeta exclusiva Pumas Banamex… Actúa, consume, sé parte de nosotros adquiriendo lo que te damos, pero no cuestiones si el equipo va bien o va mal, porque los mejores aficionados “se mueren con la camiseta puesta”. 



Siguiendo en este orden de ideas, se dice que el fascismo “(aplica) un nacionalismo fuertemente identitario”. Las marcas (como Pumas o cualquier otro equipo del fútbol mexicano, para no abarcar más allá del presente caso) ya no sólo aspiran en este sistema neoliberal a vender productos, sino a lograr identificación y una vinculación más profunda con sus compradores. Que el aficionado “se la crea”. Hacerlos que se comprometan con la marca, ya sea por identificación (me gusta la marca), por miedo a la exclusión (si no me gusta la marca, me rechazan/me sacan del grupo) o incluso por ciertos niveles de coerción (los químicos de la Coca Cola generan tal adicción que físicamente me hacen regresar a comprar el producto por una necesidad física, de la misma forma que “El que no brinque es Güila” y si me ven con una camisa del Ame en la Rebel me rompen la madre). 

En este sentido, siguiendo con nuestra definición inicial, la generación de identidad en el fascismo implica “componentes victimistas o revanchistas, lo que conduce a la violencia contra aquellos que el Estado defina como enemigos mediante un eficaz aparato de propaganda”. No sólo verbalmente la gente de Pumas es adoctrinada para insultar a los rivales (Chivas = Birrias/Perras con cuernos; Águilas = Güilas, zopilotas; Celestes = Albañiles/chemos), sino que las mismas porras/barras tradicionales utilizan la violencia física contra los que no pertenecen a su grupo, y de ahí los conflictos que se generan en mayor o menor escala en cada partido entre Pumas y América, por nombrar un ejemplo. Si bien las broncas en las tribunas y afuera del estadio se generan de la nada, habría que esperar a ver lo que pasa si Darío Verón arenga a la tribuna para ir a golpear a los americanistas. No se utiliza, pero el poder de coerción y violencia está latente en todo momento entre la masa. “Defiende a los tuyos”. 



Lo curioso es que a niveles directivos, maquiavélicamente, a pesar de que la violencia es “reprobada” por las autoridades y aún cuando se busca promover “estadios seguros” en el fútbol mexicano, el componente violento siempre trae un “atractivo especial” a la ecuación. Se exaltan rivalidades creadas de la nada, se promueven los Clásicos para que haya más revuelo y que en la semana previa crezca la derrama económica (¿Desde cuándo un Pumas vs. Cruz Azul se volvió un Clásico?) y en general, aunque no se diga, el conflicto y la animadversión creada entre rivales forma parte de la ecuación en un negocio que se vuelve redondo. En otras palabras, se crean poderosos “enemigos comunes” mediante un aparato propagandístico para justificar el victimismo y hasta la violencia. Algunos utilizaron a los judíos, otros a los gitanos, otros a los negros, otros a los homosexuales… Pumas utiliza a los “Ames”. El fin práctico del posicionamiento de una ideología sobre otra es el mismo. 



Tristemente, y ya para ir cerrando el círculo de las prácticas fascistas en la mercadotecnia de los Pumas, la identificación del aficionado con el equipo juega un papel crucial para el posicionamiento de marca y ésta se ha logrado a través de la prostitución de los símbolos universitarios con fines comerciales, desde los valores de la UNAM como institución educativa que se utilizan como representativos inherentes al equipo de fútbol (aberración total), hasta el uso de símbolos y cantos como el Goya o el Himno Deportivo Universitario. Y aquí llegamos al tema del himno fascista. 

Por si no ha quedado aún claro, el himno como tal no es fascista y quizá la semántica no le ayudó en la declaración a Tomás Boy. Sin embargo, el uso del himno deportivo universitario en partidos de fútbol de un equipo que no representa a la UNAM y que prostituye a sus símbolos con fines de posicionamiento comerciales para ganar mercado y situarse como una empresa con preponderancia ante sus competidores, sí puede considerarse como una práctica inherentemente fascista en términos comerciales, ya que se utiliza un símbolo para adherir identidad a un producto, para que el aficionado, sin uso de razón y sólo apelando a la emoción y a la acción, se vuelva parte de algo que lo defina, rechazando a los demás, formando parte de la “Nación Puma” y dándole así beneficios económicos a una corporación cuyo objetivo es el posicionamiento totalitario en su expansivo nicho de mercado. 



La UNAM no es fascista. Las prácticas comerciales del equipo de fútbol que comercializa los símbolos de la UNAM tienden a serlo. Y el que se prostituyan mojigatamente los valores universitarios por unos pesos, como egresado de la UNAM, me molesta aún más que el comentario de Tomás Boy, a quien le agradezco poner en la palestra un tema del que no se comenta porque daña a los intereses comerciales de muchos, pero que al menos hoy, puede salir a la luz de este análisis.

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