Un desmadre
organizado
Ha llegado el
receso tras concluir los octavos de final y con ello, tenemos un respiro para reflexionar sobre lo que está pasando en este campeonato mundial de fútbol. Ya México ha
regresado junto con los otros eternos aspirantes, mientras que los candidatos serios
se han quedado al menos una semana más en Brasil para enfrentarse a los
verdaderos competidores que sueñan con asirse a la oportunidad de colarse al
Olimpo futbolístico. Sin embargo, cabe preguntarnos en este punto, ¿qué nos ha
dejado al momento la copa?
Poco antes de iniciar
el torneo, el músico de rock mexicano Alejandro Lora envió un comunicado a los
medios en el que pedía que no se utilizara la palabra TRI para referirse al
seleccionado mexicano de fútbol, situación que causó la burla de muchos aficionados
y el descontento de las empresas que comercializaban con dicho término, debido
a que Lora amenazaba con ejercer acciones legales ante quienes utilizaran el nombre
de su banda de música en campañas publicitarias bajo el argumento de que el rockero cuenta
con los derechos legales de la marca ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial. Alex Lora, otrora artista contestatario y de contracultura
confirma simplemente su asimilación a un sistema en el que si bien,
legítimamente reclama sus derechos, también nos hace ver que en el ocaso de su
carrera los intereses económicos permean más que su espíritu de lucha.
¿Por qué empezamos
con éste análisis fuera de lo futbolístico? Pues bien: en sus épocas doradas,
durante el mítico concierto realizado por el Tri® de México en la prisión de
Santa Martha Acatitla, Alex profirió uno de sus gritos más emblemáticos al
referirse al concierto como un “Desmadre organizado”. A reserva de que el Rockero de México nos pida regalías por
utilizar su frase, el presente texto utiliza este título debido a
que no existe una mejor forma de definir lo que ha pasado en Brasil durante el
mundial de fútbol.
Tocando un poco temas
de política y sociales en Brasil, no podemos olvidar que antes y durante la
competencia, el grueso de la sociedad ha mostrado un decidido descontento con
la organización del evento. Protestas, huelgas, amotinamientos, violencia en
las calles, incluso muertes... en fin. El gobierno de Dilma Rousseff se vio rebasado en muchos
aspectos ante las legítimas quejas de su pueblo, el cual esperaba asistir a una
fiesta más no tener que pagar un altísimo costo económico y social por la celebración
de otros. La construcción inconclusa de ostentosos estadios que serán
inservibles si no desvalijados al término del torneo, junto con los cambios en
la política interna de Brasil para permitir la organización del evento y las
miles de personas que han sido desplazadas y que han visto su vida cotidiana
cambiar para siempre tras la copa del mundo son sólo algunos de los efectos que
el mundial dejará como legado a los cariocas. Los ciudadanos brasileños piden una mayor atención a servicios, mejor educación, mejores transportes y más hospitales antes que ver rodar la pelota. A pesar de que las protestas se
han aminorado durante el desarrollo del torneo, el descontento sigue ahí y se
ha hecho patente a lo largo y ancho del orbe, tanto hacia las autoridades en
Brasil como hacia el organismo organizador del torneo, la Federación
Internacional de Fútbol Asociado.
En este sentido, hace
algunos días salió a la luz un polémico video que se ha vuelto viral alrededor
del mundo en el cual el comediante británico John Oliver, durante su programa
en HBO Last Week Tonight, desnuda
ciertas usanzas cuestionables del organismo rector del fútbol internacional,
haciendo énfasis en las prácticas neoliberales y la corrupción que existe tanto
dentro como a los alrededores de la FIFA. Desde la evasión fiscal en la que
incurre la organización de la copa del mundo ante las autoridades brasileñas, pasando por la
intervención directa que tiene la FIFA en temas de política local para
privilegiar intereses comerciales, y hasta exhibiendo la actitud incongruente,
misógina y prepotente de los máximos dirigentes del organismo, John Oliver hace
una crítica muy mordaz tanto a la FIFA como a quienes siguen sus eventos
(incluyéndose él mismo). ¿Por qué, si sabemos que la FIFA es una institución
corrupta y sin escrúpulos, seguimos pegados al televisor y asistiendo a los
estadios donde se realizan partidos de fútbol organizados por ellos? Para John
Oliver, la respuesta más contundente sale de los labios de una aficionada que simple
y llanamente manifiesta que para ella y su pueblo, el fútbol es simplemente una
religión.
Con Brasil siendo
un caldo de cultivo del caos social y la FIFA desplegando la bandera de la
corrupción y el despotismo neoliberal de sus funcionarios, bien podemos
discernir que la organización del torneo es precisamente, como dice Lora, un
desmadre organizado. Sin embargo, a pesar de lo negativo que puede resultar ese
desmadre en temas políticos y
sociales, curiosamente la terrible organización logística de Brasil 2014 ha
coincidido con el éxtasis futbolístico que ha dejado la competencia en sí, ya que
el torneo ha dejado exhibiciones deportivas brillantes durante los 56 partidos
que se han jugado hasta el momento de una forma que hace 16 años no se
presentaban. Como latinos, y en particular como mexicanos, sabemos que a veces las
fiestas más caóticas, improvisadas y hasta peligrosas son las que se tornan en
las más divertidas y legendarias, situación que sin duda está ocurriendo en
estos momentos en Brasil.
Desde Francia 98,
los mundiales han sido mezquinos en cuanto a calidad futbolística. El campeonato
organizado por Corea del Sur y Japón en 2002 sin lugar a dudas ha sido uno de
los mejores organizados debido a las impecables condiciones logísticas
ofrecidas por ambos países. El despliegue tecnológico y las condiciones
económicas mostradas por las potencias asiáticas nos dejaron ver el poderío de
ambas naciones, aunque en lo deportivo, el campeonato ganado por Brasil fue muy
deslucido ante la presencia de un fútbol especulativo que dejó una mayoría de
encuentros definidos por la mínima diferencia junto con un equipo coreano cuyo
logro de llegar a las semifinales se vio a todas luces empañado por la sombra
del amañamiento de partidos al vencer a Italia y España con una clara ayuda de
los árbitros. En 2006, el mundial de Alemania, igualmente impecable en lo
administrativo, fue un campeonato gris en el que los esquemas defensivos
dominaron, tanto que fue el Catenaccio
italiano el que terminó levantando el trofeo en una competencia que solamente
un Zidane de 34 años le dio un poco de emoción. La fórmula de mucha defensa y
pocos goles se repitió nuevamente en un Sudáfrica 2010 que si bien tuvo
igualmente muchísimos problemas de organización al igual que ocurre actualmente
en Brasil, el fútbol se presentó en muy poca medida, apenas adornado gracias a
la aparición de un España que por el hecho de tocar el balón un poco más que
los demás le hizo merecedor digno al campeonato. Tan pobres han sido los
3 más recientes mundiales que mediáticamente se tuvieron que buscar distractores más allá de la cancha que
hicieran memorables los eventos, tales como el Pulpo Paul o las Bubuzelas,
elementos que han faltado en Brasil debido a la gran calidad de juego que se ha
presentado. Hoy se puede ver un buen fútbol, hay materia prima de donde cortar
y por ello los distractores han sido inexistentes al grado que incluso las
protestas (aunque momentáneamente) se han acallado.
Hoy en día,
italianos y españoles, los dos más recientes campeones, están fuera del torneo
porque el fútbol poquitero que los llevó a la gloria hace ocho y cuatro años
respectivamente no pudo competir con el alegre desenvolvimiento de un fútbol
ofensivo y desenfadado que busca el arco rival con buenas combinaciones y con
el corazón por delante. Hoy en día, Costa Rica, Colombia, Bélgica e incluso
Argelia, Chile y Nigeria han sacado la cara por ese fútbol alegre que tanto
hizo falta en mundiales pasados. Inglaterra, España e Italia se han marchado
porque sus futbolistas no muestran hambre de triunfo. Acostumbrados a jugar en
altos niveles competitivos, su desidia ante la defensa de la nación, de un bien
común, se ha hecho evidente. Estos países parecen predicar un neoliberalismo
futbolístico bien cobijado por la bandera de la FIFA. Afortunadamente, esos
equipos están fuera para dejar su lugar a quienes vienen a competir con sed de victoria,
con jugadores que quizá vienen buscando posicionarse en el mercado global de
piernas, pero que con sus exhibiciones y su temperamento nos han regalado una
competencia alegre y ofensiva de alto nivel.
Costa Rica puso el
desorden ganándole a dos históricos. Colombia no vio rival ni en su grupo ni
ante Uruguay debido a su poderosa ofensiva y su elocuente cuadro defensivo. Chile
llevó hasta el extremo a un Brasil deprimente cuya máxima figura es demasiado
mediática y poco generosa con el espectáculo, al igual que ineficiente. Nigeria
y Argelia llevaron al extremo a galos y teutones en una lucha que se volvió de
iguales. Nigeria, con la potencia del África negra sumada a un buen orden táctico
a pesar de ciertas carencias técnicas hizo sufrir a un cuadro francés que
intentó por todos lados hasta que la anotación cayó en los momentos postreros del
encuentro, mientras que la escuadra argelina puso en serios problemas a unos
alemanes, que no sólo tuvieron que emplearse a fondo hasta el tiempo extra,
sino que se vieron en apuros ante la ofensiva poco convencional de los
africanos.
Dejamos la mención
de Bélgica hasta el final debido a que más que hablar de su victoria ante los
Estados Unidos, el análisis va en relación a la amenaza que representa este
conjunto ante una escuadra argentina cuyo único argumento futbolístico es su
jugador número 10, quien tiene deseos de sobresalir con la selección después de
ganarlo todo en instancias de clubes. Messi intenta simular al Maradona
solitario del 86 que llevó a un equipo mediano al campeonato, pasando,
curiosamente, por la aduana belga en instancias definitorias. Messi se ve
triste, solo, incluso hasta desmotivado. Sus goles hacen explotar su coraje,
más no su alegría. Bélgica, distinta, está llena de jugadores que colaboran, que basan su fuerza en la unión. Si Messi encuentra socios el fin de semana, podrá pensar en emular al Diego. De otra forma, Bélgica podría protagonizar una semifinal de "tierras bajas" ante su vecino país tulipán.
En contraste con Argentina, otro equipo del cono sur, la desenfadada Colombia, se ve unida, fuerte,
con talento y determinación en la cancha, liderados por un James y un Cuadrado motivados, contentos, que han reventado cada esquema futbolístico de los que han tenido enfrente. Colombia se ha posicionado como la verdadera candidata a liquidar a los cariocas en casa, por lo que no sería de extrañar que esta versión de la escuadra cafetalera diera el golpe de gracia a un Brasil desencajado, pretencioso, que busca excusas en vez de presentar soluciones, con futbolistas arrogantes que ya han caído en el discurso de ganar como sea antes que predicar el jogo bonito.
Finalizando con los partidos de cuartos, en otra arena, alemanes
y franceses se disputarán un lugar en semifinales en lo que se antoja como un
duelo épico entre dos potencias históricas en todos sentidos. Nadie se quejará sea quien sea que avance a la siguiente fase. Müller o Benzemá; Özil o Pogbá; Valbuena o Schürrle. Ambos cuadros han jugado a un alto nivel. Se extrañará al que tenga que quedar fuera. Y para terminar, el enigma queda
entre tulipanes y ticos, debido a que el mal partido de los primeros ante
México abre la posibilidad para que la cenicienta del torneo siga su camino
hacia la zapatilla de cristal. Holanda quizá no merecería estar en esta instancia, pero ante México contaron con cierto nivel de fortuna. Y eso es algo que necesitan los campeones. Costa Rica está de fiesta. Su selección ya es un orgullo nacional. Si regresan este sábado a San José, igual habrá fiesta de una semana para los héroes. Pero a este paso, que no nos extrañe que el quinto partido se convierta en séptimo. Fiesta tica para todo el año.
Al llegar a
instancias definitorias, los equipos ajustarán más sus aparatos defensivos
debido a que el torneo ya es más serio, no hay lugar para equivocaciones. Sin
embargo, lo que da gusto es que los futbolistas sigan con la determinación de
entregarse y luchar hasta el último segundo, con carácter, con pasión, peleando
cada pelota, con una mentalidad ofensiva, buscando el arco rival en todo
momento, sin especular, sin ser mezquinos, sin defender a ultranza salvo cuando
ya no queda más, e incluso esas defensas estóicas son memorables debido a que más que estrategia, se vuelven una necesidad ante los desesperados embates de los rivales. Vaya copa que estamos viendo. Este mundial nos ha dejado pocos marcadores de cero a cero,
más esos marcadores han sido memorables. Los empates han valido la pena, desde
el México-Brasil, pasando por el Portugal-Estados Unidos, el Alemania-Ghana, el
Japón-Grecia, el Nigeria-Irán, incluso el Ecuador-Francia, todos ellos empates
en primera ronda que nos dejaron con un “Gracias” marcado en el corazón para
quienes nos gusta el fútbol. Son partidos para guardar en el baúl y volver a
verlos una y otra vez. Aunque falte la técnica o la táctica, el corazón de cada
jugador, de cada equipo, es de admirarse.
Lo que pasó en
octavos de final ha sido apoteósico. Salvo la definición del Colombia-Uruguay
que se dio desde antes de iniciar los 90 minutos con la expulsión del torneo de
Luis Suárez, los demás partidos han sido vibrantes, aunque con un poco más de
emoción que de buen fútbol. Pero la entrega está ahí. Y ojalá que esa
determinación siga adelante hacia los últimos 8 partidos que quedan por jugarse
en tierras amazónicas. Es una gran fiesta en la cancha, aun cuando la fiesta brasileña
que se nos prometió, nunca llegó ni llegará a las tribunas. Fuera del mundial
se ha quedado el Carnaval debido a que el acceso a los estadios no es para el
vulgo, con boletos apenas costeables por la clase media-alta. En las arenas, el
mundial de la FIFA es un evento para ricos. Y no necesitamos estadísticas ni
listas de precios para apreciarlo. Quien haya visto alguna vez las tribunas de
Sao Paulo, de Botafogo, de Fluminense, de Palmeiras, con la Torcida brasileira y sus cánticos, su
pasión y sus fuegos artificiales, entenderá que la afición brasileña futbolera de
corazón no es la que se pone la verde-amarela y asiste a gritar los goles e incluso abuchear a su equipo en el estadio. Podrán ser pintorescos, más no son los verdaderos aficionados, los que hacen un infierno de las visitas de los equipos rivales, esa afición legendaria que hace temblar a propios y extraños. La copa no es de Brasil. No se siente
brasileña y muy posiblemente no lo será ni en la tribuna ni en la cancha.
El hecho de que en
2014 el campeonato mundial de fútbol se haya celebrado en Brasil quedará únicamente
en el nombre. Más no en la emoción. Ni siquiera con un distintivo. Más allá del
extraordinario fútbol en el terreno de juego, Francia 98 nos dejó muy buen
fútbol y una canción imborrable; Corea y Japón, fríos, nos dejaron a los corruptos
árbitros y la promesa de Ronaldinho y un renaciente Brasil; Alemania nos legó un
épico Italia-Alemania en semifinales junto con el resurgimiento y la caída de Zidane; Sudáfrica nos dejó el distintivo de las bubuzelas, el manotazo de
Luis Suárez y el Pulpo Paul. Quizá el peor mundial jugado en los últimos
tiempos. Brasil, para bien o para mal, nos ha dejado, al momento, sólo buen
fútbol. Problemas logísticos, económicos y políticos. La mordida de Suárez. Y
nada más. Para quienes nos gusta el deporte, agradecemos lo que ha ocurrido en
la cancha. El espectáculo se ha quedado ahí. Ojalá el desarrollo de la copa
siga en buen camino y que lo extradeportivo no rebase a las grandes
demostraciones de los equipos. Cuartos de final a la vista. Cuatro latinoamericanos
contra cuatro europeos. Que comience la batalla final por la copa.







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