martes, 8 de julio de 2014

La caída de Brasil: el comercio mató al arte


La caída de Brasil: el comercio mató al arte

El fútbol, tal como muchas de las actividades en las que se invocan las pasiones más profundas del espíritu humano, tiene definitivamente muchos tintes de arte, o al menos en diversas instancias pude llegar a serlo; por su parte, el campeonato mundial de fútbol, más allá de ser disputado por potenciales artistas del balón, no deja de ser, en principio, un espectáculo masivo. Al introducir esta diferenciación, podemos empezar a trazar el hecho de que la dicotomía entre lo artístico y lo comercial puede observarse bajo muchas aristas del evento que hoy en día está a punto de llegar a su conclusión. Y no se trata de decir que ser comercial y rentable es malo en sí; por el contrario, la generación de recursos y la activación de un sector económico que llega a su nivel pico cada cuatro años debe tomarse como un serio caso de estudio debido al impacto socioeconómico y cultural que genera en determinados núcleos sociales, tanto a nivel micro como macroeconómico. Sin embargo, lo que cabe analizar, y lo que debemos entender es que el arte y los espectáculos comerciales responden a diferentes lógicas a las que bien valdría echar un vistazo.

Empezaremos este texto hablando puramente de fútbol: la primera ronda y los octavos de final del presente campeonato mundial de fútbol trajeron consigo portentosas exhibiciones deportivas, en las que la entrega, el desgaste, la lucha, la competitividad y el deseo de ganar se vieron adornados por el virtuosismo de jugadores que llegaron a las canchas de Brasil para divertirse, para relajarse y demostrar las habilidades que poseen para manejar una pelota con los pies sobre un campo de juego. Desde el vuelo de Van Persie para comenzar la catástrofe española, pasando por las pinceladas del colombiano James Rodríguez en cada partido que disputó, los detalles técnicos del marfileño Gervinho, el fútbol asociación del equipo ghanés que nos regaló una de las mejores anotaciones de la copa ante los Estados Unidos, el magistral toque de bola de Messi, las atajadas de Ochoa, Howard, Navas y Neuer, el poderío de Müller en fase de grupos junto con el estético gol de taquito de Schürrle ante Argelia, sin olvidar las brillantes demostraciones de franceses, belgas, nigerianos, griegos, chilenos y costarricenses quienes con más corazón que técnica dieron pelea hasta el último suspiro con disparos a los postes, obligando a los equipos “grandes” a emplearse a fondo para acceder a las instancias definitivas en que se encuentran ahora.

Hoy se dice que Brasil 2014 será recordado como una de los mejores copas del mundo de la historia, en gran parte debido a que, por algunos momentos, el fútbol arte, ese que genera sentimientos, pasiones y que evoca nuestros instintos más primarios, se hizo presente a diario durante al menos un par de semanas a lo largo y ancho de los estadios amazónicos. Igual que un sueño, las primeras dos semanas de Brasil 2014 quedarán en un sublime campo etéreo, en el imaginario colectivo como el ejemplo de lo que debe ser un torneo de fútbol, llámese torneo local, liga de campeones, La Liga de España, la Premier de Inglaterra o el torneo de los barrios. Donde sea, el fútbol se juega, en principio, para que sean los mismos jugadores quienes se diviertan. Es una fiesta para ellos. El hecho de que la gente los siga, de que se genere una afición y de que sucesivamente se creen intereses comerciales alrededor del espectáculo, queda todo en segundo plano. Lo que nos debe quedar como enseñanza es que no importa tu nacionalidad, tu nivel socioeconómico, tu historia, tu raza, tu color de piel, tu filiación política, mucho menos tu religión. Lo que vale, lo que cuenta al entrar a un terreno de juego es simplemente salir a hacer lo que te gusta, a tratar de ganar partiendo de un deseo personal de demostrar que tus habilidades son las mejores y que puedes guiar con tu energía a un conjunto de voluntades para lograr un bien común en una actividad tan noble como lo es (en su forma pura) el fútbol. En ese sentido, lo acontecido en Brasil 2014 es un ejemplo para el futuro sobre cómo debe ser apreciado y entendido este deporte. Un catalizador de emociones, de esteticismo, de virtuosismo y de amor por lo que se hace: el arte del fútbol.

Sí, el campeonato jugado en Brasil ha sido una de las mejores exhibiciones deportivas en la historia del fútbol mundial. Sn embargo, hay que tener cuidado con la lectura que se hace de los sentimientos que el espectáculo genera (o que pretende generar) hacia las masas, ya que es en los detalles de la organización que se pueden manipular las tendencias y la percepción que se tiene, no sólo del espectáculo en sí, sino de la sociedad misma a raíz de los intereses creados alrededor de un evento de esta magnitud.

Para empezar, hoy, tras la catastrófica derrota de Brasil ante la escuadra alemana, las cadenas televisivas y las redes sociales nos han mostrado el llanto desconsolado de niños, mujeres, y hombres por igual; sin importar credo o estatus social, se nos muestra a un Brasil herido, desencajado, vulnerable. Muchos dirán que el llanto y la zozobra han aparecido con justificada razón; por mi parte, yo no veo justificación alguna para tan exageradas expresiones de desazón, y la razón es muy simple: Brasil nunca jugó bien al fútbol. Su máxima demostración de poderío se dio ante una escuadra camerunesa que perdió cada partido del torneo que disputó y que incluso ha sido acusada (curiosamente) por el diario alemán Der Spiegel de haber arreglado sus partidos del torneo para beneficiarse en temas de apuestas. 

Tanto futbolística como comercialmente, Brasil dio total protagonismo a Neymar, dejando fuera, no del campo, sino del torneo, a figuras de la talla de Kaká, Robinho y el mismo Ronaldinho Gaucho, quienes a pesar de haber sufrido bajas de juego durante los últimos cuatro años, en la actualidad se encontraban nuevamente a punto para defender a la canarinha en este torneo, situación que no se dio a final de cuentas debido a que el entrenador brasileño, Luis Felipe Scolari, decidió dejarlos fuera de la convocatoria sin mayores explicaciones. Durante el partido inaugural, las cámaras enfocaron en las tribunas a Kaká, el gran ausente del campeonato para Brasil. ¿Podría Kaká haber nivelado el barco brasileño para que Brasil jugara como el Brasil al que estamos acostumbrados? Bajo las órdenes de Scolari, quizá no, pero la contribución de su talento seguramente pudiera haberse hecho notar. Sea como sea, la controversia se genera debido a que, en primera instancia, su presencia hubiera puesto mucha presión sobre Neymar, quien, de no desempeñarse bien dentro del terreno de juego, hubiera tenido a un claro sustituto en el banquillo de suplentes. ¿No sería ésta una buena opción para Scolari en el caso de que Neymar fallara en el terreno o que, como al final sucedió, se lesionara teniendo que abandonar no sólo un partido sino el torneo en general? Muy posiblemente sí. Sin embargo, rascando un poco en las entrañas comerciales del caso, Brasil, patrocinado ampliamente por Nike, con Neymar como la estrella de los anuncios de la marca de la palomita, no podía permitir que un Kaká con afiliaciones Adidistas robara siquiera un poco de la atención hacia la plétora de jugadores financiados por Nike que representaron a Brasil durante el presente torneo. ¿Acaso pudieron los intereses comerciales afectar el esquema táctico futbolístico para que no se presentara la mejor versión de Brasil que pudiera haberse puesto sobre el terreno de juego? Este tema nos da mucho a qué pensar.

Las líneas arriba expuestas sobre el caso de Brasil nos abren la puerta para profundizar en un par de aspectos relacionados con el desarrollo del campeonato: en primera instancia, las lágrimas agónicas y desencajadas de la afición de Brasil atraen nuestra atención el elemento trágico que ha permeado en las rondas definitorias, tanto en el público como en el mismo campo de juego, especialmente  a partir de los cuartos de final. Brasil sufrió de más en cuartos debido a su arrogante carencia de talento futbolístico y la dependencia de chispazos de sus defensores centrales ante una alegre Colombia que desde el minuto 1 de juego salió a matar o morir en el partido, como debe ser un partido de fútbol en estas instancias. A pesar de que el resultado no les favoreció, la entrega de Cuadrado y James Rodríguez tiene más mérito que el marcador que hizo avanzar a Brasil a semifinales. En particular, los dribles de James y la lucha física de un intempestivo Cuadrado están más frescos en la memoria que el primer gol de Brasil. En otros escenarios, Argentina tuvo un gol y un partido para dormir, con un Bélgica que nunca entendió que estaba jugando el quinto partido de un mundial; Alemania se vio neutralizada por un equipo francés ordenado que mató por sí solo el partido, sin dejar atacar a los alemanes, pero sin crear peligro ante Neuer ellos mismos salvo en la portentosa atajada del germano quien destruyó el disparo final de Benzemá junto con las ilusiones del pueblo francés. Finalmente, Holanda no jugó a nada frente a Costa Rica, bien pudo perder en tiempos extra y nadie los extrañaría.

Los partidos de cuartos de final se tornaron en las típicas tragedias griegas en donde el fútbol espectáculo y el arte quedaron de lado para dejar paso al fútbol mercenario, al resultadismo, al ganar como sea del que ya hemos hablado en otras ocasiones. Neymar mismo, antes del partido que lo dejase fuera del mundial ante Colombia, llegó a mencionar que a él no importaba dar espectáculo, sino ganar al menos medio gol a cero. Con esa mentalidad tan mediocre y viciada por parte de la estrella del equipo brasileño, poco se podía esperar de ellos en el torneo. Sin embargo, hay elementos curiosos dentro de estas tragedias: 1) como mencionamos al inicio, una pieza de arte y un espectáculo masivo responden a distintos sistemas de valores. Mientras que el arte es subjetivo y carece de valuación económica, los espectáculos creados en pro de intereses comerciales están destinados a buscar puntos de encuentro para su público. En este sentido, una de las fórmulas más probadas para amalgamar voluntades es sin duda alguna generar, no un bien, sino un mal común. Si pensamos por un segundo en las películas y en las series de televisión con mayor éxito, incluyendo en el caso mexicano las telenovelas, son aquellos productos con mayor conflicto, con mayor drama, los que unen más a la audiencia, los que generan mayor expectación y mayor rating.

En el caso del mundial, al llegar las instancias definitivas, es cierto que la “paridad” (salvo por Brasil) en el nivel futbolístico y el deseo de ganar obligan a los equipos a cerrar filas y ocuparse más de tareas defensivas que del ataque en un intento por asegurar la posible victoria. Por esta razón, los partidos se van al extremo, al final del partido con diferencias mínimas o incluso con empates que obligan a las definiciones por tiros de penal. Pero cabe preguntarnos si es esto un resultado plenamente futbolístico o si es un esquema preparado para captar y asegurar la atención de la audiencia ante una sabida carencia de espectáculo, de fútbol arte. Cuando juegan 32 equipos, la audiencia multinacional está asegurada debido a que cada país está al pendiente de su equipo, razón por la cual los jugadores son libres de salir a matarse dentro del terreno de juego con entusiasmo y jugando bien a la pelota. Sin embargo, cuando quedan 4 equipos que pueden resultar hasta cierto punto extraños para la audiencia a nivel mundial, el espectáculo ha de ofrecer un plus, y el dramatismo y la tragedia ofrecen ese valor agregado para evitar la dispersión del público en las rondas finales. Sea por motivos puramente futbolísticos o respondiendo a un plan comercial, el elemento dramático está ahí. Y funciona.

Tal y como lo experimentamos año con año en el fútbol mexicano, lo importante no son las 17 fechas del torneo local en el que todos juegan contra todos, sino que lo “emocionante” es que tu equipo llegue a la liguilla para que puedas apoyar a los que llegan, incluso si no es tu equipo, y estar pendiente de los resultados por el morbo de ver quién sale campeón, pero más aún de quién es derrotado, ya que de ellos te podrás burlar por los siguientes seis meses (o 16 años, como en el caso del Cruz Azul). Incluso los partidos en la lucha por no descender generan una expectativa igual o mayor a los juegos de la liguilla por el título. Es el drama, el morbo de la potencial tragedia lo que nos atrae. Vemos las carreras de autos, no esperando a ver quién obtiene la victoria o por un buen rebase, sino con el deseo de que alguien choque para que podamos jalar el aire como si estuviéramos degustando algún tipo de comida picante. Quienes van a los toros, no lo hacen por el “arte”, ni siquiera por el morbo de ver morir al toro, sino que internamente el morbo se genera con el deseo de que el torero sea cornado para ver la sangre de otro ser humano brotar y verdaderamente debatirse entre la vida y la muerte. Y no sólo como mexicanos, sino que en muchos lugares del orbe, los seres humanos responden de forma similar a ese tipo de estímulos. Y es para ellos que se dirigen este tipo de espectáculos, con sus correspondientes provisiones y sin apelar a la brutalidad del circo romano, pero con sus debidas reservas, en principio de cuentas, el esquema de las fases finales de los torneos de fútbol tienen el elemento del drama como principal activo para atraer la atención de gente que no entiende por qué se acerca, sino que, como moscas a la lámpara, simplemente se ven atraídas. Lo que importa menos para este tipo de torneos de rondas definitorias, irónicamente, es el fútbol.

Es aquí donde caemos en el siguiente nivel de análisis: 2) en un detalle muy curioso, durante el transcurso de la copa se han presentado infinidad de casos en que las cámaras toman a los aficionados de algún equipo que vaya perdiendo o que esté empatando agónicamente sobre el terreno de juego. En la mayoría de los casos, las tomas se centran en aficionados que muestran caras de preocupación o sufrimiento ante lo que pasa en el campo, más cuando las cámaras les enfocan y se dan cuenta de que aparecen en la pantalla del estadio, una explosión de júbilo se apodera de ellos, motivándolos a sonreír, saltar y gritar con la mayor alegría posible por salir en la televisión. ¿Y el sufrimiento? Psicológicamente, si existe un nivel profundo de preocupación ante una situación o un hecho con el cual me identifico, con el cual estoy comprometido, es imposible que realice una catarsis inmediata que haga cambiar mi estado de ánimo tan violentamente como ocurre con estos aficionados y mucho menos mi estado de ánimo lo cambiaría el simple hecho de aparecer en una pantalla de televisión. Los aficionados que vemos en los estadios de Brasil no se identifican con los equipos; sean hombres o mujeres, es claro que ese sufrimiento que demuestran se genera a raíz de la interacción momentánea y de formar parte del grupo de aficionados que hay en el estadio. La identificación es demasiado banal y superficial, no generada por una emoción personal, sino por una necesidad de pertenecer a un grupo, de identificación forzada, de ser parte de un “algo”, aún cuando ese “algo” no tenga sustancia. Es en este nivel que los asistentes al estadio (que no los aficionados) se vuelven manipulables y mediante la presentación de sus imágenes y el discurso de los medios a través de la prensa, la pantalla y las redes, es que se intenta “sensibilizar” a sus semejantes, a otros aficionados que con la misma sinrazón desean identificarse con esas causas huecas, sin propósito, las cuales se convierten en banderas cohesionadoras tan efectivas como los estandartes del cura Hidalgo.

Para clarificar esto, tenemos el caso de los aficionados brasileños cuyo llanto nos fue presentado tras la derrota de la verde-amarela ante Alemania y que fueron convenientemente captados por las cámaras de la transmisión internacional: se nos muestra a un Brasil desencajado, devastado, desesperanzado, agónico, con un lamento interminable... Brasil, como equipo, venía jugando basura durante toda la copa. Los verdaderos aficionados y la gente que sabe de fútbol, que en Brasil hay en cantidades, entienden que esta selección no los representa, que el fútbol alegre, el jogo bonito, no existe con Scolari. Durante el desarrollo del partido, los aficionados en el estadio abuchearon en ocasiones incontables al equipo brasileño. No fueron gritos de tristeza, sino de enojo, porque la gente sabía que el equipo brasileño era una caricatura parca de lo que suele ser Brasil en fútbol. Los niños que salen de las humildes favelas a comerse al mundo no son estos aburguesados futbolistas que ni disfrutan el juego ni lo saben jugar. Y la afición lo sabe, y por ello nunca hubo química con éste equipo, nunca se dio una verdadera unión nacional. Neymar catalizó un poco el ambiente, pero ante su ausencia en el terreno, la debacle y la catástrofe era inevitable. ¿Quienes fueron esos aficionados que lloraron en Belo Horizonte? Se nos ha vendido por años la leyenda de la desazón que causó en Brasil el famoso Maracanazo de 1950. Hoy, frente a la violenta derrota sufrida ante Alemania, se nos tenía que vender algo similar. Por ello las imágenes a presentar se seleccionaron entre aquellas que denotan sufrimiento y dolor, más no las del enojo y la furia que causa la derrota en los verdaderos aficionados. Si se mostraran esas imágenes, Brasil ardería en llamas hoy por la noche. Mejor dejar las aguas tranquilas por cuestiones de orden social. Pero que no se nos quiera engañar.

En un evento como este, los representativos nacionales en muchas ocasiones muestran la mentalidad de sus pueblos. Ya hemos tratado el caso mexicano con amplitud, por lo que procederemos con otros equipos. En Colombia y Costa Rica, se reflejó el espíritu festivo y alegre que los caracteriza con buenos equipos que conjuntaron calidad, coordinación y buen trabajo de equipo. En Uruguay, se reflejó la existencia de una sólida unidad nacional concentrada en el presidente Mujica quien ante el mundo salió a defender a su coterráneo. Por otra parte, la multiculturalidad y el trabajo de equipo de suizos, belgas e incluso franceses quedó patente con sus respectivos combinados. Nigeria, Costa de Marfil, Ghana, Argelia e incluso Irán mostraron que aún dentro de sus limitantes, el esfuerzo y la entrega estuvieron a la orden del día. Razas luchonas y determinadas a salir a darlo todo por un ideal. Argentina es fiel al individualismo característico de sus futbolistas, mientras que Holanda ha dejado al momento una pésima imagen al no ser un equipo compacto que ataque con orden, además de tener a uno de los mayores farsantes en la historia del balompié, quien desperdicia su virtuosismo (que lo tiene) en trucos poco éticos y de baja categoría.

Y llegamos a Alemania y Brasil. Por una parte, Alemania demostró con esta victoria la templanza y el liderazgo de la principal potencia europea de la actualidad, líder de la Unión Europea y uno de los más influyentes miembros de cualquier organismo internacional. Así es y así siempre será el pueblo bávaro. No es casualidad que en las últimas cuatro ediciones de la copa mundial de fútbol los teutones hayan llegado a posicionarse entre los cuatro mejores equipos del torneo, siendo finalistas en dos y con la posibilidad de al menos llevarse a casa el presente campeonato. Sea como sea, Alemania siempre está ahí, porque estructuralmente, socialmente, económica e incluso culturalmente, los germanos tienen ese valor agregado que les otorgan las experiencias del pasado. Alemania no es sólo un equipo de fútbol. Alemania es una sociedad integral que, nos guste o no, es líder en muchos aspectos. Podrá o no tener Angela Merkel razón en muchos temas de política exterior y los alemanes tendrán muchos defectos como sociedad al mirar las políticas internas del país. Sin embargo, es un país de líderes en todos los ámbitos posibles. Desde la ciencia, la poesía, la literatura, la arquitectura, la ingeniería, y hasta Klose y Neuer, Alemania es un país generador de líderes con talento y categoría para cumplir objetivos. No cataloguemos el 7-1 como un “sin piedad”, sino como un “con respeto” a lo que es Brasil. Al final del partido, Neuer hizo un coraje terrible porque sus defensas le dejaron solo ante Oscar, quien definió para marcar el gol de la honra para los amazónicos. Eso es concentración; eso es temple; eso es jugar con todo el corazón hasta el final.

Muchos dirán que Alemania debió ser más consciente, menos cruel para no manchar la historia de Brasil. Pero Alemania es así. Los que piensan que Alemania debió bajar las revoluciones sólo demuestran su mediocridad. A un rival que se considera como digno, en estas circunstancias, hay que jugarle a máxima capacidad, y Alemania lo entendió así y por ello, ante la oportunidad, destruyó a Brasil, para evitar cualquier sombra de duda sobre quién fue el mejor equipo sobre el terreno, así como sobre el amañamiento de partidos que su propio diario nacional criticó, respaldando la teoría de que Brasil nunca fue el equipo poderoso e invencible que durante muchos lapsos del mundial se quiso vender. Alemania, fiel a su filosofía, mostró ambición y determinación sin piedad, sin remordimientos y por ese espíritu combativo, de lucha, de respeto hacia el poderío brasileño al jugar al 100% en cada segundo del partido es que Alemania sigue pasando a la historia cada vez que se planta sobre un terreno de juego.

De Brasil, ya no queda mucho que decir. La escuadra de Scolari traicionó desde el primer día su filosofía, por lo que nadie en Brasil vio a este equipo como un representante digno de lo que es el fútbol del país. Como ya hemos mencionado, no fueron los hinchas, no fue la torcida brasileira la que acudió a los estadios, sino una clase aburguesada a la que se le puede creer que hayan llorado por este equipo debido a que ellos mismos no son parte de la realidad del Brasil del día a día, sino un grupo clasemediero que se vio envuelto en la vorágine mediática que presentó a esta versión del Scratch du Oro como la más poderosa de Brasil, la que acabaría con los fantasmas del pasado y retendría la copa en su propia casa. Nada más alejado de la realidad. La copa nunca fue de Brasil. El carnaval, aunque existió, nunca fue protagonizado por ellos. Los brasileños seguirán molestos desde hoy hasta el 2016 cuando terminen los Juegos Olímpicos, e incluso más allá, ya que son ellos, los ciudadanos del día a día, quienes cargarán con el ostentoso costo de un par de eventos que ningún beneficio les dejará como sociedad y más aún, los dividirá aún más en clases sociales, habiendo ya generado conflictos que se harán mayúsculos con el tiempo y que a final de cuentas, dejarán al país sin la menor alegría de haber organizado algo de lo que pudieran sentirse orgullosos, ni logística ni deportivamente. La fiesta ha sido y seguirá siendo de otros. Para Brasil, el sueño del Orden y el Progreso seguirá como un fantasma esperando renacer y cobrar sentido en su bandera. A los brasileños les deseamos que puedan conservar en el futuro un par de dedos de dignidad. Sin muchas manifestaciones artísticas, el fútbol es lo más cercano a convertirse en la principal fuente artística de Brasil. Este mundial, y sobre todo este equipo, les han quitado eso. El poder del mercado le ganó la partida al arte de las amazonias en esta ocasión. Ansiamos que regresen. El fútbol no es fútbol sin el Scratch.
Muito obrigado.


2 comentarios:

  1. Maldita sea!!! de lujo César!!! me gustó la columna y creo detectar un toque de Zizek en ella, también he pensado, ya sabes, siempre en el complot mundial, el guionista del mundo decidió sacar de la jugada algunos elementos perfectamente planeado por sus arquitectos de argumentos para generar esa jiribilla, el drama, como en todo buen reality show que llega al final de temporada... espero que la final no sea adidas vs nike, prefiero adidas vs adidas.

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    1. Los arquitectos del fútbol mercenario, sin duda alguna, y como siempre, querían imponer sus condiciones. No contaban con que la ingeniería alemana tenía otros planes...

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