La caída de Brasil: el comercio mató al arte
El fútbol, tal como muchas de las actividades en las que se
invocan las pasiones más profundas del espíritu humano, tiene definitivamente muchos tintes
de arte, o al menos en diversas instancias pude llegar a serlo; por su parte, el
campeonato mundial de fútbol, más allá de ser disputado por potenciales
artistas del balón, no deja de ser, en principio, un espectáculo masivo. Al
introducir esta diferenciación, podemos empezar a trazar el hecho de que la dicotomía
entre lo artístico y lo comercial puede observarse bajo muchas aristas del evento
que hoy en día está a punto de llegar a su conclusión. Y no se trata de decir
que ser comercial y rentable es malo en sí; por el contrario, la generación de
recursos y la activación de un sector económico que llega a su nivel pico cada
cuatro años debe tomarse como un serio caso de estudio debido al impacto
socioeconómico y cultural que genera en determinados núcleos sociales, tanto a
nivel micro como macroeconómico. Sin embargo, lo que cabe analizar, y lo que
debemos entender es que el arte y los espectáculos comerciales responden a
diferentes lógicas a las que bien valdría echar un vistazo.
Empezaremos este texto hablando puramente de fútbol: la
primera ronda y los octavos de final del presente campeonato mundial de fútbol
trajeron consigo portentosas exhibiciones deportivas, en las que la entrega, el
desgaste, la lucha, la competitividad y el deseo de ganar se vieron adornados
por el virtuosismo de jugadores que llegaron a las canchas de Brasil para
divertirse, para relajarse y demostrar las habilidades que poseen para manejar
una pelota con los pies sobre un campo de juego. Desde el vuelo de Van Persie para
comenzar la catástrofe española, pasando por las pinceladas del colombiano
James Rodríguez en cada partido que disputó, los detalles técnicos del
marfileño Gervinho, el fútbol asociación del equipo ghanés que nos regaló una
de las mejores anotaciones de la copa ante los Estados Unidos, el magistral toque
de bola de Messi, las atajadas de Ochoa, Howard, Navas y Neuer, el poderío de
Müller en fase de grupos junto con el estético gol de taquito de Schürrle ante
Argelia, sin olvidar las brillantes demostraciones de franceses, belgas, nigerianos,
griegos, chilenos y costarricenses quienes con más corazón que técnica dieron
pelea hasta el último suspiro con disparos a los postes, obligando a los equipos
“grandes” a emplearse a fondo para acceder a las instancias definitivas en que
se encuentran ahora.
Hoy se dice que Brasil 2014 será recordado como una de los
mejores copas del mundo de la historia, en gran parte debido a que, por algunos
momentos, el fútbol arte, ese que genera sentimientos, pasiones y que evoca nuestros
instintos más primarios, se hizo presente a diario durante al menos un par de
semanas a lo largo y ancho de los estadios amazónicos. Igual que un sueño, las
primeras dos semanas de Brasil 2014 quedarán en un sublime campo etéreo, en el
imaginario colectivo como el ejemplo de lo que debe ser un torneo de fútbol,
llámese torneo local, liga de campeones, La Liga de España, la Premier de
Inglaterra o el torneo de los barrios. Donde sea, el fútbol se juega, en
principio, para que sean los mismos jugadores quienes se diviertan. Es una
fiesta para ellos. El hecho de que la gente los siga, de que se genere una
afición y de que sucesivamente se creen intereses comerciales alrededor del
espectáculo, queda todo en segundo plano. Lo que nos debe quedar como enseñanza
es que no importa tu nacionalidad, tu nivel socioeconómico, tu historia, tu
raza, tu color de piel, tu filiación política, mucho menos tu religión. Lo que
vale, lo que cuenta al entrar a un terreno de juego es simplemente salir a
hacer lo que te gusta, a tratar de ganar partiendo de un deseo personal de demostrar
que tus habilidades son las mejores y que puedes guiar con tu energía a un conjunto
de voluntades para lograr un bien común en una actividad tan noble como lo es (en
su forma pura) el fútbol. En ese sentido, lo acontecido en Brasil 2014 es un
ejemplo para el futuro sobre cómo debe ser apreciado y entendido este deporte. Un
catalizador de emociones, de esteticismo, de virtuosismo y de amor por lo que
se hace: el arte del fútbol.
Sí, el campeonato jugado en Brasil ha sido una de las
mejores exhibiciones deportivas en la historia del fútbol mundial. Sn embargo,
hay que tener cuidado con la lectura que se hace de los sentimientos que el
espectáculo genera (o que pretende generar) hacia las masas, ya que es en los
detalles de la organización que se pueden manipular las tendencias y la
percepción que se tiene, no sólo del espectáculo en sí, sino de la sociedad misma
a raíz de los intereses creados alrededor de un evento de esta magnitud.
Para empezar, hoy, tras la catastrófica derrota de Brasil ante
la escuadra alemana, las cadenas televisivas y las redes sociales nos han
mostrado el llanto desconsolado de niños, mujeres, y hombres por igual; sin
importar credo o estatus social, se nos muestra a un Brasil herido, desencajado,
vulnerable. Muchos dirán que el llanto y la zozobra han aparecido con justificada
razón; por mi parte, yo no veo justificación alguna para tan exageradas
expresiones de desazón, y la razón es muy simple: Brasil nunca jugó bien al
fútbol. Su máxima demostración de poderío se dio ante una escuadra camerunesa
que perdió cada partido del torneo que disputó y que incluso ha sido acusada (curiosamente)
por el diario alemán Der Spiegel de haber arreglado sus partidos del torneo
para beneficiarse en temas de apuestas.
Tanto futbolística como comercialmente, Brasil dio total
protagonismo a Neymar, dejando fuera, no del campo, sino del torneo, a figuras
de la talla de Kaká, Robinho y el mismo Ronaldinho Gaucho, quienes a pesar de
haber sufrido bajas de juego durante los últimos cuatro años, en la actualidad
se encontraban nuevamente a punto para defender a la canarinha en este torneo, situación que no se dio a final de
cuentas debido a que el entrenador brasileño, Luis Felipe Scolari, decidió
dejarlos fuera de la convocatoria sin mayores explicaciones. Durante el partido
inaugural, las cámaras enfocaron en las tribunas a Kaká, el gran ausente del
campeonato para Brasil. ¿Podría Kaká haber nivelado el barco brasileño para que
Brasil jugara como el Brasil al que estamos acostumbrados? Bajo las órdenes de
Scolari, quizá no, pero la contribución de su talento seguramente pudiera
haberse hecho notar. Sea como sea, la controversia se genera debido a que, en
primera instancia, su presencia hubiera puesto mucha presión sobre Neymar,
quien, de no desempeñarse bien dentro del terreno de juego, hubiera tenido a un
claro sustituto en el banquillo de suplentes. ¿No sería ésta una buena opción
para Scolari en el caso de que Neymar fallara en el terreno o que, como al
final sucedió, se lesionara teniendo que abandonar no sólo un partido sino el
torneo en general? Muy posiblemente sí. Sin embargo, rascando un poco en las
entrañas comerciales del caso, Brasil, patrocinado ampliamente por Nike, con
Neymar como la estrella de los anuncios de la marca de la palomita, no podía permitir que un Kaká con
afiliaciones Adidistas robara
siquiera un poco de la atención hacia la plétora de jugadores financiados por Nike
que representaron a Brasil durante el presente torneo. ¿Acaso pudieron los
intereses comerciales afectar el esquema táctico futbolístico para que no se
presentara la mejor versión de Brasil que pudiera haberse puesto sobre el
terreno de juego? Este tema nos da mucho a qué pensar.
Las líneas arriba expuestas sobre el caso de Brasil nos abren
la puerta para profundizar en un par de aspectos relacionados con el desarrollo
del campeonato: en primera instancia, las lágrimas agónicas y desencajadas de
la afición de Brasil atraen nuestra atención el elemento trágico que ha permeado
en las rondas definitorias, tanto en el público como en el mismo campo de juego,
especialmente a partir de los cuartos de
final. Brasil sufrió de más en cuartos debido a su arrogante carencia de
talento futbolístico y la dependencia de chispazos de sus defensores centrales ante
una alegre Colombia que desde el minuto 1 de juego salió a matar o morir en el
partido, como debe ser un partido de fútbol en estas instancias. A pesar de que
el resultado no les favoreció, la entrega de Cuadrado y James Rodríguez tiene
más mérito que el marcador que hizo avanzar a Brasil a semifinales. En
particular, los dribles de James y la lucha física de un intempestivo Cuadrado están
más frescos en la memoria que el primer gol de Brasil. En otros escenarios, Argentina
tuvo un gol y un partido para dormir, con un Bélgica que nunca entendió que
estaba jugando el quinto partido de un mundial; Alemania se vio neutralizada
por un equipo francés ordenado que mató por sí solo el partido, sin dejar
atacar a los alemanes, pero sin crear peligro ante Neuer ellos mismos salvo en
la portentosa atajada del germano quien destruyó el disparo final de Benzemá
junto con las ilusiones del pueblo francés. Finalmente, Holanda no jugó a nada
frente a Costa Rica, bien pudo perder en tiempos extra y nadie los extrañaría.
Los partidos de cuartos de final se tornaron en las típicas tragedias
griegas en donde el fútbol espectáculo y el arte quedaron de lado para dejar
paso al fútbol mercenario, al resultadismo, al ganar como sea del que ya hemos
hablado en otras ocasiones. Neymar mismo, antes del partido que lo dejase fuera
del mundial ante Colombia, llegó a mencionar que a él no importaba dar
espectáculo, sino ganar al menos medio gol a cero. Con esa mentalidad tan
mediocre y viciada por parte de la estrella del equipo brasileño, poco se podía
esperar de ellos en el torneo. Sin embargo, hay elementos curiosos dentro de
estas tragedias: 1) como mencionamos al inicio, una pieza de arte y un
espectáculo masivo responden a distintos sistemas de valores. Mientras que el
arte es subjetivo y carece de valuación económica, los espectáculos creados en
pro de intereses comerciales están destinados a buscar puntos de encuentro para
su público. En este sentido, una de las fórmulas más probadas para amalgamar
voluntades es sin duda alguna generar, no un bien, sino un mal común. Si
pensamos por un segundo en las películas y en las series de televisión con
mayor éxito, incluyendo en el caso mexicano las telenovelas, son aquellos
productos con mayor conflicto, con mayor drama, los que unen más a la audiencia,
los que generan mayor expectación y mayor rating.
En el caso del mundial, al llegar las instancias
definitivas, es cierto que la “paridad” (salvo por Brasil) en el nivel futbolístico
y el deseo de ganar obligan a los equipos a cerrar filas y ocuparse más de
tareas defensivas que del ataque en un intento por asegurar la posible
victoria. Por esta razón, los partidos se van al extremo, al final del partido
con diferencias mínimas o incluso con empates que obligan a las definiciones
por tiros de penal. Pero cabe preguntarnos si es esto un resultado plenamente
futbolístico o si es un esquema preparado para captar y asegurar la atención de
la audiencia ante una sabida carencia de espectáculo, de fútbol arte. Cuando juegan
32 equipos, la audiencia multinacional está asegurada debido a que cada país está
al pendiente de su equipo, razón por la cual los jugadores son libres de salir
a matarse dentro del terreno de juego con entusiasmo y jugando bien a la pelota.
Sin embargo, cuando quedan 4 equipos que pueden resultar hasta cierto punto
extraños para la audiencia a nivel mundial, el espectáculo ha de ofrecer un
plus, y el dramatismo y la tragedia ofrecen ese valor agregado para evitar la
dispersión del público en las rondas finales. Sea por motivos puramente
futbolísticos o respondiendo a un plan comercial, el elemento dramático está ahí.
Y funciona.
Tal y como lo experimentamos año con año en el fútbol
mexicano, lo importante no son las 17 fechas del torneo local en el que todos
juegan contra todos, sino que lo “emocionante” es que tu equipo llegue a la
liguilla para que puedas apoyar a los que llegan, incluso si no es tu equipo, y
estar pendiente de los resultados por el morbo de ver quién sale campeón, pero
más aún de quién es derrotado, ya que de ellos te podrás burlar por los
siguientes seis meses (o 16 años, como en el caso del Cruz Azul). Incluso los
partidos en la lucha por no descender generan una expectativa igual o mayor a
los juegos de la liguilla por el título. Es el drama, el morbo de la potencial tragedia
lo que nos atrae. Vemos las carreras de autos, no esperando a ver quién obtiene
la victoria o por un buen rebase, sino con el deseo de que alguien choque para
que podamos jalar el aire como si estuviéramos degustando algún tipo de comida
picante. Quienes van a los toros, no lo hacen por el “arte”, ni siquiera por el
morbo de ver morir al toro, sino que internamente el morbo se genera con el
deseo de que el torero sea cornado para ver la sangre de otro ser humano brotar
y verdaderamente debatirse entre la vida y la muerte. Y no sólo como mexicanos,
sino que en muchos lugares del orbe, los seres humanos responden de forma
similar a ese tipo de estímulos. Y es para ellos que se dirigen este tipo de
espectáculos, con sus correspondientes provisiones y sin apelar a la brutalidad
del circo romano, pero con sus debidas reservas, en principio de cuentas, el
esquema de las fases finales de los torneos de fútbol tienen el elemento del
drama como principal activo para atraer la atención de gente que no entiende
por qué se acerca, sino que, como moscas a la lámpara, simplemente se ven
atraídas. Lo que importa menos para este tipo de torneos de rondas definitorias,
irónicamente, es el fútbol.
Es aquí donde caemos en el siguiente nivel de análisis: 2) en
un detalle muy curioso, durante el transcurso de la copa se han presentado
infinidad de casos en que las cámaras toman a los aficionados de algún equipo
que vaya perdiendo o que esté empatando agónicamente sobre el terreno de juego.
En la mayoría de los casos, las tomas se centran en aficionados que muestran caras
de preocupación o sufrimiento ante lo que pasa en el campo, más cuando las
cámaras les enfocan y se dan cuenta de que aparecen en la pantalla del estadio,
una explosión de júbilo se apodera de ellos, motivándolos a sonreír, saltar y
gritar con la mayor alegría posible por salir en la televisión. ¿Y el
sufrimiento? Psicológicamente, si existe un nivel profundo de preocupación ante
una situación o un hecho con el cual me identifico, con el cual estoy
comprometido, es imposible que realice una catarsis inmediata que haga cambiar
mi estado de ánimo tan violentamente como ocurre con estos aficionados y mucho
menos mi estado de ánimo lo cambiaría el simple hecho de aparecer en una
pantalla de televisión. Los aficionados que vemos en los estadios de Brasil no
se identifican con los equipos; sean hombres o mujeres, es claro que ese
sufrimiento que demuestran se genera a raíz de la interacción momentánea y de formar
parte del grupo de aficionados que hay en el estadio. La identificación es
demasiado banal y superficial, no generada por una emoción personal, sino por
una necesidad de pertenecer a un grupo, de identificación forzada, de ser parte
de un “algo”, aún cuando ese “algo” no tenga sustancia. Es en este nivel que
los asistentes al estadio (que no los aficionados) se vuelven manipulables y
mediante la presentación de sus imágenes y el discurso de los medios a través
de la prensa, la pantalla y las redes, es que se intenta “sensibilizar” a sus
semejantes, a otros aficionados que con la misma sinrazón desean identificarse
con esas causas huecas, sin propósito, las cuales se convierten en banderas cohesionadoras
tan efectivas como los estandartes del cura Hidalgo.
Para clarificar esto, tenemos el caso de los aficionados
brasileños cuyo llanto nos fue presentado tras la derrota de la verde-amarela ante
Alemania y que fueron convenientemente captados por las cámaras de la
transmisión internacional: se nos muestra a un Brasil desencajado, devastado,
desesperanzado, agónico, con un lamento interminable... Brasil, como equipo,
venía jugando basura durante toda la copa. Los verdaderos aficionados y la
gente que sabe de fútbol, que en Brasil hay en cantidades, entienden que esta
selección no los representa, que el fútbol alegre, el jogo bonito, no existe con Scolari. Durante el desarrollo del
partido, los aficionados en el estadio abuchearon en ocasiones incontables al
equipo brasileño. No fueron gritos de tristeza, sino de enojo, porque la gente
sabía que el equipo brasileño era una caricatura parca de lo que suele ser
Brasil en fútbol. Los niños que salen de las humildes favelas a comerse al
mundo no son estos aburguesados futbolistas que ni disfrutan el juego ni lo
saben jugar. Y la afición lo sabe, y por ello nunca hubo química con éste
equipo, nunca se dio una verdadera unión nacional. Neymar catalizó un poco el
ambiente, pero ante su ausencia en el terreno, la debacle y la catástrofe era
inevitable. ¿Quienes fueron esos aficionados que lloraron en Belo Horizonte? Se
nos ha vendido por años la leyenda de la desazón que causó en Brasil el famoso Maracanazo
de 1950. Hoy, frente a la violenta derrota sufrida ante Alemania, se nos tenía
que vender algo similar. Por ello las imágenes a presentar se seleccionaron
entre aquellas que denotan sufrimiento y dolor, más no las del enojo y la furia
que causa la derrota en los verdaderos aficionados. Si se mostraran esas
imágenes, Brasil ardería en llamas hoy por la noche. Mejor dejar las aguas
tranquilas por cuestiones de orden social. Pero que no se nos quiera engañar.
En un evento como este, los representativos nacionales en
muchas ocasiones muestran la mentalidad de sus pueblos. Ya hemos tratado el
caso mexicano con amplitud, por lo que procederemos con otros equipos. En
Colombia y Costa Rica, se reflejó el espíritu festivo y alegre que los caracteriza
con buenos equipos que conjuntaron calidad, coordinación y buen trabajo de
equipo. En Uruguay, se reflejó la existencia de una sólida unidad nacional
concentrada en el presidente Mujica quien ante el mundo salió a defender a su
coterráneo. Por otra parte, la multiculturalidad y el trabajo de equipo de
suizos, belgas e incluso franceses quedó patente con sus respectivos
combinados. Nigeria, Costa de Marfil, Ghana, Argelia e incluso Irán mostraron
que aún dentro de sus limitantes, el esfuerzo y la entrega estuvieron a la
orden del día. Razas luchonas y determinadas a salir a darlo todo por un ideal.
Argentina es fiel al individualismo característico de sus futbolistas, mientras
que Holanda ha dejado al momento una pésima imagen al no ser un equipo compacto
que ataque con orden, además de tener a uno de los mayores farsantes en la
historia del balompié, quien desperdicia su virtuosismo (que lo tiene) en trucos
poco éticos y de baja categoría.
Y llegamos a Alemania y Brasil. Por una parte, Alemania demostró
con esta victoria la templanza y el liderazgo de la principal potencia europea
de la actualidad, líder de la Unión Europea y uno de los más influyentes miembros
de cualquier organismo internacional. Así es y así siempre será el pueblo
bávaro. No es casualidad que en las últimas cuatro ediciones de la copa mundial
de fútbol los teutones hayan llegado a posicionarse entre los cuatro mejores
equipos del torneo, siendo finalistas en dos y con la posibilidad de al menos
llevarse a casa el presente campeonato. Sea como sea, Alemania siempre está
ahí, porque estructuralmente, socialmente, económica e incluso culturalmente,
los germanos tienen ese valor agregado que les otorgan las experiencias del
pasado. Alemania no es sólo un equipo de fútbol. Alemania es una sociedad
integral que, nos guste o no, es líder en muchos aspectos. Podrá o no tener
Angela Merkel razón en muchos temas de política exterior y los alemanes tendrán
muchos defectos como sociedad al mirar las políticas internas del país. Sin
embargo, es un país de líderes en todos los ámbitos posibles. Desde la ciencia,
la poesía, la literatura, la arquitectura, la ingeniería, y hasta Klose y Neuer,
Alemania es un país generador de líderes con talento y categoría para cumplir
objetivos. No cataloguemos el 7-1 como un “sin piedad”, sino como un “con
respeto” a lo que es Brasil. Al final del partido, Neuer hizo un coraje
terrible porque sus defensas le dejaron solo ante Oscar, quien definió para
marcar el gol de la honra para los amazónicos. Eso es concentración; eso es
temple; eso es jugar con todo el corazón hasta el final.
Muchos dirán que Alemania debió ser más consciente, menos
cruel para no manchar la historia de Brasil. Pero Alemania es así. Los que
piensan que Alemania debió bajar las revoluciones sólo demuestran su
mediocridad. A un rival que se considera como digno, en estas circunstancias,
hay que jugarle a máxima capacidad, y Alemania lo entendió así y por ello, ante
la oportunidad, destruyó a Brasil, para evitar cualquier sombra de duda sobre
quién fue el mejor equipo sobre el terreno, así como sobre el amañamiento de
partidos que su propio diario nacional criticó, respaldando la teoría de que
Brasil nunca fue el equipo poderoso e invencible que durante muchos lapsos del
mundial se quiso vender. Alemania, fiel a su filosofía, mostró ambición y
determinación sin piedad, sin remordimientos y por ese espíritu combativo, de
lucha, de respeto hacia el poderío brasileño al jugar al 100% en cada segundo
del partido es que Alemania sigue pasando a la historia cada vez que se planta
sobre un terreno de juego.
De Brasil, ya no queda mucho que decir. La escuadra de
Scolari traicionó desde el primer día su filosofía, por lo que nadie en Brasil
vio a este equipo como un representante digno de lo que es el fútbol del país.
Como ya hemos mencionado, no fueron los hinchas, no fue la torcida brasileira
la que acudió a los estadios, sino una clase aburguesada a la que se le puede
creer que hayan llorado por este equipo debido a que ellos mismos no son parte
de la realidad del Brasil del día a día, sino un grupo clasemediero que se vio
envuelto en la vorágine mediática que presentó a esta versión del Scratch du Oro como la más poderosa de
Brasil, la que acabaría con los fantasmas del pasado y retendría la copa en su
propia casa. Nada más alejado de la realidad. La copa nunca fue de Brasil. El
carnaval, aunque existió, nunca fue protagonizado por ellos. Los brasileños
seguirán molestos desde hoy hasta el 2016 cuando terminen los Juegos Olímpicos,
e incluso más allá, ya que son ellos, los ciudadanos del día a día, quienes
cargarán con el ostentoso costo de un par de eventos que ningún beneficio les
dejará como sociedad y más aún, los dividirá aún más en clases sociales, habiendo
ya generado conflictos que se harán mayúsculos con el tiempo y que a final de
cuentas, dejarán al país sin la menor alegría de haber organizado algo de lo
que pudieran sentirse orgullosos, ni logística ni deportivamente. La fiesta ha
sido y seguirá siendo de otros. Para Brasil, el sueño del Orden y el Progreso
seguirá como un fantasma esperando renacer y cobrar sentido en su bandera. A
los brasileños les deseamos que puedan conservar en el futuro un par de dedos
de dignidad. Sin muchas manifestaciones artísticas, el fútbol es lo más cercano
a convertirse en la principal fuente artística de Brasil. Este mundial, y sobre
todo este equipo, les han quitado eso. El poder del mercado le ganó la partida
al arte de las amazonias en esta ocasión. Ansiamos que regresen. El fútbol no
es fútbol sin el Scratch.
Muito obrigado.






Maldita sea!!! de lujo César!!! me gustó la columna y creo detectar un toque de Zizek en ella, también he pensado, ya sabes, siempre en el complot mundial, el guionista del mundo decidió sacar de la jugada algunos elementos perfectamente planeado por sus arquitectos de argumentos para generar esa jiribilla, el drama, como en todo buen reality show que llega al final de temporada... espero que la final no sea adidas vs nike, prefiero adidas vs adidas.
ResponderEliminarLos arquitectos del fútbol mercenario, sin duda alguna, y como siempre, querían imponer sus condiciones. No contaban con que la ingeniería alemana tenía otros planes...
Eliminar