lunes, 14 de julio de 2014

Un guerrero sin patria

Messi, la empatía perdida por un guerrero sin patria

Los seres humanos somos seres empáticos. Tenemos la capacidad de percibir cognitivamente lo que le ocurre a los otros, sentir sus emociones e incluso compartirlas en muchas instancias. Creamos una conexión simbiótica mediante la cual el dolor del otro nos afecta en lo personal debido a que ese “otro”, a su vez, es parte de mi sistema de pensamiento. Desde un familiar, un amigo y una pareja, este tipo de sentimientos se pueden trasladar a muchas otras instancias. Mi relación con “el otro” puede canalizarse a entes lejanos, idílicos, incluso platónicos en donde el yo se proyecta en alguien completamente ajeno, en una relación unilateral generada a través de esa empatía por otros seres humanos, la cual se crea a partir de un conocimiento del otro, aún a la distancia.


Los medios de comunicación y las redes sociales en la actualidad nos acercan más a ese tipo de relaciones, generando ya no ídolos inalcanzables, sino tratando de vender empatías creadas para que sea esa identificación con el otro (el sentimiento primario) lo que al final del día venda el producto y, más aún, que el cliente regrese por su cuenta una y otra vez para consumir cualquier bien o servicio que se nos ofrezca, pero siempre utilizando como base esa empatía generada por una persona fundamentada en sus atributos emocionales, pasionales, humanos a final de cuentas.



Este tipo de interacciones se están forjando cada día más y más en el ambiente del fútbol. Las empresas patrocinadoras de los clubes de fútbol se acercan en todo momento a los futbolistas que comienzan a destacar para comercializar su imagen con la finalidad de tener total control sobre la percepción masiva que en los medios de comunicación se tiene sobre los jugadores, no sólo decidiendo qué tipo de comerciales, a qué tipo de conferencias asisten, qué tipo de contactos tienen con el público y la prensa, sino incluso administrando cuentas de redes sociales “personales” en las que el jugador “habla” en primera persona con una clara línea mercadológica en la que a través de su “voz” se promueve lo que la industria quiere que se promueva. Esto genera empatía con el público en tanto es el jugador quien da la cara, a quien los aficionados buscan, aunque subrepticiamente son los intereses comerciales los cuales permean y se manifiestan de manera obvia en los mensajes enviados por los jugadores.



Cerrando por el momento la clase teórica de comunicación, este contexto está diseñado para explicar lo que ha sucedido antes, durante y después de la final del campeonato mundial de fútbol, en particular con el mejor jugador del torneo (según la FIFA), el “flamante” Balón de Oro del mundial, quien a regañadientes y con gran frustración recibió el más triste y nefasto premio al mejor futbolista jamás entregado en competencia internacional de fútbol alguna. Es momento de echar un vistazo al bagaje de Lionel Messi.




Durante las cuatro semanas que duró el torneo que vio coronarse a la escuadra alemana como campeona del mundo por cuarta ocasión en su historia, el futbolista argentino Lionel Messi fue el blanco de críticas de propios y extraños debido a su baja de rendimiento futbolístico en cada partido disputado por la selección de Argentina. Messi llegó a este torneo con la etiqueta de ser el mejor jugador del mundo, con una infinidad de trofeos, récords y reconocimientos futbolísticos a cuestas, por lo que alrededor del mundo se esperaba que fuera Messi quien liderara al equipo albiceleste a conseguir el campeonato a tan sólo unas cuantas millas de distancia de casa. Con un Brasil desfondado y sin grandes competidores en su camino hacia la final del torneo, Argentina se posicionó como un serio candidato al título a pesar de que nunca demostró una gran solidez como equipo, ya que sus individualidades, incluyendo al mismo Messi, siempre lograron sacarle adelante.



En los medios, se llegó a un punto de saturación en que no se hablaba de Argentina como equipo ni de sus posibilidades estratégicas/técnicas/tácticas como tal, sino de la dependencia que el equipo tenía en relación con su número 10, con el virtuoso futbolista del Barcelona quien, para colmo, respondió a las expectativas durante la primera fase, anotando en los tres partidos del grupo los goles con los que el equipo se clasificó de manera invicta a la segunda ronda del campeonato. Con este inicio tan eficiente por parte de “La Pulga”, se esperaba que Messi se convirtiera finalmente en su madurez en ese líder que en los inicios de su carrera llevó a la albiceleste a coronarse como campeona del torneo de los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008. Las condiciones estaban dadas y Argentina parecía navegar en aguas tranquilas hacia el éxito deportivo de la mano de su mejor futbolista desde la era de Maradona.




Sin embargo, durante el torneo se pudo notar que Messi nunca se encontró a gusto dentro del terreno de juego. Lio, en Barcelona, es un jugador eléctrico, que busca todas las pelotas, que se desgasta en el campo intentando mostrar sus condiciones y que en muchas ocasiones no sólo se crea sus propias opciones, sino que genera fútbol y hace jugar a los demás. Más aún, Messi es un jugador que transmite su alegría dentro del campo, un futbolista que se atreve a hacer no una, sino muchas “de más” con base en su talento, en su depurada técnica y en su imaginación para driblar a los defensores, quedar de frente a la portería y anotar magistralmente ante los porteros. Es un jugador que más allá de su buen juego, transmite una emoción particular, quien genera empatía con él como persona por su sonrisa, por su porte, por su mirada. Messi, generalmente, se ve feliz al jugar a la pelota. Es como un pequeñín de barrio con ropas y aditamentos para gente grande. Mientras más desarreglado se ve, mejor parece jugar. Cuán lejos quedó esa imagen del Lio que vimos en Brasil durante las últimas 4 semanas.




En el ambiente del fútbol, no sólo se genera empatía con individuos, sino también con equipos o con causas. A nivel mundial, la fiebre por lo que pudieran generar equipos como Colombia o Costa Rica durante el presente campeonato se hizo patente. Se apoya al débil, al que parece desprotegido, pero que con buenos argumentos se enfrenta y logra salir victorioso ante esquemas tradicionalmente mejor desarrollados. Con un sentido paternalista, el aficionado adopta a selecciones como éstas o a jugadores no tan renombrados como James Rodríguez o Bryan Ruiz y los convierten en símbolos personales. Se genera una empatía ante el menos favorecido, e incluso si dicho equipo o dicho futbolista no consiguen salir victoriosos, la derrota se interioriza en la audiencia. Se sufre con esos entes externos y lejanos, pero que a través del buen desempeño mostrado en el campo y apreciados por medio de la pantalla, se hacen propios. La simbiosis, generada con el talento y la esperanza, se maximiza con el factor humano, con el sufrimiento ante la derrota.



Messi es un jugador que, por sí mismo, genera empatía. Sin embargo, hoy, tras la frustrante derrota ante Alemania en la final del torneo, Messi, más que la selección albiceleste en su totalidad, es el objeto de críticas, de burlas, de enojo y de descarga emocional tanto de los aficionados como de la prensa en Argentina, e incluso alrededor del mundo, no hay quien no se refiera a Messi (que no al equipo argentino) como la mayor decepción del campeonato, al nivel o incluso por encima de la trágica caída de Brasil. En estas circunstancias, la lógica nos indicaría que un jugador que ha logrado conectar, crear ese vínculo con el público, sería arropado por los suyos, y que la empatía generada a través de varios años de éxito en el fútbol español e internacional le darían un poco más de margen de error ante un posible fallo sin que la audiencia se volcara con tal furia a destrozar su nombre y su amplio legado personal.




Gran parte esto se debe sin lugar a dudas al cambio de actitud que el futbolista mostró durante el campeonato. Frío, sin expresiones de alegría, sin correr a plenitud por cada balón dentro del campo de juego, negándose a saludar a los niños previo a la ceremonia protocolaria, mostrándose de cierta forma indiferente ante las críticas, con cierta arrogancia denotada en el rostro durante las entrevistas y las conferencias de prensa, Messi parecía más incómodo, frustrado, hastiado y desgastado que realmente contento de verse en medio de un mundial de fútbol. Como ya hemos mencionado previamente, Messi festejaba sus goles con una descarga de furia, más no con una sonrisa. El mundial es para que los jugadores lo disfruten. Messi, por el contrario, parecía odiar el tener que jugar un partido más cada día. Aquí vale la pena preguntarnos, ¿Qué es lo que en realidad le pasó a Messi? ¿A qué se debió el cambio tan drástico entre el artista que disfruta trazar su magia en el lienzo verde y esa figura parca y sin ambición que recogió el premio al mejor futbolista del torneo?



Messi ha tenido uno de los peores años de su vida. No futbolísticamente, ya que su equipo, si bien no fue campeón de torneo alguno, llegó al subcampeonato de la liga española, además de situarse como finalista en la Copa del Rey de España, siendo igualmente finalista del presente campeonato mundial de fútbol. Sin embargo, durante el año en curso, Messi se ha visto envuelto en diversos problemas más allá de la cancha que sin duda han afectado su ánimo más que sus condiciones futbolísticas, de los cuales poco o nada se ha hablado como factores de su desempeño actual.



De entrada, apenas en noviembre pasado, Lio sufrió una rotura muscular el en bíceps femoral de la pierna izquierda, lo que lo mantuvo fuera de actividad durante varias semanas hasta febrero de 2014. Si bien se recuperó, Lio jugó todo el resto de la temporada con los rezagos de las cirugías a las que fue sometido, ya que su reaparición, planeada para principios enero, se tuvo que extender hasta el mes de febrero debido a complicaciones en la lesión. Mal empezó el año para Messi, quien desde este momento no tuvo descanso con detalles que ciertamente fueron minando su ánimo. En principio, se le imputó al futbolista el delito de evasión fiscal en España por 4.1 millones de Euros, caso que no se solucionó sino hasta mediados del mes de junio, recién empezada la copa del mundo, cuando la fiscalía decidió archivar el caso debido a que en apariencia Messi desconocía de buena fe los manejos que se hacían con los recursos generados por su manejo imagen. A pesar de esto, Messi tuvo que pagar una compensación de 33 millones de Euros al fisco español para evitar mayores problemas relacionados con su nombre.




Molesto por lo extra-cancha y tras perder la final de la Copa del Rey ante el Real Madrid, Messi se vio envuelto en un escándalo mediático luego de que, a su llegada a Barcelona, un aficionado le increpara por su bajo rendimiento futbolístico, a lo que Messi le contestó respondió “Andá a trabajar, boludo”, situación que fue captada en video por un celular y que se diseminó a través de medios establecidos y redes sociales, afectando la imagen y la credibilidad del jugador. La explosión de Messi, sin duda no fue espontánea, sino producto de los muchos reclamos que el público y la prensa de Barcelona le hicieran por el mal rendimiento de un equipo que si bien venía trabajando junto y ganando infinidad de campeonatos desde años atrás, durante la actual temporada se vieron afectados por los cambios en la dirección técnica, lesiones y la baja de ánimo causada por la enfermedad sufrida por el líder moral del equipo y sucesor de Pep Guardiola, Tito Vilanova, quien tuviera que dejar la dirección técnica del equipo días antes del inicio de la temporada debido al agravamiento del cáncer de garganta que finalmente acabó con su vida a finales de abril del presente año.



Con estos problemas a cuestas, se cuenta que seis días antes del fallecimiento de Vilanova, Messi acudió a su domicilio para anunciarle su decisión de partir al final de la temporada del club blaugrana. En la charla, Tito convenció a Messi de quedarse en Cataluña haciéndole entender que no encontraría un lugar mejor para desarrollarse como futbolista: “A dónde vas a ir? ¿Al PSG?” Al siguiente día de la plática, Messi anotó en la visita del Barcelona ante el Athletic de Bilbao, y con el consejo de su otrora técnico, Messi decidió firmar una actualización de su contrato que lo une al club hasta 2018 por alrededor de 22.5 millones de euros anuales más primas y que le permite tener injerencia sobre ciertas decisiones relacionadas con patrocinios. Si bien la partida de Messi no se dio, su inconformidad con el club, con la ciudad, con su entorno cotidiano aunado al deceso de su mentor, al retiro del capitán Puyol, la inminente salida de Xavi y la baja de juego de sus coequiperos españoles, han hecho que Messi, como ser humano, no se sienta a gusto, que esté distraído, frustrado, agobiado y, por ende, al no estar claras las cosas en su mente, que su desempeño en el terreno de juego no sea el más apropiado. Bajo estas circunstancias, ¿se podría esperar un buen desempeño del astro Argentino? Curiosamente, los aficionados creen que sí, que Messi, a final de cuentas, es un profesional, que al ser el mejor jugador del mundo, debería estar concentrado única y exclusivamente en sus labores en el terreno de juego, total “para eso le pagan”, “ya gana bastante bien como para que no juegue bien”, “es su obligación”. ¿Y la empatía?




Como sociedad, muchas veces perdemos de vista los factores realmente humanos que rodean a esos personajes míticos que se nos quieren vender. La comercialización a gran escala nos vende los factores empáticos que resultan efectivos en las estrategias comerciales. Se humaniza a Messi como embajador de la UNICEF, abrazando a niños africanos en pobreza extrema; se nos presenta siempre anunciando productos con estilo, con clase y con una sonrisa en los anuncios de Pepsi, Sabritas, Herbalife, Adidas, Gillette, el videojuego oficial de la FIFA, Dolce & Gabbana y Turkish Airlines. El carácter de Messi se refleja como el jugador alegre, como el pequeñín de barrio, inocente, al que todos quieren abrazar y felicitar por sus logros. Sin embargo, cuando futbolísticamente este deportista falla, se le ataca, se le señala, se le exige y (simbólicamente) se le crucifica por sus fallos, por no mostrar el carácter cuando hay que mostrarlo, dejando de lado cualquier empatía con él mediante la cual pudiéramos tratar de entender las circunstancias de Messi como lo haríamos con cualquier otra persona, desde un punto de vista humano y no hacia un ser que se nos presenta como alguien “superior”





Y entramos al segundo punto de análisis. Hoy nadie siente tristeza ni se solidariza con Messi porque se le considera un jugador falto de compromiso, alguien que no “siente los colores”, quien ha pasado tanto tiempo viviendo como rey en España que el jugar con el representativo argentino no le interesa, que se preocupa más por sus contratos con el club y con los patrocinadores que por traer una alegría a la tan maltratada nación argentina, cuyos compromisos son puramente comerciales, más no emocionales. La paradoja es: ¿Y dónde queda el apoyo de los aficionados? Los argentinos apoyan a muerte a su equipo en tanto este vaya bien. En temas futbolísticos, esto es aceptable debido a que el aficionado actual tiene que ser exigente, tiene que pedir, al menos, la mayor entrega y garra por parte de sus jugadores. Si el buen desempeño futbolístico y los resultados se logran o no, se analizará después, pero lo mínimo que se pide es que los jugadores muestren corazón y que suden la playera.



En términos humanos, si no entendemos que Messi fue forzado a jugar el mundial por temas de comercialización bajo una circunstancia en la que él no estaba en su mejor forma ni quizá tenía la cabeza para jugar a la pelota en estos momentos, caemos en un error. Y si se le exige tal nivel de compromiso como a cualquier otro futbolista, aún bajo las condiciones expuestas en el presente texto, las consecuencias humanas terminan por reventar al ser humano que intenta hacer algo que quizá ni siquiera él entendía, porque sus circunstancias psicosociales le rebasaron. Ningún trabajador puede rendir lo mismo si el ambiente que le rodea no es el óptimo. Un contador que se está divorciando y que tiene problemas para llegar a la quincena, con toda seguridad tendrá muchos problemas para entregar los reportes ante un exigente jefe que le pide el trabajo de hoy para ayer, no por falta de capacidad, sino porque su cabeza está en otro lado. Es difícil concentrarse con las problemáticas laborales si alrededor no hay sino un panorama negro y complejo. Messi, siendo insultado por miles de personas día a día, frente a frente, en medios y en redes sociales, teniendo que pagar 35 millones de Euros para que su padre (quien maneja su situación fiscal) no vaya a dar a la cárcel, a disgusto con la ciudad y la afición que él consideraba su hogar, lideró a Argentina a pasar hasta los cuartos de final, donde después, desapareció. Al final del día, no podría haber hecho un mejor mundial bajo la sombra que estaba jugando. Argentina llegó a la final. Messi los puso ahí. 4 goles en tres partidos y una asistencia ante Suiza. Cumplió de más en relación con lo que, como ser humano, se podría esperar de él.




Messi, hoy, tiene que dejar de lado al fútbol, y por un largo tiempo. Alejarse de Argentina y de Barcelona. Sus dos hogares han dejado de serlo. No son seguros para él. Debe tomar un retiro en alguna isla, con alguien con quien pueda charlar, alguien de su entera confianza; más que una pareja, Messi necesita un mentor, un terapeuta que le ayude a rehabilitar su alma, su esencia como persona antes que sus condiciones como futbolista. Messi tiene mucho que dar y su revancha va a llegar. Pero no hoy, y quizá no el próximo año. La Pulga hoy necesita más que nunca un tiempo fuera de todo lo que implica la pelota para estabilizarse emocionalmente, reencontrar el amor por el juego, por el fútbol arte del que tan buen exponente es y comenzar desde cero a desarrollarse como ser humano, como persona, a disfrutar de la vida lejos de los intereses creados. Messi es un extraordinario artista del balón, un guerrero de élite en el campo de juego, pero tiene la desgracia de haber sido instruido desde pequeño a luchar como un mercenario: sin patria, sin sangre, sólo por su satisfacción propia y por ganar beneficios para él y los suyos. Sin embargo, a diferencia de representantes consolidados del fútbol mercenario que cambian de equipo cada semestre y al mejor postor, tales como Balotelli o Zlatan, con Messi, más que cambiar de bandera, él se ha dedicado a defender el ideal barcelonista desde el inicio de su carrera. Sin embargo, cuando ese ideal se alejó de las filas del barcelonismo, con la partida de Pep y el deceso de Tito, Messi se ha quedado sin guía, sin un líder que guíe sus capacidades y que las lleve a buen puerto.




Messi es un guerrero de élite, más no un capitán. Esto se vio claramente en la charla motivacional para los tiempos extra de la final. Fue Mascherano quien habló fuerte, quien infundió coraje en sus compatriotas, quien trató de liderarlos a la victoria en las circunstancias más adversas. Pero que no se malentienda. Messi aporta el talento. El no ser el líder del equipo no es necesariamente malo. En España, el capitán no es un virtuoso, sino Casillas y por saber dar ese rol de líder a alguien apropiado es que salieron campeones del mundo y dos veces de Europa. En contraparte, Portugal falló por darle la responsabilidad de líder a un egocéntrico como Cristiano Ronaldo. Messi explota si está rodeado de líderes talentosos y con carácter que sepan liderar, motivar, conjuntarse y jugar en equipo. Argentina no los tiene y los pocos que tenía, o los perdió (Di María y Agüero por gran parte del torneo) o se quedaron fuera por la necedad del técnico (Zanetti y Tévez, por nombrar un par). ¿Cómo se acoplaría Messi en España bajo la dirección de Del Bosque y arropado en el campo con Xabi Alonso, Casillas, Sergio Ramos e incluso los barcelonistas que le han ayudado a ganar todo? Pongamos a Messi por un momento bajo las órdenes de Löw haciendo equipo con Müller, Schweinsteiger, Kroos, Neuer y Howdes, ya sea con una camisa blanca o con la roja de Munich bajo las órdenes de Pep. Existen jugadores que ante tales escenarios vendrían a menos y se verían opacados. Messi, por sus características, se convertiría en el mejor jugador del mundo, tal y como lo logró durante varios años con el Barcelona. Hoy, ante el envejecimiento y la circunstancial decadencia blaugrana, Messi no tiene más cabida ahí, a menos que el club sepa reinventarse y encontrar en Luis Enrique al mentor que amalgame al equipo y haga volver a brillar a un virtuoso mercenario que, de batallas, sabe un rato largo.




Como corolario, una analogía: En la adaptación que se hizo hace algunos años de ciertos pasajes de la Ilíada en la película Troya, Aquiles, personificado por Brad Pitt, mantiene un diálogo breve con su primo Patroclo, quien le reclama por su decisión de no marchar junto a los Mirmidones para unirse al ejército de Agamenón y atacar la ciudad de Troya. Aquiles, molesto por el ferviente deseo de Patroclo de involucrarse en la batalla, le reconviene diciendo: “Te enseñé a pelear, más nunca te enseñé por qué pelear (...) ¿Por quién pelearás cuando yo muera? Los soldados pelean por reyes que ni siquiera conocen. Pelean cuando se les ordena pelar. Mueren cuando se les ordena morir. No desperdicies tu vida siguiendo las órdenes de un tonto”. Esperemos que Messi sepa a futuro deslindarse del gran tonto que le otorgó el Balón de Oro en Brasil 2014, que se recupere física y mentalmente de las lesiones del cuerpo y del espíritu que le aquejan y que se olvide por un instante del fútbol para recordar lo que en verdad es el fútbol. Diviértete Lio. La vida es corta y tu talento es grande. El fútbol arte está en tus pies.








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