domingo, 7 de junio de 2015

Democratizando una mentira



Democratizando una mentira
Desmembrando el fenómeno de la "libre" elección del mexicano. Y tú, ¿qué decides?

La democracia en México ha dejado de funcionar; se erige y se autosustenta como una falacia, una mentira. El pueblo no elige libremente, el ciudadano no decide, no debate, no tiene poder ni voz y su voto es una pieza maestra de relojería diseñada para mantener en el imaginario colectivo una esperanza viva y latente que mantenga la flama encendida de sus deseos estériles, inertes, que jamás podrán materializarse sino en un rumor, una bruma, un eco perdido en el viento.

Esta democracia malentendida ha encontrado su aplicación mediante el impasible sistema político mexicano, indiferente al bienestar social, el cual se autorregula con la complicidad de un régimen imperceptible y maquiavélicamente tiránico que estrangula las posibilidades de opinión y libre expresión de las ideas, no desde el origen, sino sesgando las vías de acceso de los ciudadanos hacia los poderes del gobierno o fomentando la indiferencia de los políticos a las demandas sociales, evitando que estas ideas se conviertan en acciones que pudiesen generar un cambio en el estatus del entretejido social.

A su vez, este sistema político se alimenta con la plata que se extrae del drenado de las arcas de los trabajadores mediante el diezmo estatal del Siglo XXI bien denominado impuesto, a través del cual este sistema impositivo e inapelable ejerce la diferenciación de las clases y los estatus sociales por medio de la separación y delimitación de los individuos, entre quienes están dentro de la política y quienes deben aportar su cuota para mantener el estilo de vida de las altas esferas, de los mexicanos “Clase A”, de la misma forma que los dioses del Olimpo contemplaban y se alimentaban de las ofrendas que los gentiles les ofrecían para evitar sus brutales castigos.

Para refrendar la necesidad de su existencia, el sistema político mexicano ha creado su propia versión de los denominados procesos electorales democráticos, con el respaldo de una maquinaria mediática que alienta a los votantes a apoyar incondicionalmente a un partido o a un candidato de la misma forma que a un equipo de fútbol o a un cantante de moda, cuando la democracia, más que una simple marca en un papel, debiera concebirse como un medio de expresión en busca de exponer ideas, debatir y lograr así acuerdos y mejoras sociales: un sueño fútil.

No se debe malinterpretar en este sentido la actitud del mexicano, quien no es tonto ni pasivo. El mexicano sabe dilucidar y analizar lo que está mal en la sociedad, sabe lo que le conviene a él y a sus congéneres. Declara sus inquietudes a través de cartas dirigidas a las autoridades, de apariciones en la radio, de textos en blogs o en las redes sociales de Internet de manera individual, mientras que a nivel grupal, mediante manifestaciones, toma de calles e instalaciones.

El mexicano se asegura que su voz sea escuchada, aunque su mensaje generalmente es tergiversado tanto por sus interlocutores como por los medios de comunicación y sus imploraciones llegan con la misma fuerza y son tan atendidos con la misma prontitud y eficacia que un rezo dirigido a la Virgen de Guadalupe.

La democracia de hoy en día no es lo que debiera ser, se ha convertido en un sistema arcaico debido en gran parte a la explosión demográfica y a que la ideología neoliberal capitalista ha permeado de formas que exaltan la riqueza y la consecución del poder como los fines máximos del individuo, corrompiendo los valores de comunidad entre quienes llegan a un puesto de poder político y quienes desean llegar a él, lo que ha transformado a esa democracia en su sentido puro de acuerdos, decisiones y elecciones benéficas en un ideal tan utópico como el comunismo para fines los prácticos de la evolución social.

Esta crisis política, lejos de asentarse como un fenómeno aislado en México, se ha materializado como una tendencia a nivel mundial, desde las indignaciones que generaron las revueltas sociales de la Primavera Árabe, las protestas ante el racismo en Francia e Italia, el genocidio de demócratas en Noruega, las protestas de los indignados en EE.UU. y hasta la nueva guerra cibernética de Wikileaks ante la amenaza de las leyes de restricción a la libertad de expresión virtual.

La crisis de confianza en los gobiernos del mundo se ha agudizado hasta un punto tal en el que quizá sea un buen momento para plantearnos la refundación de las bases sobre las que deberán erigirse los cimientos de la sociedad posmoderna, no sólo a niveles estatales, nacionales o económicos, sino verdaderamente buscar la practicidad de un régimen en un modelo de Aldea Global.

Es innegable que estamos en los albores de una sociedad que tiende al orden mundial a través del multimedia y las redes virtuales; no hablo de votos por Internet, sino de la gestión propia de una nueva realidad en la cual los ciudadanos comienzan a expresarse y hacer movimientos activos por medio de la virtualidad.

En este contexto, quizá no estemos lejos de enfrentarnos ante la necesidad de empezar a concebir leyes y gobiernos que no únicamente regulen ciertas prácticas a través de la red, sino de empezar a sentar las bases de legislaciones a nivel global en las que se puedan implementar gobiernos de bloques nacionales o económicos que puedan imponer el orden que los Estados Nacionales han dejado de ejercer hoy en día, ya que, tomando como muestra nuestro propio país, los genocidios ligados al narcotráfico, las protestas civiles deleznadas por el gobierno, la soberbia ostentosa de la esfera política y la irrealidad ensoñada de la democracia mexicana son claros ejemplos de que los modelos democráticos del siglo XXI han perdido vigencia y necesitamos empezar a replantearnos esquemas para afrontar las nuevas realidades.

Tras esta primera introducción al tema, una vez sentadas las bases de la ideología que aquí se planteará, así como la forma en que será abordada, deseo subrayar que el presente ensayo, más allá de una simple crítica que pudiera publicarse en cualquier blog y seguir siendo tan estéril como el anuncio por medio de Twitter o Facebook de que estoy comiendo un croissant de alubias, pretende ser un análisis con tintes mediático-antropológicos, basado en fundamentos cotidianos y coronado con un personal análisis empírico de las razones por las cuales la democracia, el sistema político mexicano y los procesos electorales del país no tienen como objetivo primordial el acatar su finalidad de buscar el bienestar social, sino de refrendar y eternizar los ya existentes grupos de poder a través de la imposición de un condicionamiento estructural en la idiosincrasia del mexicano.

Para entender por qué los mexicanos podemos analizar, ver y saber lo que está mal con el sistema político, la democracia y los procesos electorales del país y asimismo sentirnos vulnerables e incapaces de tomar acciones, mostrando nuestra indignación sin que esta surta efectos, es imperativo que iniciemos analizando los conceptos fundamentales más básicos y primitivos del presente estudio.

Comienzo con una anécdota personal, regresando mi memoria al año de 2002, cuando durante una de mis primeras lecciones de la carrera de Comunicación en la Universidad Nacional, en la clase de Sistema y Poder Político, un profesor debidamente caracterizado cual personaje recién extraído de alguna manifestaciones del 68, nos pidió que en diez minutos hiciéramos grupos y llegáramos a un acuerdo para elaborar un concepto de democracia.

Al pensar en ese término hace ya casi 10 años atrás, lo primero que vino a mi mente fue lo que seguramente contestaría el resto de mis compañeros, la frase que se nos enseña desde las clases de civismo en la primaria con respecto a la democracia, concepción que se refuerza con el paso de los años a través del proceso educativo de nuestras instituciones: Democracia = El Poder del Pueblo.

A sabiendas de que mis compañeros de clase elaborarían diversas variantes sobre la misma idea, propuse a mi grupo que profundizáramos un poco más en el término y comencé a desglosar lo que podría significar el verdadero trasfondo de la democracia a partir de la antigua Grecia y su proceso evolutivo con las ideas de la Ilustración, así como su aplicación histórica hasta nuestros días.

Ante la premura de tiempo y al ver que mis palabras parecían surtir el mismo efecto que una aspirina en un leproso, decidí proponerles a mis interlocutores que yo elaboraría el concepto y que dijéramos que todos lo habíamos elaborado en conjunto, a lo cual, desde luego, accedieron.

Recuerdo que, como lo había previsto, los otros equipos hicieron breves modificaciones al concepto antes citado, añadiendo definiciones de términos superfluos para la finalidad de la tarea que se nos había asignado, tales como el “voto secreto” la “mayoría” o los “partidos políticos”, mientras que, por mi parte, decidí definir a la democracia en su sentido más general, abordándola como un proceso (y no como un fin) mediante el cual los seres humanos (que no únicamente los ciudadanos) buscan de manera descentralizada y con la participación y la toma en cuenta de las voluntades de todos los individuos, elegir y acordar las formas de aplicación tanto de las reglas básicas de convivencia, así como de las mejoras que pueden y deben ejercerse en un entorno social determinado.

Mientras que el profesor se limitó a asentir y dar la palabra a los siguientes equipos sin otorgar mucha importancia a mi definición, al término de la clase un par de compañeros me dijeron que les había llamado la atención mi concepción anarquista de la democracia, a la vez que la mayoría de los demás estudiantes se limitó a verme como un bicho raro y misterioso durante el resto de la carrera.

Al analizar hoy en día ese incidente, quiero rescatar la preconcepción que mis compañeros tenían sobre la definición de la democracia, ya que mi atrevimiento a ir más allá de la definición básica que se nos había enseñado hasta ese momento se debió a que yo consideraba que como estudiante de una licenciatura en la denominada Máxima Casa de Estudios, se me demandaría un análisis más profundo de un concepto tan fundamental y que mis compañeros tendrían otras ideas que refrescarían mis conocimientos con otros perfiles y otras ideologías sólidas y bien fundamentadas, cosa que, lamentablemente, al pasar el tiempo, nunca sucedió.

En este punto, cabe destacar que tristemente es muy común hoy en día ver que a la Universidad Nacional Autónoma de México ingresan cientos, quizá miles de jóvenes poco preparados y con relativamente poco interés en las áreas sociales gracias al pase automático y peor aún, que se gradúan y egresan muchos de ellos sin tener fundamentos sólidos sobre las concepciones políticas y sociales que requieren los profesionistas de nuestro país.

Ante esto, la Universidad no es la culpable de que varios de sus estudiantes sean tan carentes de conocimiento y responsabilidad social, ya que existen elementos muy valiosos egresados de la Escuela Nacional Preparatoria o del Colegio de Ciencias y Humanidades que desean sacar adelante los estudios sociales, además de que muchos profesores se esmeran verdaderamente en impartir los conocimientos adecuados en sus respectivas áreas, existen espacios, medios y foros de libre expresión, conferencias, cursos, todo tipo de actividades que en muchas ocasiones son los mismos estudiantes quienes no los valoran y no los aprovechan.

Lo interesante en este sentido sería tratar de descubrir el por qué muchos estudiantes del área de las ciencias sociales no pueden elaborar, ni al principio ni al final de la carrera, una definición razonada y bien fundamentada de un concepto tan básico como lo es la democracia. Vayamos por partes.

Al leer la definición “El poder del pueblo”, podemos hacer varias lecturas, ya que en un principio, durante nuestra vida como mexicanos, en el entorno de una sociedad neoliberal capitalista, se nos ha enseñado que el poder no es un medio, sino un fin.

El mexicano (así como una gran parte de los seres humanos que viven bajo el régimen neoliberal), por naturaleza o por educación, ya sea de la clase más humilde o de la familia más ostentosa, nace, crece, se reproduce y muere en busca del poder. Es una condición que se acentúa o disminuye con el paso de los años y que sin lugar a dudas, se ha vuelto inherente a la forma contemporánea de pensar. Lo interesante en este punto es reflexionar sobre las causas particulares que orillan al mexicano a mantener durante toda su vida esa búsqueda del poder.

La familia es el núcleo social del individuo, o al menos eso se nos ha enseñado desde toda la vida. Se trata de un núcleo del que no podemos escapar. La pregunta es: ¿cómo se nos educa dentro de la familia hoy en día?

El mexicano promedio en la actualidad está sesgado de la familia, su acceso a sus padres, hermanos, esposa e hijos está limitado por las actividades cotidianas, que van desde una extensa jornada laboral, el tráfico de las grandes ciudades, la inseguridad nocturna, etc., factores que lo han alejado poco a poco de una convivencia familiar constante.

Esto ha generado que la educación familiar de padres a hijos se encuentre muy restringida, por lo que en la mayoría de los casos, los niños pasan el tiempo libre frente a los contenidos de las tecnologías de la información, desde la televisión, en menos escala la radio y en mayor medida progresivamente los juegos de video y las páginas de Internet, de los cuales hablaremos más adelante.

En este sentido, la familia no es ya la sólida estructura que determina el desarrollo de los usos y costumbres de un individuo, aunque bien es cierto que cumple el papel de sembrar la semilla empírica de las concepciones fundamentales desde el nacimiento de los niños, que van desde los macrouniversos de comunidad como pueden ser la religión, la patria y el matrimonio (la familia en su expresión más amplia) hasta microuniversos de valores éticos y morales que el individuo desarrollará en un futuro, como la responsabilidad, el respeto, la fe, el amor, etc. Desglosemos estas semillas.

Supongamos el nacimiento de un hijo varón en una pareja debidamente casada bajo los estatutos de la Ciudad de México y de religión católica: el joven queda registrado mediante un Acta de Nacimiento en el registro civil federal y local, por lo que, voluntariamente o no, pasa a ser desde su advenimiento al mundo en un número de folio más para el sistema, un futuro contribuyente fiscal y una credencial de elector más que podrá ser tomada en cuenta para los procesos electorales del país.

Nadie le preguntó a ese bebé si deseaba ser mexicano, si desea pagar en un futuro impuestos a un gobierno que él aún no ha tenido la oportunidad de elegir, ni participar en elecciones para dar empleo como funcionario a una persona que él aún desconoce. Ese niño desde que abre los ojos por primera vez al mundo ya está condicionado a ser por el resto de su vida parte de un sistema social preestablecido, quiéralo o no.

Cuando nacemos, pasamos a formar parte de un Estado cuyos mecanismos de control se basan en el terror. Si no pagas impuestos, te vas a la cárcel, aun cuando jamás se me consultó en toda mi vida si deseaba pagar impuestos o si estaba de acuerdo con el uso que el gobierno le da a mis contribuciones. Un nacimiento es igual a un contribuyente, más, no a un ser humano.

De esta misma manera, luego de dieciocho años de haber nacido, al mexicano se le obliga a formar parte de un Padrón Electoral; no se le invita a expresar su opinión, a confrontar sus ideas, a buscar soluciones para su comunidad o para el país, sino que se le obliga a ser un número más, independientemente de si tiene ideas claras sobre política o no; en vez de esto, se le ataca por dos flancos para alinearse y alienarse al sistema social mediante una confrontación directamente emocional ante la posibilidad del desconocimiento y el rechazo social, por una parte, a través de campañas propagandísticas en extremo agresivas que rezan slogans tales como “Si no tienes credencial para votar, no existes, no te conozco” o “si no votas en las elecciones, entonces cállate” , mientras que por el otro lado, se restringe el derecho en las dependencias gubernamentales para realizar trámite alguno ante los organismos del sector público y privado en caso de no contar con el documento que lo acredite como parte del Instituto Nacional Electoral.

La credencial del INE se convierte así, no en un mecanismo para participar en la democracia, sino en un documento obligatorio para cualquier trámite administrativo en todos los ámbitos de la vida del mexicano y, como tal, hace que las personas mediante su registro en el Padrón Electoral, de cierta forma autoricen el gasto que representa el mismo INE para los impuestos de la ciudadanía.

Así pues, tanto las elecciones como el voto no tienen que ver con una libertad de expresión, sino con un auto-refrendo de un Instituto Electoral ya sea local o federal o como una legitimación del status quo de los partidos políticos, a los que actualmente sirve el INE a través de los consejeros impuestos por estos mismos. A través de este registro, el mexicano tiene el “derecho” de votar por un candidato o por un partido, más nunca la credencial para votar se convierte en un instrumento para exponer y defender ideas o propuestas sociales.

De esta forma tan primaria e inexpugnable, el sistema político democrático de México ya ha sometido y subordinado al mexicano desde su nacimiento y para toda la vida al engranaje de su funcionamiento, lo adiestra (que no lo educa) indirectamente para que coadyuve al sustento del sistema.

Volviendo al caso del niño recién nacido que es sometido desde una primera esfera por el sistema político, ese mismo bebé, a los pocos meses de vida es llevado por sus padres a ser bautizado por un sacerdote en un ritual de una religión a la que nadie le pidió su consentimiento para pertenecer, de la misma forma que a los tres años será presentado, sus padres lo enviarán a recibir una educación religiosa, deberá comulgarse y confirmarse y en un futuro casarse bajo los mandamientos de la Iglesia sin tener que cuestionarse en ningún momento el por qué lo hace, ya que es simplemente “algo que le inculcaron desde pequeño”.

La religión expone a las personas desde su infancia ante varias doctrinas y dogmas inapelables: por una parte, apela al sufrimiento y la abnegación como valores fundamentales del individuo, exacerbando la nobleza y entereza de la fe.

“Las cosas son así, nos guste o no” es una frase muy común que se puede escuchar en la cotidianeidad del mexicano y si bien parece ser una simple oración que hemos escuchado miles de veces, su trasfondo tiene varias vertientes para el objeto del presente discurso.

Mientras que, como ya hemos mencionado, desde su nacimiento el mexicano está condicionado por las instituciones del Estado a ser parte involuntaria y pasiva pero obligatoria de un sistema social, la religión potencia y reafirma este condicionamiento al sojuzgar la voluntad del mexicano con esta doctrina de sufrimiento y abnegación: la iglesia católica nos enseña que el sufrimiento es la vía del éxito; mientras más nos acerquemos al nivel de vejaciones que sufrió Jesucristo y mientras más resistamos todos los “golpes de la vida”, nos ganamos el famoso “lugar en el cielo”.

La iglesia católica defiende a cabalidad la idea de “recibir castigo hasta que duela” sin quejarnos, aceptando “las cosas malas que nos da la vida” todo esto con la fuerza de la Fe que nos promete que siempre habrá un futuro mejor y lleno de esperanza y alegrías.

Por supuesto, desde esta perspectiva, el Estado es el mayor beneficiario de que las personas sean fervientes seguidoras de este tipo de creencias, ya que el mantener a la población somatizada bajo los efectos del placebo discursivo de los sermones eclesiásticos, hace que los ciudadanos agachen la cabeza, acepten que la estructura del Estado es un mal necesario con el que hay que cumplir, jamás muestren reclamo alguno y preserven para las generaciones futuras el modus vivendi de la sociedad mexicana. La democracia y el sistema político del país quedan, en este sentido, en el mismo nivel de pensamiento que los dogmas eclesiásticos de la cristiandad.

Ante esto, el Estado se escuda diciendo que la Constitución Mexicana promueve una educación laica, gratuita y obligatoria (ya no se necesita inculcar ese tipo de valores que están previamente establecidos desde la fe católica) por lo que las instituciones educativas se enfocan en cercar la voluntad del individuo desde otras aristas.

En un aspecto muy primitivo, con el mismo rol que juegan un “Padre Nuestro” o un “Ave María” en la religión católica, en la escuela se le enseña a los niños de manera alienada a aprender los cánticos nacionales, el tradicional “Toque de Bandera” y el “Himno Nacional Mexicano”, éste último más para corear el inteligible masiosare y sentir cierta pertenencia social durante el inicio de los partidos de fútbol y al ver a un compatriota ganando una medalla en los Juegos Olímpicos que realmente por un cariño a los usos, costumbres, tradiciones, cultura y vida política y económica de un Estado Nacional.

La educación que imparte el Estado mexicano ha sido tradicionalmente a todas luces más técnica que reflexiva. Se invita a los niños a aprender palabras, hacer cuentas y memorizar fechas antes que a pensar y dilucidar los temas que se les enseñan: “7×4=28”, mas pocas veces se dice por qué.
Sin embargo, la abnegación que nos enseña la iglesia y el sometimiento al que estamos expuestos desde las instituciones del Estado nos determinan que debemos aceptar las cosas como verdades absolutas a las que nunca hay que cuestionar.

Se promueve a que el niño aprenda de memoria las tablas de multiplicar, pero no se le expone una sistematización del por qué las cosas son así. Ahora, pensemos esto en un contexto de las ciencias sociales: Democracia = El Poder del Pueblo. Al fin y al cabo, se nos enseña que ambos ejemplos deben ser tomados como incuestionables verdades absolutas.

Tanto a la aceptación incondicional de verdades absolutas como al sometimiento y la sumisión que se nos han impuesto mediante las enseñanzas de la Iglesia y el Estado, debemos sumar el hecho de que, al no existir una convivencia social primaria sólida en la familia, el individuo busca la aceptación de cualquier manera y al tomar como un hecho innegable que una forma de reconocimiento y aceptación social es el poder, esta búsqueda de poder se convierte en el individuo en un fin, al menos en nuestra sociedad, aun cuando, al igual que la democracia, la búsqueda y consecución de ese poder debiera ser un medio para generar beneficios tanto individual como colectivamente.

Así, una vez que el mexicano llega a obtener un grado de poder, sea o no dentro de la política, se corrompe su voluntad en la búsqueda de más poder. Al convertirse en servidor público, el mexicano deja de servir al pueblo. El servidor público se atribuye el derecho de ordenar, deleznar y maltratar a quienes debe servir y atender, aun cuando en su cargo no ostente autoridad alguna.

Las oficinas burocráticas se han convertido en indeseables centros de tedio, maltrato y vejaciones por parte de los trabajadores que ahí laboran hacia los usuarios. La palabra burócrata se ha convertido en un insulto en nuestra sociedad, cuando en la época de la Ilustración se concebía como un honor ser llamado de esa manera.

Juzgamos y criticamos de forma negativa a los servidores públicos que malentienden su rol de apoyo a la comunidad y explotan sus puestos públicos para su bienestar personal y familiar y con justa razón; sin embargo, cualquier persona que critique y juzgue a esas actitudes debe reflexionar si, en caso de que tuvieran la oportunidad de ascender a esa misma posición que con tanto ahínco deleznan y que contasen con las mismas prebendas y privilegios que ostentan quienes tienen ese pequeño poder, harían o no exactamente lo mismo que ellos, quizá consciente o inconscientemente, pero sí con la finalidad de alinearse con el sistema y evitar perder lo que hasta ese punto hubieran obtenido.

En esta línea de pensamiento, resultaría hasta hipócrita el pedirle a un político que considere realizar mejoras sociales a costa de sus intereses particulares por la simple educación a la que todos nos hemos sometido, por esta búsqueda incesante del poder y los procesos evolutivos de la vida del mexicano promedio que se han descrito.

Para clarificar un poco más este punto, pensemos en el caso particular que un diputado federal plurinominal que ha sido colocado por su partido en uno de los quinientos escaños del congreso, con lo cual se le asigna una dieta mensual de $77,745 pesos mexicanos mensuales, más la ayuda de atención ciudadana de $28,772, bono de asistencia legislativa de $45,786 , así como seguros de vida y de gastos médicos para él y todos sus dependientes económicos, cupones de avión, aguinaldo, vales de gasolina, bono de retiro y en su caso, celulares, automóviles, choferes y asistentes.

Este mexicano ha conseguido resolver su vida económicamente hablando, además de que ostenta un rango alto en la escala social, tiene un poder para movilizar a sus allegados debido a su estatus económico y político, puede formar una familia y llevarla a recorrer el mundo sin el mayor empacho debido a que la asistencia a su “trabajo” ni siquiera es obligatoria; sus hijos pueden asistir a colegios exclusivos de la alta sociedad, donde los niños pueden hacer desde pequeños vínculos sociales con hijos de empresarios, artistas y políticos, asegurando así su vida futura; inclusive, yendo un poco más allá, este diputado no sólo tiene cubiertos el aspecto económico y político, sino que incluso su exposición ante la sociedad le puede llegar a otorgar cierto grado de fama e incluso glamour al ser reconocido públicamente y hablarse de él en diarios, revistas, la radio, la televisión y las redes sociales.

Piensa, mi muy querido lector, que esta vida llena de beneficios que acabo de describir no fuera la de un político al que detestas, sino la tuya propia y que el día de mañana llegara yo a pedirte que renuncies a la mitad de todas estas cosas que tienes, sólo porque yo considero que al renunciar a tu ostentoso estilo de vida, daríamos un paso en pro del bienestar social. Honestamente, ¿lo harías?

Habiendo tocado ya el tema de la exposición mediática de un político, considero pertinente adentrarnos un poco en el papel que juegan los medios de comunicación masiva, tanto en la formación educativa del mexicano como en el proceso democrático y la sustentación del sistema político de nuestro país.

A la familia, la religión, las estructuras del Estado y la educación, debemos sumar este factor de vital importancia en la actualidad debido a que es un hecho que se los medios se han establecido como un mecanismo en extremo poderoso que se utiliza para mantener el sojuzgamiento y el control de las voluntades e ideologías sociales, no como un poder per se, sino únicamente como herramientas que se utilizan al servicio de los intereses de quienes los manejan, en este caso, el Estado y los empresarios que buscan mayor poder a través de sus vínculos con el mismo gobierno.

No se debe malinterpretar, no se trata de un debate sobre la satanización de los medios de comunicación en su concepción general, lo cual es tema de diversos debates desde McLuhan hasta la ley SOPA; lo importante aquí es enfocarnos en los contenidos relativos al poder, la política y la democracia, para saber cuál es la estructura de pensamiento que desemboca en la vaguedad de las concepciones sociales que se generan en los ciudadanos actuales y futuros que participan o participarán en los procesos electorales de nuestro país, así como en la auto justificación de las estructuras existentes y la barrera de contención que juegan los medios ante las críticas, las quejas y las demandas de la población.

Desde pequeños se nos ha enseñado por medio de la televisión, ya sea por medio de telenovelas, programas infantiles, caricaturas, ídolos deportivos, etc. que el ideal del ser humano es ser rico, famoso y poderoso, independientemente del talento, la habilidad, la capacidad, la inteligencia o la nobleza.

Salir en la televisión o tener miles de seguidores en las redes sociales se ha convertido en un modelo aspiracional; no importa si la gente habla de ti porque descubriste la vacuna contra el SIDA o porque te desnudaste o insultaste a un policía en completo estado de ebriedad. Lo importante es que se hable de ti, porque de otra manera, no eres nadie, “no existes” y la indiferencia en nuestro modelo de sociedad, como ya se ha manifestado haciendo alusión a las maquiavélicamente diseñadas campañas del INE, es un peor castigo que la muerte.

Ahora bien, retomemos el caso citado del supuesto diputado plurinominal que ha conseguido éxito político y fortuna y que ya tiene exposición en los medios de comunicación.

Este personaje ya ha conseguido escalar en el tejido social a tal grado que, aun cuando sea por acusaciones de fraude, por golpista, por haber ofendido y atacado físicamente a los demás diputados, por tener nexos con el narcotráfico, por lavado de dinero, por mal uso de sus influencias, por corrupción o por cualquier otro delito imputable, ya se está hablando de él en los medios de comunicación. Se ha convertido en un personaje que perversamente disfruta sus cinco minutos de fama y exposición mediática sin importar cómo los haya logrado.

En el mejor de los casos, el político toma los medios como una vitrina de exposición, ya sea convirtiéndose en boxeador, realizando una película o saliendo en las revistas del corazón por su romance con una actriz reconocida en el medio de la farándula.

Así, el político, más allá de un servidor público, se convierte en un personaje más de la vida pública, no como un actor social activo dedicado a la gestión y aplicación de la legislación, sino como un blanco de los chismes amarillistas, ya no sólo de la prensa de espectáculos, sino incluso de la prensa a nivel nacional, ya que los medios aprovechan estos temas inocuos para llenar la agenda de los denominados “temas de interés” y dejar fuera los debates de fondo, mismos que en pocas o nulas ocasiones se presentan en las cámaras legislativas y, mucho menos, ante las cámaras de televisión.

No podemos negar que la cámara de diputados se ha convertido en un circo mediático (más aún con la implementación del Canal del Congreso) en donde las ideas han dejado de discutirse, para dar lugar a una palestra donde el histrión tiene más relevancia que el idealista, ya que lo importante no es legislar, sino dar material para debates fatuos, carentes de contenido profundo, pero sí muy atractivos para saciar la necesidad de los mexicanos de consumir chismes y generar adrenalina a raíz de los conflictos de los otros a través de los medios.

Los puntos más álgidos de los debates del congreso son transmitidos en los principales noticiarios del país, dando a los mexicanos la idea de que al verlos, las personas se vuelven parte de las problemáticas sociales, que se convierten en animales políticos, más cultos por atender a la alta política del país, aun cuando dichos debates tengan el mismo nivel discursivo y coyuntural con que el “enamorado” es golpeado por su esposa en cualquier programa de Laura Bozzo.

Los temas controversiales y polémicos que se generan en la cámara de diputados se magnifican a través de los medios desde una perspectiva moral, más nunca nuclear y con esto se transmite y se preserva la idea de que no importa el contenido de fondo, sino la forma y las apariencias. Es una forma de redundar en la idea de la fama fácil, de los 15 minutos de Warhol, ya que cualquiera puede ser un idiota frente a las pantallas y si para obtener el mismo grado poder que los artistas y los diputados lo único que se necesita es ser un ente argüendero, escandaloso y sin cerebro que agite a las masas con arengas y lenguaje florido en un castellano mal pronunciado, entonces esta forma de vida se convierte en un modelo aspiracional a seguir, cerrando así el círculo educativo del mexicano en lo relativo a la política y a la ascensión al poder gracias a la exposición de las figuras públicas con que nos han acostumbrado a familiarizarnos las estructuras mediáticas de la comunicación.

Así estamos condicionados, así se nos ha educado desde una perspectiva general con respecto a la concepción del poder político y la ascensión al mismo; ahora bien, dirijámonos al desglose de las formas de control particulares del sistema político democrático de nuestro país.

El proceso electoral en México es muy simple: existen tres partidos políticos principales (PRI, PAN y PRD) los cuales se unen discrecionalmente y de acuerdo con las tendencias políticas y sociales con fuerzas políticas menores (PVEM, Morena, PT, Movimiento Ciudadano, etc.); estos partidos con sus respectivas alianzas buscan sumar la mayor cantidad de adeptos para que voten a favor de sus partidos y sus candidatos con la finalidad de ser ellos los encargados de administrar al país, de la misma forma como sucede en cualquier democracia civilizada del mundo.

Para lograr reunir la mayor cantidad de simpatizantes y votos, los partidos políticos se sirven de los medios de comunicación para generar campañas propagandísticas en tiempos de elecciones y así hacer llegar sus mensajes y propuestas a la ciudadanía en general, igualmente, una práctica habitual establecida alrededor del mundo.

Para el objetivo del presente ensayo, lo interesante es observar cómo se desarrollan estas campañas y cómo se juega con los condicionamientos previamente descritos del mexicano en general.

El uso del concepto del miedo es una práctica habitual en las campañas propagandísticas de los partidos políticos para atacar a los oponentes y condicionar a los votantes a que un voto por los demás partidos es dañino para la sociedad, de la misma forma que se ha citado que hacen las campañas de autorreafirmación del INE.

Estas campañas atacan a los temores más profundos e irreflexivos del mexicano, se somete al individuo ante la necesidad de una aceptación social, del sentimiento de pertenencia a un grupo social, se transgreden los aspectos más vulnerables de la psique del individuo en niveles muy primitivos, que lejos de fomentar una participación ciudadana responsable en un proceso democrático, pretende únicamente alcanzar niveles de validación y refrendo entre las propias instituciones, mantener el statu quo y asegurar así la existencia y prevalencia de los centros de poder político, económico y social, cuya finalidad real nunca será lograr acuerdos por el bien de la ciudadanía ni hacer una mejor gestión de los asuntos de interés público, sino simplemente refrendar su existencia e incrementar al máximo sus nichos de poder.

Las elecciones administradas por el INE, sobre todo las elecciones para presidentes y gobernadores, se han convertido en deprimentes espectáculos con un bajo nivel discursivo y político, quedando en un grado de Reality Shows en los que los partidos políticos erigen a un personaje que debe ser votado por los electores de la misma forma que programas televisivos como “La Voz México” o “La Academia” buscan que los espectadores se identifiquen y voten de libre voluntad mediante una contribución económica disfrazado del costo del voto por un personaje que quiere ser el nuevo cantante de moda.

Tomando este ejemplo, así como los telespectadores otorgan su dinero a la empresa televisiva y costean el mismo programa mediante la inversión en su cantante favorito, al formar parte del padrón electoral e ir a las urnas a votar, el ciudadano justifica el gasto público que representa el INE, de forma tal que no se puede ni se debe criticar al mismo, ya que la existencia del INE se refrenda como un reflejo de la voluntad del ciudadano. De esta forma, criticar al gobierno, al INE y al Sistema Político Mexicano e ir a votar es un acto tan hipócrita y absurdo como desdeñar y atacar a la fiesta brava a la vez que se digiere un jugoso corte de Sirloin. 

Casi 200 años después del término de la Guerra de Independencia, mientras que aún seguimos juzgando a Agustín de Iturbide por tratar de organizar al país con una estructura a la que estábamos acostumbrados, los mexicanos continuamos la búsqueda de un ente que nos salve de nuestra miseria, de un tlatoani, de un emperador, de un Porfirio Díaz o un Santa Anna, un líder supremo que tome nuestras responsabilidades ante nuestra propia incapacidad de tomar decisiones y realizar las acciones que influyan de manera positiva en la convivencia social. Por esto existe una afluencia tan importante de votantes que justifican inconscientemente el estatus quo del país al marcar una opción en la planilla de votación o incluso al anular su voto de manera presencial en los centros de votación del INE.

Las campañas de los partidos políticos sólo dicen lo que el electorado quiere escuchar debido a la exposición mediática con que cuentan en busca de encontrar votos, más no en busca de solventar las necesidades del pueblo. La toma de decisiones impopulares no es una opción viable aun cuando una decisión impopular sea la mejor. Es como si un médico decidiera no amputar el dedo meñique del pie a un niño con cáncer sólo porque sus allegados creyeran que se “vería mal” si lo hiciera, aun sabiendo el médico que en un par de años al mismo niño tendría que amputársele la pierna o incluso pudiera fallecer al mediano plazo.

En este país en donde el cinismo y la desvergüenza de la politocracia es patente y en que los políticos no asumen responsabilidades, a la vez que la justicia se aplica de manera discrecional sólo cuando se pueden presentar efectos secundarios favorables o desfavorables para los intereses de ciertos grupos, el sistema político democrático de México se convierte en una carta de invitación abierta para que el ciudadano promedio no dude en buscar oportunidades de subsistencia en otros países, desde las tierras que ofrecen la posibilidad de buscar la felicidad como un derecho inalienable hasta países con menor grado de desarrollo pero con una mayor calidad de vida.

Desde las mentes brillantes, pasando por los empresarios e incluso el agricultor más humilde, que tenga la capacidad de distinguir dos dedos de frente, no dudan en abandonar cuanto antes a una “patria” por la cual jamás un ser humano guardaría el menor respeto, cariño y comprensión más allá del cariño hacia las personas que se quedan en esta tierra. ¿Creemos verdaderamente que la vasta migración de mexicanos hacia los Estados Unidos es un hecho meramente económico, aislado e incomprensible?

Si bien no todos se atreven a abandonar el país como las ratas abandonan al barco que se hunde, tampoco todos los ciudadanos se quedan pasivos sin manifestarse en contra de estas formas de control tan institucionalizadas; sin embargo el control de las mismas instituciones a través de los ya mencionados esquemas sociales que han permeado a través de los tiempos en la propia sociedad puede ir más allá.

Por una parte, mientras las doctrinas de adoración y veneración incondicional hacia la Virgen de Guadalupe, el fútbol y las telenovelas sigan sesgando el conocimiento y sojuzgando a la población con los dogmas de “sufrir hasta que duela”, “cambiar de esposa y de familia antes que cambiar de equipo” o “el sufrimiento y la abnegación te otorgarán un lugar en el cielo”, el perverso masoquismo del estatus quo de este sistema no podrá cambiar.

Por otro lado, mientras que a través de los medios de comunicación se siga manipulando la necesidad del mexicano promedio de reflejarse en las victorias de los demás por no poder ser un ganador en su vida cotidiana y poder manifestar esa “superioridad” mediante burlas con la finalidad de humillar a los otros, nuestra sociedad seguirá aceptando esta estructura de poder, ya que el haber votado por el partido político o por el candidato que resulte vencedor en las elecciones seguirá manifestándose en la vida cotidiana como un motivo de orgullo, aun cuando el candidato aplique avariciosas políticas sociales que beneficien al partido y a su persona a costa de la sociedad, mientras que de fondo, esa victoria de la que se ufanarían los adeptos al partido quedaría en el nivel de congratulación de que el equipo de fútbol al que soy partidario hubiera ganado el campeonato.

Así pues, ¿En qué nivel quedan las quejas del mexicano con respecto al sistema político y a los procesos electorales?

Si bien, como menciona Octavio Paz , el mexicano tiene la característica de buscar ocultar a toda costa su vulnerabilidad ante los otros, actualmente la colectividad y sobre todo tratándose de asuntos políticos, me atrevo a manifestar a título personal que el mexicano encuentra cierto placer perverso en aceptar sus flaquezas de espíritu al hacer patente su descontento ante una transgresión sufrida generada por el sistema político mexicano, frente a la cual, indefenso, no tiene más que agachar la cabeza, tragarse el coraje y murmurar en un desahogo contenido los clásicos: “Estamos fregados”, “Ya nos chingaron” y “Pues ya qué…”.

En este estado en que impera la politocracia/partidocracia y en donde abunda la avaricia de la clase política carroñera que sólo se rota los puestos de poder entre los mismos integrantes del partido, en que los burócratas sindicalizados infundados en nada más que su ambición buscan ya no sólo un bienestar personal (tampoco pensemos en un beneficio social) sino un desahogo de sus frustración con base en la doctrina de “chingar a los demás”, el progreso no es una tarea ardua, sino un objetivo terminalmente inalcanzable.

La gente se indigna con los sueldos de los diputados, no porque no hagan bien su trabajo, sino por codicia, por avaricia, por esa cultura que tenemos permeada hasta las entrañas de “desear lo que el otro tiene” de la misma forma que en esta cultura capitalista se nos enseña a desear inclusive hasta a la esposa del vecino.

Ante esta frustración y atadura de manos, los medios se erigen como vitrinas para exponer nuestra quejas, podemos escuchar que en todos los programas de radio los líderes de opinión se indignan y se quejan amargamente de las tranzas de los políticos, de su poca pericia para manejar la agenda pública y su falta de acción. Los noticieros deleznan el trabajo de los líderes de los partidos, senadores, diputados, gobernadores y del mismo presidente, las figuras públicas se ponen del lado del ciudadano y comparten sus dolores, sus carencias, humanizan a las víctimas. ¿Y luego?

No podemos pedir ni exigir a los actores de los medios de comunicación que se unan a las causas sociales de manera activa, aunque quizá en su calidad de líderes de opinión, pudieran hacer un esfuerzo fuera de los medios para movilizar a la sociedad.

Los líderes de opinión responden a sus intereses particulares y a los de su empresa y es muy claro que los empresarios de los medios se conforman con obtener una mayor audiencia y la simpatía del pueblo, ya que esto les representa un beneficio económico con los anunciantes, sirviendo a la vez de parapeto de las instituciones gubernamentales, ya que ellos reciben las quejas de las personas, mas no tienen la obligación de realizar actividad alguna, aun cuando el pueblo general dentro de su ignorancia crea que es así. Hablamos de un esquema de violencia estructural solapado y potencializado por los medios de comunicación.

Las excéntricas necedades mediáticas institucionalizadas tales como el Teletón e Iniciativa México, así como las oportunistas campañas de acopio en apoyo a los Tarahumaras son un claro reflejo tanto de la colusión de los medios de comunicación con el gobierno así como de las carencias de programas sociales gubernamentales, pero que a la vez dejan al descubierto la trascendencia de los propios medios para amplificar el antiguo y funcional método de “pan y circo” que convierte a los movimientos sociales, tales como a la marcha de Javier Sicilia y los diálogos del Sr. Martí así como a las elecciones de todos los niveles, en eventos con características similares a los Reality Shows televisivos, dejando patente el sello fársico típico de las estructuras mediáticas con que se presentan los contenidos políticos a través de la radio y la televisión en la actualidad. La realidad política y social se vuelve un entretenimiento superfluo y nada más.

Si bien es cierto que estas campañas de “concientización” y “solicitud de apoyo” a la ciudadanía pueden ayudar en cierta medida a contribuir en la atención a algunos problemas sociales tales como la mejor calidad de vida para los discapacitados, la generación de sistemas de riego en comunidades apartadas y la prevención de la delincuencia, así como la ayuda económica y material a los más necesitados, desafortunadamente estas campañas se han convertido en vitrinas de exposición que buscan enaltecer la “conciencia social” de los medios y las empresas comerciales, cuando a todas luces se trata de vías de exención de impuestos y publicidad gratuita estos, además de que amparan la ausencia de programas gubernamentales sólidos y bien fundamentados que atiendan a estas necesidades.

¿Por qué habría el gobierno de programar ayuda a los Tarahumaras y generación de empleos para los mismos en el presupuesto anual, tanto a nivel federal como estatal, si se pueden hacer colectas anuales en la población civil mediante campañas propagandísticas en los medios de comunicación para que sintamos lástima hacia los indígenas a lo largo y ancho de la República Mexicana y aportemos nuestra cuota, ya sea en especie o en plata, para que se les manden cobijas y despensas, fomentando de paso un gasto extra entre la ciudadanía, mismo que impulsa el comercio y de paso beneficia directamente a los sectores comerciales e industriales?

En este contexto, la actitud del mexicano ante las decisiones políticas sobrepasa ya la barrera de la educación para situarse como un problema de cosmovisión, de idiosincrasia cultural del mexicano. Más allá de un laberinto, el mexicano del año 2012 está confinado en un cuarto de cuatro paredes, en el que la publicidad, la propaganda, la religión y las tradiciones le cierran el camino, para que la base del sistema político y el techo de la economía lo vayan triturando poco a poco hasta dejar su alma y su voluntad resquebrajadas, compactadas, castradas, inútiles, cual si fuera una maquinaria alienada, destinada a servir al sistema y jamás salirse de él.

Sin embargo, ante esta realidad, debemos entender que el Estado mexicano no es un Estado fallido. Lo fallido es tanto el sistema educativo, los valores que se enseñan a los mexicanos y el sistema político que lo rige. El Estado funciona, quizá no de la mejor manera, pero sigue habiendo generación de empleos (así como recortes de los mismos) y posibilidades de desarrollo (aun cuando no se trate de un desarrollo equitativo); las ratas pueden crecer y desarrollarse hasta que tengan las suficientes fuerzas para entender que deben abandonar el barco y salir de él.

En México sobrevivimos a la democracia, a los partidos políticos y a los procesos electorales, pero no hay forma de hacer algo a corto plazo para cambiarlos por la propia idiosincrasia del mexicano que ya se ha abordado a lo largo de este texto.

Acerca del qué hacer para cambiar las cosas y buscar mejoras sociales de fondo… La respuesta es muy simple y conocida por todos, de la misma forma que muy utópica por idealista: una mejor educación para los mexicanos, concientización de los factores expuestos a lo largo del presente texto para que, desde pequeños, los futuros líderes en todas las esferas no busquen el poder por el poder sino por el bien de los demás y se genere un cambio en la idiosincrasia conformista y agachona del mexicano promedio.

Ya que esto es prácticamente imposible y en búsqueda de alternativas viables y más aterrizadas, lo mejor es que las ratas más evolucionadas busquen elaborar y dilucidar formas para generar cambios en la forma de hacer política y de legislación a nivel global, buscar nuevas estructuras políticas y de organización social que reemplacen a la arcaica democracia contemporánea, ya que por más perfecta que pudiera ser una variante del Estado Democrático o una reforma legislativa de fondo bajo el régimen actual, si no se aplica o se aplica a conveniencia de intereses de grupos de poder, como sucede en México, la evolución social jamás pasará de ser un sueño, un mero ideal.

La tarea de los científicos sociales para buscar cambios en el sistema político mexicano se puede equiparar a la búsqueda de un físico que desea encontrar la explicación de las once dimensiones que propone la teoría de las supercuerdas. No es algo imposible, sólo hay que mirar fuera del cascarón en el que nos desenvolvemos y quizá podamos sorprendernos con lo que existe más allá de nuestra cotidiana realidad.

De una u otra forma, la idea fundamental es en un primer nivel concientizar a los mexicanos de hoy en día para que den el primer paso, el reconocimiento de lo que está saliendo mal, cómo está saliendo mal, cuáles son los mecanismos de control que se generan en las esferas políticas, sociales y culturales y así buscar la forma de atacarlos.

Una vez que la población sea consciente y tenga clara la idea de la semilla podrida o el chip alienado que se genera en todos los niveles políticos, educativos, éticos, mediáticos y religiosos que se mencionan en este ensayo y asuman su responsabilidad, no con el gobierno ni con la democracia de hoy en día, sino para con sus estructuras sociales y no sólo individuales a largo plazo, sólo entonces podremos pensar en una verdadera evolución como individuos, como sociedad y buscar así la forma de generar nuevas tendencias de pensamiento, de aplicación de la justicia, de gobernabilidad… de libertad.

Por: César Adair Tinoco López

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