Unidad nacional y
nacionalismos
Luis Suárez, el controversial
delantero uruguayo quien se viera envuelto en la polémica hace un par de días tras
presuntamente morder a un jugador italiano durante el partido entre charrúas y azzurri, ha sido multado con alrededor
de 110 mil dólares y suspendido por nueve encuentros internacionales con la
selección uruguaya, además de que no podrá participar en actividad futbolística
alguna durante un periodo de 4 meses, sin tener acceso siquiera a estadio
deportivo alguno, ya sea como jugador o espectador. La FIFA, sin lugar a dudas,
ha decidido hacer de Suárez un ejemplo del rigor con que el organismo pretende
ser apreciado, acallando las voces de indignación que se han generado a nivel
mundial tras el controversial acto y tratando de retomar un poco de la
credibilidad deportiva perdida tras los dudosos trabajos arbitrales que se han
presentado a lo largo del torneo.
Sin embargo, ya sea
justa o injusta la sanción, un tinte de polémica se ha añadido a la discusión
una vez que el carismático y controversial presidente uruguayo José Mujica, ha
declarado su apoyo al futbolista de su país, manifestando que Luis fue elegido
para representar al seleccionado nacional por su nivel futbolístico, mas no por
tener excelentes modales. Mujica ahonda en la controversia al resaltar que en
el fútbol debe cumplirse lo que marca el árbitro, más no se deben tomar
decisiones por lo que sale en la televisión, o de otra manera, también habrían
de revisarse los penales que “se tendrían que pitar y que no se pitan”; Mujica,
con gran inteligencia, retoma uno de los temas más incómodos para la FIFA en
pos de exhibir la forma tan condicionada con que el organismo rector del
balompié sentencia a justos por pecadores y busca chivos expiatorios para
distraer la atención de ciertos problemas de fondo que no se han querido
solucionar desde hace décadas.
Más allá de que
Mujica pueda o no tener razón en lo futbolístico o en lo reglamentario, lo que
llama la atención es el hecho de que, en su calidad de mandatario de un país,
se atrevió a manifestarse abiertamente en favor de su jugador, saliendo en
defensa de un acto ampliamente condenado por la comunidad internacional,
opinando contra corriente en pos de cobijar a uno de los suyos en un acto
visiblemente paternalista y acogedor. Si bien durante su mandato Mujica ha propuesto
una política centrada en atender las necesidades de su pueblo antes que brillar
en la comunidad internacional, es claro que hacia el extranjero el mandatario
ha sabido manejar la percepción que existe sobre él y las declaraciones
relacionadas con Suárez se suman a sus geniales actos de unidad nacional que
contribuyen al posicionamiento de su persona, de su sociedad y de su país a
nivel mundial. Al final de cuentas, aunque malentendido en muchos aspectos por
considerase populista y atacado por los medios de centro-derecha por ser de
izquierda, Mujica podrá ser criticado, pero sus dotes de estadista están
presentes. A Mujica lo define su amor por su país y por su pueblo. Un verdadero
nacionalista.
Volvamos a la
cancha: además de Mujica, al ser cuestionados sobre el caso de Suárez, tanto el
capitán del cuadro uruguayo, Diego Lugano como el técnico Óscar Tabárez mostraron
con vehemencia su apoyo a Suárez, a quien defendieron con carácter y
temperamento, a capa y espada en contra de los comentarios negativos de la
prensa internacional (la inglesa en particular) en contra su compañero. Ese
carácter uruguayo recio, inconmovible, siempre dispuesto a defender al otro, se
ha corroborado en las redes sociales, donde los aficionados uruguayos se han
volcado con manifestaciones de apoyo a Suárez, quien quizá sea el jugador
charrúa más emblemático de los últimos tiempos tanto por su carisma y su
calidad como futbolista. Más allá de la acción de morder a un rival dentro del
terreno de juego (o la intención de hacerlo), el pueblo uruguayo está unido como
siempre lo ha estado para defenderse entre ellos. Y no es por casualidad ni
únicamente porque el incidente de la sanción los haga sentirse vulnerables y
defenderse como un perro al que están golpeando. Que no se malentienda. Se
defiende al hombre, no al acto. Se defiende a Suárez por ser uruguayo, no al
hecho de la mordida en sí. Y se defiende a ultranza, a muerte. El carácter de
los uruguayos tradicionalmente es de lucha. Así es la famosa “garra charrúa”,
que en los momentos de adversidad saca el temperamento para pelear contra quien
sea, defendiendo siempre y en todo momento a su hermano. No por simpatía, sino
por empatía. No por condescendencia, sino por dignidad y por amor a su sangre. Mucho
habría que aprenderles.
Como nos muestra el
ejemplo uruguayo, no podemos negar que la copa del mundo exalta el espíritu
nacional tanto de los equipos como de sus aficiones. Tomando otro ejemplo, en
el partido de la semana pasada que enfrentó a Costa de Marfil ante Colombia, el
centrocampista marfileño Serey Die rompió en llanto ante las cámaras durante la
entonación del himno nacional de su país, emulando al futbolista norcoreano Jong
Tae-Se, quien de igual forma sucumbiera ante las lágrimas de emoción por jugar
una copa del mundo ante Brasil hace cuatro años en Johannesburgo. Este par de
expresiones tan emotivas como improvisadas, a su vez contrastan con el patético
intento del astro brasileño Neymar, quien en el partido ante México pretendió
tener el mismo gesto aunque con una capacidad histriónica poco envidiable. Serey
Die ha sido un jugador cuya carrera ha estado llena de escándalos, entre los
que se le ha vinculado con arreglo de partidos y violencia contra un niño de 13
años, por lo que no es de extrañar que el hoy jugador del Basilea de Suiza, al
verse en la máxima tribuna futbolística, haya tenido un brote emocional tras
una carrera con altibajos que hoy se vio coronada con su participación como
titular defendiendo a su nación. A reserva de saber el efecto real que este
acto pudiera tener en la afición marfileña, la imagen que nos queda de Die sin
duda nos expone ante la sensibilidad de un pueblo herido por las luchas
intestinas típicas de África, pero con un rostro que siente, que vibra, que se
emociona ante la idea de saber que se puede salir adelante tras años de
adversidad.
Y si de himnos
hablamos, una de las manifestaciones más representativas de nacionalismo que se
han presentado en esta copa del mundo ha sido la entonación del himno nacional
de Francia, no sólo al inicio del partido, sino durante el transcurso del
mismo. En esta primera ronda, durante los partidos del seleccionado francés,
los aficionados galos han alentado a los suyos cantando a capela algunas
estrofas de La Marsellesa durante el desarrollo del juego. Mientras otras
selecciones tienen expresiones culturales específicas para apoyar a su equipo, ya
sean barristas argentinos, la torcida brasileña y hasta los cánticos ingleses, los
franceses han acordado utilizar un símbolo tradicional, representativo y
poderoso que sin duda causa emoción e infunde coraje y orgullo a los
futbolistas y aficionados que escuchan el aliento a los “hijos de la patria” en
la cancha, las tribunas y en casa. Un impulso a la batalla, un llamado
simbólico a las armas, a enfrentar al enemigo, a lograr la victoria ante el
opresor. Qué forma tan digna (y estética) de alentar a una selección nacional. En
una sociedad dividida que ha elegido una representación de ultraderecha ante el
parlamento europeo para los siguientes cuatro años, en donde la xenofobia es
tema cotidiano, el cobijar las diferencias sociales bajo el estandarte de una
multirracial selección nacional tiene mucho mérito. Por ello, la forma de
hacerlo tiene mucha importancia. Unir a la sociedad bajo los estándares
adecuados, puede generar una evolución social, con un mejor entendimiento,
mejores perspectivas de desarrollo. La entonación de La Marsellesa no es un
hecho aleatorio. Se pretende mostrar una Francia unida, soberana e incluyente,
tanto hacia afuera como hacia adentro, La intención con que se hace cuenta, y
mucho.
(Imagen
tomada del portal www.fifa.com)
¿Qué sucede en
México en temas de unidad nacional cuando se trata de cobijarnos bajo el tipo
de símbolos aquí citados? Habiendo ya analizado previamente las actitudes de
los integrantes del equipo mexicano en lo referente a sus manifestaciones de
júbilo dentro del terreno de juego, aquí nos centraremos en las actitudes de la
tribuna y del público que apoya desde nuestro país. Empecemos con los “himnos”.
En los últimos
años, hay cuatro gritos que distinguen a la afición mexicana que asiste a las
copas mundiales, siendo el más reciente el caso de gritar al unísono la palabra
“Puto” cada vez que el arquero rival despeja de puerta y que a raíz de la
investigación y la amenaza de la FIFA por castigar al equipo nacional, los
aficionados lo utilizan ahora para presionar a los rivales en cada tiro libre,
cada tiro de esquina y cada oportunidad en que haya un balón detenido a favor
del equipo contrario. Iniciando con este caso, lo que une al mexicano es
simple: el machismo, la testosterona y un dejo de homofobia. Se podrá matizar
que decirle Puto a alguien puede tener muchos significados, pero como bien
versara Octavio Paz, lo que se denosta al pronunciar la palabra es al que se
“raja”, al que pierde la virilidad y es simbólicamente penetrado. Cobarde,
miedoso, rajado; se feminiza al sujeto. Y se le feminiza con tintes de hacerle
inferior. No se le trata como homosexual al decirle Puto. Se pretende hacerle mujer.
Y en el contexto en el que se usa el término, se sobreentiende que esta
transformación es algo negativo. De acuerdo, el decirle Puto a alguien quizá no
sea homofóbico, podemos comprenderlo. Sin embargo, siguiendo este pensamiento,
el grito de “Puto” tiene tintes de misoginia y machismo. ¿Eso lo hace mejor? Y
peor aún, ese es el nivel cultural que exportamos. Eso es lo que el mundo
aprende de la cultura mexicana gracias a la exposición que nos da el mundial
como sociedad. Al traducirlo al inglés para intentar explicarlo, no me resultó
sencillo hacer entender a un grupo multicultural de qué forma el uso de una
palabra como “faggot” no tiene connotaciones tan negativas en nuestra cultura.
Y peor aún: al ser criticados
y amenazados con el ejercicio de la autoridad, los mexicanos nos sentimos ofendidos,
atacados, incomprendidos y salimos a defenderlo con nuestra vida. ¿En qué
difiere esta defensa del caso Uruguay-Suárez? En que los uruguayos defienden a
un hombre, a uno de los suyos, mas no a la mordida, el acto en sí. Por su
parte, los mexicanos buscan explicaciones para justificar el uso del insulto. No
se defiende a quienes lo usan, porque muchas veces ellos mismos no lo
acostumbran en su léxico cotidiano. La defensa del acto se centra en la gracia,
en la “mexicanidad autóctona” que nos hace tan simpáticos dentro y fuera del
país. Sin embargo, esa mexicanidad es, a final de cuentas, transgresora, vil,
vulgar y poco-fina.
El macho mexicano
no le teme a la muerte, no es rajado, porque serlo es negativo. Cualquier símil
simbólico con una mujer se tilda como denostable. Por eso se defiende el uso
del “Puto”, incluso entre las mujeres. Se defiende lo que no se entiende y se
le enmarca en manifestaciones de pastelazo y poco profundas para, de nuevo,
mostrarnos diferentes ante el mundo. #TodosSomosPutos se manifiesta en las
redes sociales en busca de decir que en México somos incluyentes. Pero este
acto de inclusión se realiza de forma ligera, por ser mainstream, más no por el fondo. A este paso, el siguiente será
usar la etiqueta #TodosSomosAsesinos como algo natural. El mexicano se suma, se
incluye en redes sociales y fuera de ellas por el simple hecho de pertenecer,
de ser visto, de no afrontar la soledad, por pereza de analizar, de buscar sus
propias convicciones y seguirlas, disfrutando mejor de la comodidad de ser
parte del rebaño. Atreverse a “no ser Puto” (en términos mundialistas) implica
críticas y curiosamente, al que no es Puto, con ironía, se le termina tachando
de Puto. No seas Puto, súmate al #TodosSomosPutos.
Si es ofensa o no,
es lo de menos. La intención con la que el mexicano usa el término es con un
afán degradatorio, de agresión. Aun cuando no lo racionalice por ser parte
inherente de su cultura, lo que le enseñaron en casa. Y eso, en el análisis
frío, es lo que mostramos como sociedad. La FIFA desistió del castigo no ante
la presión social ni porque haya investigado a fondo el uso lingüístico del
término en las costumbres y usanzas de los mexicanos. Sino porque no tiene
caso. No es trabajo de la FIFA educar a una sociedad mexicana que parece no
poder educarse. Mejor desistir. Y si vamos un poco más a fondo, si entendemos
la misoginia que el término implica, incluso la FIFA haya quizá desistido para
evitar sacar a colación la misoginia del mismo jefe del organismo, Joseph
Blatter, quien en alguna ocasión mencionara que para hacer el fútbol femenil
más atractivo habría ponerles pantaloncillos
más ajustados a las jugadoras. Sepp Blatter y la afición mexicana
parecerían tener algo en común.
Siguiente frase:
“Olé”. Si bien es un grito que entre latinoamericanos e ibéricos se encuentra
arraigado, el hecho de que una expresión proveniente de la tauromaquia se siga
utilizando entre los mexicanos puede ser cuestionable en tanto miles de
personas en el país protestan airada e incansablemente en pro de los derechos
de los animales, enalteciendo al gobierno por la reciente prohibición del uso
de animales en espectáculos públicos tales como circos, pero que al momento de
ir al estadio no tienen el menor empacho en corear tal expresión en tono de
burla al equipo rival. Al igual que el Puto, el léxico taurino tiene larga tela
cultural de dónde cortar. De igual forma, el torero es una representación de la
virilidad, que en una lucha desigual, doma a la bestia, la agota físicamente
mediante la faena, la domina y termina con la penetración del acero en el corazón
del animal. Hay una herida mortal abierta (rajada) y hay brotes de sangre. Estudios
académicos tales como los realizados por Michel Leiris, Kirrilly Thompson y Timothy Mitchell (ver referencias) exponen la
relación erótica de feminización en el sacrificio del toro y la negociación de
virilidad que existe durante la faena. Utilizar el Olé bajo cualquier
circunstancia es un recuerdo a esta actividad, a la relación sensual y a la vez
mortal entre toro y torero. Es domar a la bestia mediante movimientos
cadenciosos para hipnotizarla y así asestarle el golpe de gracia. Para los
puristas, es un acto barbárico. Los defensores de los animales observan con
gran desprecio a la fiesta brava, pero cuando se habla del léxico en otras
circunstancias, se defiende como una manifestación cultural. Y eso es lo que
utilizamos en los estadios; y eso es lo que presentamos ante el mundo. El
mexicano aún se sigue burlando del condenado a muerte cual si estuviese en el
circo romano, feminizando al rival cual se humilla al toro en el tercio de
muerte durante la penetración del acero. A pesar de que no haya asesinato en un
partido de fútbol, el acto simbólico está presente.
Proseguimos con nuestro
más representativo grito de guerra, el “Cielito Lindo”. No discutiremos si la
canción es de origen ibérico o mexicano, ya que eso está por debajo de este
análisis. El contenido es lo que cuenta. “Ay, ay, ay ay; Canta y no llores;
Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.” La pregunta que
surge al ver esta estrofa y analizarla por un par de segundos es ¿por qué se
utiliza una canción melancólica para apoyar a un equipo? El verso le pide a
alguien que cante y que deje de llorar. El que llora está triste. Se le pide
que, literalmente, “pare de sufrir” y trate de alegrarse. ¿Cómo llegó una
canción tan patética (por deprimente) a los estadios de fútbol? Si, como
Francia, se cantara el coro del himno nacional mexicano, la respuesta sería
diferente: “Mexicanos al grito de guerra, al sonoro rugir del cañón. Y
retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón”. Un grito de
ánimo, de impulso, de llamado a las armas para una lucha entre iguales. No para
domar a una bestia, no para insultar a alguien, no para rajar o feminizar, sino
para exaltar el valor y el coraje de los héroes propios que se debaten entre el
triunfo y la derrota, que confrontan a un rival extranjero. Si escuchásemos eso
en un estadio, la emoción sin duda embargaría a todos y renovaría nuestro
cariño por el país. Pero no se hace. No es conveniente difundirlo. Dotar a los
mexicanos de valor, coraje, garra, temperamento y convicción no vale la pena. Exaltar
el patriotismo en pos de unidad nacional es peligroso. Cobijar izquierda y
derecha, ricos y pobres bajo una misma bandera es dañino para los de arriba. Es
mejor tenerlos domados, agachados, tristes, con la mínima esperanza para que
sigan adelante en condiciones contrarias. Canten, no lloren. El poder de la
frase refleja mucho la dominación en que estamos como pueblo, tanto que
cantamos esos versos con el mayor de los gustos, porque entendemos que no
aspiramos a la felicidad ni a salir adelante, sino a evitar en la mayor medida
de lo posible el sufrimiento al que, como sociedad y desde las instituciones
políticas y económicas, estamos condenados.
Y finalmente el “Sí
se puede”. Se exporta el grito “quemar las naves” ante la adversidad (los
aficionados de Ecuador ya lo utilizaron en esta copa en su partido contra
Francia). Si en México existiese una preparación adecuada y un programa de
trabajo sólido que se llevara a cabo, los partidos se ganarían desde el
comienzo y no se tendría que recurrir a que en los últimos minutos “con el
Jesús en la boca”, el sufrimiento y la esperanza se reflejaran en un grito de
aliento que más que animarnos, nos recuerda que durante 80 o 90 minutos no se
trabajó bien; que durante 4 años los procesos de preparación no se llevaron a
cabo; que durante los últimos 50 años, no se ha generado un programa a largo
plazo en el que se desarrollen jugadores desde las fuerzas básicas para que,
llegada la hora, no se tenga que remontar un marcador durante un mundial, sino
que sea el rival el que tenga que redoblar los esfuerzos para contrarrestar un
marcador adverso propiciado por nosotros. Pero no. Nos quedamos con la idea de
que es muy bonito alentar al equipo con un “Sí se puede” cuando se vaya
perdiendo. Volvemos a la teoría del sufrimiento. Poner la otra mejilla. Dar
todo hasta que duela. Bueno sería plantearnos el cambiar estos estándares.
Para concluir, y
hablando de llantos: ¿por qué los jugadores mexicanos no se exaltan ante la
entonación del himno nacional al grado de llegar a las lágrimas? Y ya no
digamos al llanto, sino a mostrar emoción alguna. Luego de los tres partidos,
al ver a los connacionales entonar el himno, lo primero que viene a la mente es
la frialdad con que el equipo se forma durante la ceremonia protocolaria. Mientras
en la tribuna los aficionados se desviven gritando cada verso, los once futbolistas
entonan el himno con caras largas, sin sonrisas y sin pasión. Te formas, bien
paradito, bien peinadito y bien portadito. ¿Concentrados? ¿Estoicos? ¿Respetuosos?
Quizá. Pero qué diferencia marca el momento de anotar un gol, donde la emoción
se desborda. Los seleccionados no responden ante la sangre, ante la unidad
nacional. Escuchar retumbar el estadio durante tu himno debería ser conmovedor
y emocionante, generando una lucha interna por contener las lágrimas. Pero no
para ellos, quienes han estado en esas circunstancias cientos de veces y que
parece no afectarles la situación. Para ellos es un himno más, algo que hay que
cumplir. Lo que importa es el éxito personal. Si Ochoa ataja, si el Chicharito
anota, es ahí donde ellos sacan la pasión, porque saben que el logro personal
les traerá beneficios personales. Pero no antes, no sin propósito, al menos no
el común. Gio, Ochoa y Márquez, en respectivas ocasiones, ya han mostrado su desdén
para con la selección en tiempos pasados, Ochoa incluso decidiendo no honrarnos
con su presencia en el equipo si no se le garantizaba ser titular. Por ello,
cuando se presente un momento de controversia, el mexicano no los defenderá
como los uruguayos a Suárez. No habrá la sangre que nos una, la empatía
nacional por ellos y si exploramos un poco más, incluso el criticarlos por las
estratosféricas diferencias socioeconómicas que existen entre los ídolos y el
pueblo, ya es una práctica usual.
Históricamente se
ha criticado a Ochoa por “Hacer Sándwich”, por poner más atención a la
publicidad y a contratos comerciales antes que a lo deportivo, a su eficiencia
en el arco nacional. Son sabidas las cifras que cobran los futbolistas por
jugar a la pelota, lo cual, lejos de ser un modelo aspiracional, se convierte
en un motivo de envidia, de celos y de enjuiciamiento. ¿Por patear la pelotita
le pagan un millón de veces más que a mí, que me mato 48 horas trabajando entre
semana encerrado en una oficina? Por ello, el mexicano no se conecta con los
hombres, no hay líderes, no hay unidad con el equipo, incluso entre ellos. Se
cree en la camiseta verde, en la moda del momento. Se utilizan símbolos pasajeros
como estandarte para reunir, más no para unir. Lo que importa es sentirse superficialmente
mexicanos por el hecho de pertenecer a algo que es común, más no por una
convicción. La unidad nacional, en México, es un mito. Luis Suárez intentó
morder a Chiellini en una lucha intensa, en un momento que su equipo se
encontraba al extremo, intentando ganar la posición para anotar y liderar a
Uruguay a la victoria. Luis Suárez tenía hambre de triunfo. Ochoa, lo único que
muerde, son sándwiches. No se vaya a despeinar. Ahí está la diferencia.
Referencias
Mitchell, Timothy J. 1986. Bullfighting: The Ritual Origin of Scholarly
Myths. The Journal of American Folklore. American Folklore Society. Vol.
99, No. 394 (Oct. - Dec., 1986), pp. 394-414
Leiris,
Michel and Ann Smock. 1993. The Bullfight
as Mirror. The MIT Press. October, Vol. 63. pp. 21-40
Thompson, Kirrilly. 2010. Binaries, Boundaries and Bullfighting: Multiple and
Alternative Human–Animal Relations in the Spanish Mounted Bullfight.
Anthrozoos. Vol. 23. Issue 4. pp 317-336







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