Días lluviosos – Parte 2
Superada la euforia internacional de la inauguración, llegó el momento de la pasión local. México se enfrentaba a Camerún en la ciudad de Natal, al norte de Brasil y cómo era de esperarse, el país se paralizó para confrontarse una vez más al destino (y al televisor). El nerviosismo apaciguado con alcohol a las 11 de la mañana de un día cuasi-laboral en el que patrones y empleados se unen para detener el mundo por dos horas de embriaguez mental (y en muchos casos, hasta física). Los hipócritas eruditos que prefieren ver el canal del congreso al canal de las estrellas desde el mismo purulento sofá de la ignominia, ahora descargan su ira en las ágoras digitales cual si fuese un monumento a su estéril Starbuckismo hipsterista tan endeble como la línea defensiva de Camerún. Disfrazándose de civilizados y progresistas, los críticos de piyama no hacen más que maquillar su cobardía. No es casualidad que Vitaly Klitschko haya sido partícipe de la revolución ucraniana. Mucho deja que pensar. Pero volvamos al fútbol... y a la lluvia.
Tormenta en Natal. Quizá llovió porque Giovani Dos Santos metía a la portería enemiga cada pelota que tocaba. Finalmente el 10 de la selección azteca tuvo una actuación digna de la fama ganada hace nueve años con el representativo juvenil. Quizá el ambiente amazónico le recordó a Gio sus raíces y comenzó a sentirse a gusto, cómodo, en casa, convirtiendo balones en fútbol y definiendo como el delantero titular de la selección nacional de México. 2-0 para México. Un espejismo. No por la falta de calidad ni por la deficiencia en la definición como en años anteriores, sino por verdaderos fallos arbitrales. Los fantasmas de Tévez y Argentina parecían haberse pegado a la casaca verde y volver cuatro años después.
No, no es 2-0, el marcador al descanso sigue sin goles. El problema no es del asistente colombiano, injusto es juzgar al juez por un mal juicio. Los silbantes están rebasados, la tecnología digital es necesaria para fallos decisivos. Pero eso no cambiará hoy. Cero a cero y se viene el segundo tiempo. Camerún es un grupo de nombres medianamente conocidos con una figura en decadencia. No hay equipo, no hay rival enfrente. Ganar no es una opción, es lo que debe ser.
El aguacero arrecia, tanto en las críticas contra el grupo arbitral como en el llanto del cielo de Natal. “Canta y no llores” entonan los mexicanos que asistieron a un estadio cuyas localidades no se agotaron. Enfrentémoslo, Camerún contra México no es el partido que la gran masa quiere ver. Sin embargo, México canta, piden que pare el llanto por las cuchilladas de los árbitros, por las lágrimas de las nubes en un viernes 13 que pinta negro, trágico, horrible... Y “horrible” se volvió la tarde.
Quince minutos del segundo tiempo transcurrieron para que el Cepillo Peralta, el mejor jugador de México en los últimos dos años, hiciera reventar el país. Gio, frustrado, tomó un balón de Guardado en las afueras del área, disparando con cierta displicencia, quizá pensando en que aún de ser gol, probablemente los árbitros encontrarían la forma de anularlo. No fue así. El balón fue lo suficientemente fuerte y colocado para obligar a que el portero lo rechazara con las uñas, dejando el camino abierto para el 19, el jugador cuyo momento estelar le llegó en edad tardía, pero quien ha sabido mantenerse en gran nivel a base de esfuerzo y sin frivolidades. Peralta, el Cepillo, el patito feo que transforma lo horrible en hermoso con su talento hizo renacer la esperanza en Natal. No lleva la cinta amarilla en el brazo, pero México tiene un verdadero capitán, con la mentalidad de los Claudios, de los Galindos, de los Hernández y de los Pardos. Se da el lujo de caminar un poco jorobado como Cuauhtémoc. Hazlo, ya que tú sí sabes cargar al equipo.
La lluvia arrecia y el equipo se diluye. Llega el tiempo de Camerún para desquitar los gastos del viaje. Lo mismo para el Chicharito. Hernández entra al campo para sustituir a un cansado Peralta para los últimos 20 minutos del partido. No pasa nada. Ni con él ni con México ni con Camerún. Bien pudo terminarse el partido al minuto 70 y no nos hubiéramos perdido de nada. Una atajada de Ochoa y un fallo a quemarropa de Hernández. Camerún no se presentó al estadio. México gana, jugando bien, pero quedando a deber. No hay que engañarse. Se le ganó a un equipo amotinado que a punto estuvo de no jugar la copa del mundo por la avaricia de sus mercenarios jugadores, más ocupados en la plata que en el rival en turno. Al final, más allá del chubasco, le llovieron halagos al equipo y reclamos al grupo arbitral. Si me preguntan, muy inmerecidos los dos.
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