Prometeo
El fútbol es una fuente de mitologías. Las otrora gestas heroicas narradas por cantares y literatos, hoy en día se han trasladado a una serie de imágenes en movimiento adornadas por la voz de improvisadores que ensalzan al instante el desempeño de los participantes en el athlón televisado. A falta de un Peleida de pies ligeros y un Homero que sus batallas enalteciese, hoy nos queda el consuelo de escuchar las gestas deportivas de los Peralteida y los Messianidas narradas por carismáticos iletrados cuya presencia en las historias cobra un relevante protagonismo que nos hace meditar si es Goethe o Fausto quien merece nuestra atención.
En este marco, curioso resulta pensar en las similitudes que se pueden encontrar entre las mitologías literarias y las leyendas que en curso se pretenden forjar en el mundo del fútbol, en especial en eventos como la actual copa del mundo. A falta de líderes en otros ámbitos y en ausencia de batallas que requieran la presencia de personalidades sobresalientes, es el deporte en donde los seres humanos del nuevo milenio se vuelcan en busca de inspiración, así como para cubrir la necesidad de satisfacer la emoción que la literatura y el arte en su forma convencional, a falta de tiempo o de interés, ya no les pueden dar.
Hoy la sociedad mexicana se ha volcado a vanagloriar a un nuevo héroe, cuya historia y desenlace mucho tiene de tragedia griega en su construcción. Francisco Guillermo Ochoa, guardameta de la selección nacional, otrora arquero del América y del club Ajaccio francés ha sido la burla de propios y extraños por sus inconsistentes actuaciones en la escuadra nacional, luego de haber saltado a la fama a temprana edad con un aparato publicitario superior a sus cualidades futbolísticas que lejos de beneficiarle, destruyó en gran medida su imagen a un grado de poner en riesgo su crecimiento profesional, ya que, en medio de las mordaces críticas, el oriundo de Jalisco tuvo que migrar de México a donde fuera y bajo las condiciones menos desfavorables para exponerse a retos que en México jamás podría encontrar, aún cuando la mano comercial y mediática de su hogar jamás le soltó la rienda del todo.
De la misma forma que México llegó a encarar su segundo duelo de la fase de grupos como segura víctima de una escuadra brasileña motivada por su localía, Paco Memo llegó a formar el grupo de 23 jugadores convocados por Miguel Herrera como la segunda opción en la portería azteca debido al extraordinario momento que pasaba en la liga local el controversial guardameta de Cruz Azul, Jesús Corona, quien se alejó hace ya tiempo de los escándalos y tras concentrarse en mejorar su nivel, parecía enfilarse a ocupar indiscutiblemente el lugar bajo los tres postes para defender el arco nacional durante la copa en Brasil. Sin embargo, ya sea por intereses comerciales o por una simple decisión o capricho deportivo del entrenador, a última hora no fue Corona, sino Ochoa el designado para cubrir la posición de portero de México durante la fase de grupos.
La selección mexicana de fútbol llegó arropada a ciudad de Fortaleza, donde la esperaba un Brasil con hambre de triunfo y de seguir convenciendo a propios y extraños que más allá de la localía, su capacidad como equipo y sus talentos individuales están a la altura de competir con el mejor. Scolari, no guardándose nada, planteó una estrategia reservada al sacar a Hulk y meter a un volante más en busca de generar daño a partir de la creación antes que la definición. Por su parte, México entendió que este Brasil, más allá del talento ofensivo que le caracteriza, cuenta ahora con una línea defensiva sólida y bien trabajada, por lo que en vez de enfrentarla, el entrenador optó por enviar una clara estrategia destinada a saltar a los defensores y desafiar al guardameta con la potencia de los bombarderos de media y larga distancia con que cuenta el equipo nacional. A falta del lesionado Luis Montes, desde Layún, pasando por Vázquez, Guardado y Herrera probaron sendos disparos al arco de Julio César en busca de anotar o buscar fortuitos rechazos que pudieran aprovechar con su instinto oportunista los cazagoles de Peralta y Dos Santos. Con las cartas sobre la mesa y dos equipos decididos a ofender sin especular un sólo instante, el duelo se tornó con un ida y vuelta entretenido que dejó un grato sabor de boca en términos generales. No fue un 0-0 aburrido. Los 90 minutos valieron el boleto.
Todo en el partido iba bien hasta que se presentó lo extraordinario. Violento cabezazo de Neymar dentro del área que Ochoa rechaza en la línea de gol tras estirarse en un reflejo digno de los mejores guardametas de la historia. Motivado por esta primera atajada, Ochoa sacó en lo sucesivo una y otra vez todos los intentos de la escuadra brasileña, en especial tres “mano a mano” que terminaron con disparos al cuerpo, pero que el guardameta supo atacar y estar ahí en el momento adecuado y con la reacción precisa. No es la primera actuación que Ochoa tiene con estas características, recordando aquella gesta del año pasado en que el Paris Saint Germain de Zlatan, Cavani y compañía no pudo descifrar la forma de vencer al mexicano, quien decretó el 0-0 de su modesto equipo ante el hoy bicampeón de Francia. Sin embargo, el escenario y el hecho de haber defendido el arco mexicano ante el pentacampeón en su propia casa han enaltecido esta imborrable e impecable actuación.
Ochoa, cuyo hígado fue devorado durante cuatro años una y otra vez por la crítica popular y mediática en México, le devolvía la Fortaleza a México para obtener un resultado tan histórico como el hecho de que jugando su propio mundial en Brasil, la selección carioca fue visitante en Fortaleza debido a la inmensa cantidad de público mexicano que pobló las gradas del Estadio Castelao. Ochoa, con sus atajadas, le robó a los dioses verdeamarelas del fútbol el fuego de la esperanza para entregárselo a una maltratada afición tricolor que encontró en el graduado Françoise Meme a esa figura carismática, cercana, aspiracional a la cual idolatrar. Ochoa se volvió el Prometeo del fútbol mexicano, cuya tragedia y resurgimiento le otorgan un tinte épico al resultado obtenido en tierras amazónicas.
El problema con los mitos es que generalmente un toque de fantasía los rodea y con demasiada frecuencia el elemento trágico aparece al final del día. Cierto es que ha sido una victoria moral para el equipo mexicano, pero en términos reales, el punto ante Brasil no vale más que un punto ante cualquier otra escuadra. México le ganó a un Brasil sin juego de conjunto, falto de ideas, que no se supo asociar, sumándose a los espejismos creados por Portugal, España, Uruguay e incluso Argentina en esta copa del mundo. Dependen demasiado de una genialidad de sus figuras, mas no parece existir asociación entre sus líneas. Por otra parte, la estrategia de probar la larga distancia ante Julio Cesar dejó muchos gritos ahogados, muchas emociones contenidas, quizá más de las que se esperaban, pero nunca se hizo explotar el partido. Cuando la figura en un enfrentamiento entre iguales es tu portero, invariablemente es porque el equipo de enfrente fue mejor, aunque carente de contundencia.
Lo cierto es que México le ha ganado a un equipo camerunés que demostró sus carencias ante la escuadra mexicana y las ha confirmado ante un cuadro croata que le ha exhibido como los ratones verdes no han podido. Y el ratonerismo sale a colación del último detalle bochornoso del partido. Minuto 91, Brasil seminoqueado, sin respuesta, con la guardia baja y sin saber de qué otra forma enfrentar a Paco Memo, pierde la pelota en tres cuartos de cancha, con el capitán Rafael Márquez liderando un contragolpe que mucho daño podría haber causado a los amazónicos de no ser por la falta táctica que cortó el promisorio avance rival. Tras la caída, Rafa analiza la situación y decide quedarse sentado con el balón en el regazo. Imagen que enfoca al entrenador pidiendo a los jugadores que tengan calma. Una vez más, se presenta el tradicional conformismo azteca que tanto daño le hace a nuestra sociedad más allá del fútbol. Quienes comparan este éxito con los empates ante Italia en 1994 y 2002 caen en un desafortunado error. Ganar es una decisión. México no sabe definir los juegos, porque no sabe lo que quiere. Clasificarse al quinto partido es una posibilidad real para este equipo, pero con la mentalidad mostrada, ni de broma pueden pasar más allá. El verdadero gigante de Concacaf salió la noche previa a comerse al rival, anotando en el primer minuto de juego. Ghana les complicó el partido y les puso en jaque al anotar uno de los mejores goles de conjunto en lo que va del torneo; sin embargo, lejos de conformarse con el punto ante los africanos, los estadounidenses recurrieron a su fortaleza mental y con los pocos minutos restantes les bastó para desequilibrar la balanza a su favor a base de empuje y estrategia.
Hoy se habla de Memo y en broma se le santifica. Sin embargo, entre broma y broma, lo cierto es que en México se siguen construyendo figuras mitológicas en vez de analizar errores y aciertos en busca de mejorar. Layún y Aguilar no retaron a los laterales brasileños. El centro del campo careció de creación al enfocarse la estrategia en la contención y los disparos de larga distancia. Ni Peralta, ni Dos Santos ni Hernández cuando entró, recibieron centros ni balones a modo para encarar a los defensores, ya no se diga al portero. Los tiros de media y larga distancia fueron elevados, ninguno buscó exigir a Julio César por abajo en busca de un rebote. Las cuatro atajadas de Ochoa indican cuatro descuidos de la defensiva a balón parado y en movimiento. No hubo variantes al frente. Guardado cobró cada tiro de esquina cuando en el partido anterior los cobros fueron de Gio. Brasil se aprendió la táctica fija de México tan pronto como la afición brasileña replicó el saludo al portero mexicano durante los despejes de puerta. México enfrentó con coraje, esfuerzo y entrega el partido, pero la táctica y la técnica fallaron. Más allá del mito prometéico en que hoy se ha convertido Ochoa, la selección mexicana no deja de ser una promesa. Ahora nos queda por delante un tercer partido donde bien podría acabarse el mito para que la promesa mexicana se torne en realidad o quizá el mito se extienda y Epimeteo despose a una Pandora croata que abra la caja del arco azteca, desencadenando los males del mundo sobre la lastimada afición mexicana que hoy disfruta de un fuego robado que no se ha ganado ni se vislumbra que pueda merecer por méritos propios. Que los dioses decidan a qué guerrero otorgarán la gloria.
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